sábado, 10 de enero de 2015

DESIERTOS CONQUISTADOS A LA NADA Y AL CAOS



a.r. Quiero que me hable usted de este librito[1]
j.m.a. Bueno, es una revista. Pero, sí, tiene características de libro. Una antología.
a.r.  Sí. Y extensa. Pero esta mañana, cuando revolviendo libros en Rieffel la ha descubierto usted, he visto su sorpresa. No le ha gustado. Incluso, le ha disgustado.
j.m.a. Bueno… Es que ni siquiera sabía de su existencia. Jamás me la mandaron ni me dijeron que había salido. Y es de hace treinta y cinco años. No, me parece fatal. Sobre todo es que no comprendo cómo se hizo, con qué criterio, por qué se eligieron esos textos y no otros. Luego veré, esta noche, el prólogo de Batlló. Porque la antología se da como hecha por Annie Salager, pero el prólogo de Batlló y ciertas “ausencias” me ponen las orejas de punta.
a.r. Por lo que hemos visto esta mañana es tendenciosa.
j.m.a. Pero no es la primera vez. Piense usted que la base de la Izquierda es la desinformación, y una de las columnas de la desinformación es literaria, es la manipulación de textos. Me acuerdo que una vez encontré en la vieja Librería Española, un librito, una revista en forma de librito, no recuerdo el título, pero llevaba algo de Vázquez Montalbán y de pronto vi un poema mío cantando la huelga. Por la fecha, porque le hablo de los años sesenta, debió ser aquella huelga que los Comunistas pretendieron conseguir, y que no lograron, porque en aquellas fechas sí recuerdo que una vez me pidieron en una reunión un poema sobre el tema, y que no tuve inconveniente en escribir, en escribir allí mismo; cualquier cosa que acelerase el final del Franquismo me parecía —y me sigue pareciendo— bien, aunque fuese con los Comunistas, porque además tampoco había otros que lucharan contra el Régimen. Pero a lo que voy es a que, de tantos poemas míos, algunos de recitales expresamente “políticos”, subversivos, se hubiera conservado para esa publicación en Francia precisamente un poema, de no más de cinco versos, del que imagino que no había otra referencia que el papelito de aquella noche. ¿Qué manos habían guardado en qué bolsillo aquel poema y conservado para esa revista? Y esto es igual. Pero es peor. Y sobre todo, lo que me hace pensar es el misterio de la fotografía, más que el del poema. Ese poema no viene de ninguna reunión de aquellas. Porque además recuerdo el día en que se escribió. Hubo muchos días de esos, divirtiéndonos, haciendo a veces pastiches de Valle-Inclán, o de Proust, o de Mallarmé… Estábamos en Madrid, varios amigos, me parece que incluso estaba Azúa y no sé si hizo también algo. Fue en aquellos momentos en que florecía en el ambiente una exaltación proChina. Una noche de mucho alcohol y bromas. Casi todos estábamos muy fuera ya de los entusiasmos revolucionarios. Y nos propusimos —no sé si fue Sarrión… no, Sarrión no estaba; creo que fue Chamorro— hacer en guasa unos poemas prochinos. A mí se me ocurrió lo de las niñas de Pekín bordando una bandera para la tour Eiffel. Incluso las citas no son mías, sino que Chamorro dijo: Como tú pones siempre citas, mete este disparate de Lenin. Y no sé si fue “el Pálido”, o Gómez Redondo, quien aportó la del periódico chino; o sería Leopoldo María Panero. Nos reímos mucho. El título, que es de anotología de la brutalidad, creo que se nos ocurrió en grupo. Bien. Eso es lo de menos. Lo extraño es que aquella broma no se perdiera, no acabara en la papelera… y llegara hasta Annie Salager. Creo que de alguna forma aquella hoja llegó a Pepe Batlló, porque el prólogo a esa Nouvelle poésie castillane d’Espagne es suyo. Lo que desviaría el misterio a Barcelona, que es el lugar de la fotografía. Porque esa fotografía no la tengo yo. Se hizo en Cadaqués, y la única persona que la conservaba era Alberto Viertel, que no tuvo nunca la menor relación con Batlló. No puedo preguntarle desgraciadamente a Alberto, pero estoy seguro que él no la proporcionó. ¿Cómo una fotografía que solo estaba en poder de una persona sin relación con Batlló ni con aquellos grupos, pudo terminar en esa antología en París? ¿Y la fecha? La antología lleva, como hemos visto, fecha de mediados de 1978. Esa fotografía es de 1966 o 1967. ¿Y por qué se hace una antología en 1978 que pretende ser, no ya como lo que antes comentábamos, una publicación “de partido”, sino una presentación de poetas españoles “del postfranquismo”, y publican un poema mío de los primeros Sesenta, cuando Museo de cera llevaba ya dos años en las librerías, y hasta el Libro de las nuevas herramientas, que aún era “social”, más de quince años? Sorprendente, ¿no? De todas formas, cuando en el mismo librito me encuentro a Guillermo Carnero con Nostalgias sindicales, ya la cabeza me da vueltas como a la niña de El exorcista. Lo que me molesta en esta antología es que la visión que da, sobre todo la mía, es bastante falsa de lo que estábamos escribiendo, porque no está solo Carlos Álvarez y alguno así; es que están Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Félix Grande, Carvajal, Ángel González, Goytisolo, Ory… en fin, muchos, Valente, Montalbán… En cambio, falta Gimferrer, y estamos hablando del 78. Y falta Villena, y Colinas…
a.r. El otro poema sí es de los publicados…
j.m.a. Sí, pero es muy flojo. No está siquiera en Museo de cera. Bueno, así son las cosas.
a.r. Al menos sale usted muy bien en la fotografía.
j.m.a. Ah, sí. Muy joven. Sin barba. Muy joven y…
a.r. Y atractivo, se podría decir.
j.m.a. Seguramente estaba enamorado. Sí, porque ya le he dicho que fue en Cadaqués, y yo tenía una liaison muy apasionada con una dama hermosísima de Barcelona, y además de los naturales placeres de la cama gozaba de la envidia general, porque era una dama muy “codiciada” por todos y ninguno la había conseguido. Sí. Estoy atractivo en esa fotografía. Creo que de ahora en adelante es la que voy a mandar para las solapillas de los libros.
a.r. Podía usted preguntarle a Annie Salager cómo obtuvo ese material, ¿no?
j.m.a. Pues sí. Sobre todo me interesa mucho seguirle la pista a la fotografía. Lo otro… bueno, me disgusta, pero ya se me pasará.
a.r. Bueno, ¿cómo es que no salieron o no han salido en formato libro sus Nocturnos? Aparecieron en 1982 como una separata —hoy inencontrable— de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, en su nº387. Habría que hacer una reedición de este poemario, una de esas ediciones de lujo en papel verjurado y con sobrecubierta ¿No le parece?
j.m.a. Eran muy pocos versos para un libro, supongo. Y como fueron incluidos en la siguiente edición de Museo
a.r. Hay unos versos finales, en el V Nocturno, altísimos, unos versos en los que puede verse otra vez ‘la despedida’, esa despedida en la que yo vengo insistiendo: “Goza. / Contempla el sol ponerse, / Como él muere tu mundo. / Sé digno de ese oro”.
j.m.a. Sí… no envilecerse.
a.r. En el principio del VII Nocturno, están esos versos que yo siempre he llevado en la cabeza: “Leerás una y otra vez, / Mejorándolos (o quizá no), los antiguos / Libros.”
j.m.a. Es lo que hacemos, lo que hago. Yo el tiempo que dedico a la lectura está lleno de relecturas. Montaigne, Tácito, Shakespeare, Dante, Borges, Stevenson, Hume, Gibbon… no sé, muchos. Una y otra vez. Y los que me sé de memoria, lo mismo: los repito en mi cabeza. Si digo que “mejorándolos, o quizá no”, es porque nunca sabemos en qué momento hemos leído mejor.
a.r. Y luego en el siguiente, el VIII, hay unos versos que quiero que me comente. Es cuando dice, de usted, ser un “Extraño hijo de una patria consumida / Por el rencor y la intolerancia”.
j.m.a. Si a usted le parece que España no es una nación consumida, y yo diría que corrompida, por el rencor y la intolerancia…
a.r. ¿Y ese poema, el XIII, de tan solo dos versos: “El amor te envejece / Como la mar a los marinos”?
j.m.a. No es mala comparación.
a.r. ¿Y el anterior, el XII? Quiero que me hable de esa “extraña diosa muerta” que, según usted, “anida en la mujer, como en los gatos…”
j.m.a. Igual es la Diosa Blanca. Pero seguro que usted la ha visto, o la ha sentido, alguna vez.
a.r. Más adelante hay otros versos, en el Nocturno XIV, que dicen así: “En la noche hay un verso / Que puedes escribir y que repetirán / Los hombres. O que nunca verás”. Quiero que me los comente.
j.m.a. Volvemos al azar. Puede que un día, una noche, encuentres ese verso, seas capaz de ese verso, que puede que ni tú mismo cuando lo escribes seas consciente de su poder. O que no suceda jamás. El Azar. Y tampoco creo que deba uno preocuparse por eso, enloquecer por eso, porque no está en nuestras manos.
a.r. Pero muchas veces son los otros, los demás, los que nos hacen ver el valor de alguno de nuestros versos, ¿no?
j.m.a. Casi siempre. Al menos, descubrirnos significaciones que nosotros no habíamos estimado quizá en un principio. Yo he visto sentidos en mis poemas porque me los han revelado algunos lectores. Igual que he visto cosas de las que no era consciente al escribirlos. Y sin duda, hay veces que en el momento de escribir nos damos cuenta, sentimos físicamente que hemos logrado algo estimable. Es una sensación magnífica.
a.r. ¿Y ese verso final, rotundo, en el XVI? “Juzga a un Poder por quienes lo negaron”.
j.m.a. Claro. Yo —y creo que debería ser una medida que todos tuviésemos para juzgar— pienso en quienes aplaudieron o quienes negaron tal poder, qué floreció a su sombra o qué fue exterminado. Y la grandeza de esos testimonios me dice si tal o cual Poder debe ser celebrado o condenado.
a.r. Y en el siguiente, el XVII, esos otros versos sabios: “Lo único que debes comprender, / Lo único que merece / La pena que comprendas, / Es tu soledad.”
j.m.a. Estoy de acuerdo con el poeta.
a.r. ¿Y usted lo ha comprendido?
j.m.a. Creo que sí.
a.r. Es usted único haciendo comparaciones. Me encanta esa que hace en su larguísimo poema Papeles privados. Es cuando habla de esas “Entrañables imágenes / Devoradas por todos los brillos / Como una mujer largo tiempo deseada / y a quien vimos envejecer antes / de que pudiéramos meterla en nuestra cama”.
j.m.a. Es un poema muy antiguo, Lobotomía. ¿No ha sentido usted esa sensación de desolada grandeza ante alguna mujer a la que haya deseado apasionadamente y con la que no haya llegado a nada, y verla envejecer hasta que “sale” de ese escenario de Deseo, cuando ya es otra que no nos atrae?
a.r. Sí, bueno, claro… pero más que una sensación de desolada grandeza yo lo veo como una sensación de victoria.
j.m.a. Yo no veo la victoria.
a.r. Bueno. Voy a citarle algunos nombres y/o conceptos que me han llamado la atención en su larga e inabarcable lista de nombres del brindis final de Museo de cera: Bob Dylan (¿usted escuchando a Bob Dylan?), «M» (¿quién es?), la Pimpinela Escarlata (una película que recuerdo con cariño de mi niñez), la madre de Zushio en «Sansho Dayu», el Museo Grevin (siempre he pensado que fue la verdadera inspiración para el título de su obra) y la majestad de los cantaores (no le ubico a usted en el flamenco).
j.m.a. Hombre, no vamos a explicar quién es Bob Dylan. Sí, me gustaba mucho, y sigue gustándome. Pero lo que entonces y ahora me interesa más de Dylan es el cantante, el intérprete, más que el letrista. “M” es el vampiro de Düsseldorf. La Pimpinela Escarlata es un personaje de novela que sobre todo en mi niñez me atraía mucho; y también han hecho alguna película. La madre de Zushio, sobre todo en la canción final de El intendente, es otra de esas cimas de la comprensión humana, de la totalidad en la comprensión, que puede situarse en la Historia junto a la locura de Lear. El Museo Grevin, que no me gusta, está por la cera; y le aseguro que no tiene nada que ver con el título de mi libro. A lo mejor está más cerca Los crímenes del museo de cera. No… Es broma. Pero el Grevin no tiene nada que ver. La majestad de los cantaores… Yo no sé si usted en Pamplona ha tenido muchas ocasiones de escucharlos, de verlos en una noche de aquellas que tanto le gustaban a Manuel Machado: pero hay que verlos. Son esa majestad. Como muchas veces está esa majestad en los toreros.
a.r. Querido amigo, con lo de Bob Dylan perdóneme pero sigo perplejo. No me diga que le gusta como canta. Si es el peor cantante de la historia…
j.m.a. Sí, sí, sobre todo me gusta como intérprete. Porque sus letras casi siempre tienen la insubstancialidad de la época. Pero sigo pensando que era un buen cantante. A mí me gusta, al menos. De todas formas, cada cual tiene sus aficiones, no siempre comprensibles. A Borges le gustaban los Rolling Stones. A mí también. Pero que a mí me gusten no es raro; me gustan muchos grupos. Pero a Borges no le gustaba la música, ni la clásica ni nada; solo algunos blues y alguna canción popular argentina. Y bueno, sí, un poco Brahms. Y de pronto se encontraba usted con que le gustaban los Rolling.
a.r. No sé si hemos hablado de Lawrence de Arabia, pero tiene que hablarme usted de él. Recuerdo con cariño su excelente biografía apócrifa para Planeta, bajo el título La corona de arena.
j.m.a. Un gran escritor, inmenso. Y un aventurero, si esa es la palabra que le cuadra, que no estoy seguro, fascinante. Yo lo leí siendo muy niño; aquel libro, Rebelión en el desierto, que me regaló mi madre. Y nunca me ha abandonado. Escribí sobre él porque era la figura perfecta para lo que yo quería contar.
a.r. Sí, porque, más bien, el libro es, en muchos aspectos, una especie de autobiografía suya, ¿no? Vamos, que pone usted en boca de Lawrence muchas de sus ideas de usted, de su filosofía de vida.
j.m.a. Sí, ese libro quizá tiene mucho de autobiografía, o de momentos que pudieran ser autobiográficos. Es verdad.
a.r. Entrando ya en uno de sus mejores poemarios, me refiero a Tosigo Ardento (1985), hábleme de los viejos balnearios de su niñez en el Mar Menor, esos “grandes balnearios destruidos” que flotan en la niebla, esa imagen invernal fabulosa con la que da comienzo el libro.
j.m.a. Muchos de ellos… bueno, no muchos, pero siguen allí, y cuando estoy en España, suelo pasear por aquellas playas del Mar Menor. Pero son una imagen en un poema.
a.r. “Tu memoria es como la cama de una puta”. Otra vez sus deliciosas comparaciones…
j.m.a. Al menos mi memoria. Pero yo hablo de putas y camas de otra época. Allí se “olía” a humanidad. Muchas eran amigas, llegaban a ser amigas.
a.r. Luego esa imagen precisa y preciosa, baluarte de su estética veneciana: “los palacios se reflejaban en el Gran Canal / como joyas tiradas en una sábana de seda”. ¿Cómo surgió?
j.m.a. No lo sé. Como nacen estas cosas. Me vino esa imagen, ese verso. No está mal.
a.r. Seguidamente hay unos versos que a mí me impresionaron mucho. Es cuando usted se haya visitando los salones de un palacio veneciano abarrotado de turistas, y dice lo de “aquellos techos y pinturas aquellos / muebles y objetos / preciosos, aquellas ropas todo, alguna vez / fue elegido por alguien (alguien cuya vida / casi ni imaginar podemos) / porque era el decorado natural / de su vivir”
j.m.a. Que casi no podamos imaginar aquellas vidas, teniendo en cuenta la bajeza de la nuestra, no es muy difícil de entender. Lo que tiene que ver con mi forma de ver las cosas, es acaso la referencia a que esos objetos estaban donde tenían que estar. Y no me refiero a una adjudicación teniendo en cuenta la clase social, sino a la obra del pintor, del orfebre, pero sobre todo del pintor. Una de las cosas que amo de Venezia es la cantidad de cuadros que siguen estando donde los colgaron, y que es el lugar para donde los pintó Bellini o Tiziano o quien sea. Los pintó para ese lugar teniendo en cuenta esa luz o esa penumbra, o hasta el resplandor de las velas. Quiero decir que ahí, esa tela “es”, y es como no lo será en ningún otro lugar. Yo, que me paso media vida en los museos, en el fondo los detesto, porque me parece una acumulación de Arte todo bajo la misma luz, sin su entorno verdadero. Claro está que el entorno verdadero entonces no era una casa cualquiera, sino un palacio exquisito o una iglesia donde postrarse. A eso me refiero. Creo.
a.r. Y más adelante, esa imagen tan significativa, esta vez es en Sicilia, de una “columna solitaria en el borde del promontorio”, como señalando donde empieza la Civilización…
j.m.a. No es tanto que señale que allí empieza la Civilización. La Civilización ya estaba también en ese lugar. Sino la sensación de Civilización que a mí al menos me produce esa pequeña columna o ese resto, donde apoyarse.
a.r. Y esa cita de Montaigne intertextualizada, hecha carne entre sus versos, “la necedad es amo / tan implacable / que no sólo corrompe mi / juicio, sino / también / mi conciencia”.
j.m.a. Sí, la necedad lo corroe todo. Precisamente el problema de nuestro tiempo es que a la necedad se le ha dado paridad con la inteligencia.
a.r. Y la muerte en Piazza San Marco, su propia muerte vista allí, su suicidio entre turistas extranjeros, en una noche de verano con las orquestinas tocando, los somníferos mezclados con alcohol. Esa imagen estuvo rondando en mi cabeza durante mucho tiempo, amigo… Es fabulosa.
j.m.a. Es una idea, una sensación, que he tenido a veces mientras bebía en esa plaza, la más bella del mundo. Sí, ahí, ¿por qué no?
a.r. Estamos ya en Signifying Nothing (1986-87), su poemario insertado al final de Museo, donde usted da ya su do de pecho, echa el resto. Quiero centrarme en una imagen inicial, de la que ya hemos hablado alguna vez, usted me llevó al sitio, en París. Son esos “castaños junto al Pont Neuf”, cuando habían pasado veinticinco años y usted seguía allí “recordando versos”.
j.m.a. Usted vio el lugar. Maravilloso. La imagen no tiene nada especial. Un señor vuelve a un sitio donde por cierto ha estado quizá miles de veces, pero hubo una que fue la primera, o de las primeras ocasiones. Y bueno, poco han cambiado en lo verdaderamente importante, aquel joven y este señor ya maduro.
a.r. Aparecen también en sus Memorias esos “viejos castaños junto al Pont Neuf”, bajo los cuales y en su juventud y bohemia parisina pasó usted horas con aquel amigo suyo, un poeta creo nicaragüense, hablando de poesía y recitando versos al atardecer.
j.m.a. Y sigo paseando por ahí, y contemplando el río y los edificios magníficos y la belleza de los árboles; paso muchos ratos por allí, y por los muelles, abajo. Aquel amigo era —no he vuelto a saber de él— Armando López. Pasear por el río es una de las cosas que suelo hacer casi cada mañana.
a.r. Y de pronto, una imagen terrible: “se están muriendo las mujeres”. Y luego, más adelante, lo mismo: “las mujeres se han convertido en tumbas”
j.m.a. Sí, es como una de aquellas pestes que asolaban Europa. Pero no se está muriendo lo que las hace sexualmente deseables, aunque haya variaciones y yo me quedo con las mujeres digamos du temps jadis[2]; pero hay ejemplares de hoy que dejarían en ridículo a la más celebrada de entonces. Yo me refiero a otra cosa, a un calor, una ternura, un saber lo que hay que hacer, como la Rosalind de As you like it, para crear la felicidad, la dicha. Y fíjese, me refiero mucho no ya al trato, a la conversación, a la educación, sino a la cama: el lenguaje “sucio”, que es esencial, el cuerpo mismo, sin depilaciones que convierten, como dije una vez, el botín del mundo en un pollo crudo. Además, esto que le digo, vale para mí, no tiene por qué incluir el gusto de otros. Pero para mí, sí, se están muriendo las mujeres.
a.r. Pero es que muchas de esas cosas acabaron, creo yo, con la incorporación de la mujer al trabajo. Yo lo veo cada día en mi lugar de trabajo. El trabajo ha independizado a la mujer, la ha liberalizado, qué duda cabe, y eso es bueno; pero también, en muchos casos, la ha, ¿cómo diría yo? “embrutecido”…
j.m.a. Puede ser. Pero tampoco puede nadie limitar el derecho de otras personas a elegir formas de vida donde se creen o se sienten mejor, eso que llaman “realizados”. Y tampoco creo que todo el desastre dependa de esa independencia. Porque yo he conocido muchas mujeres muy independientes —y piense usted lo independientes que eran esas grandes damas del XVII y el XVIII que yo tanto amo— y que conservaban lo que es “ser” mujer, que es diferente de “ser” hombre. Yo prefiero mujeres libres, independientes, sabiendo qué quieren hacer con su vida… y eso no me ha alejado de muchas. Es otra cosa, es otro el cubil de la fiera. Madame du Deffand o Madame Geoffrin le aseguro a usted que no necesitaban a ningún hombre, pero no lo odiaban; y ahí está quizá el veneno femenino. La liberación de la mujer no es mala, ¿cómo iba a serlo? La basura de la ideología feminista, sí. Ahí sí alienta el Horror.
a.r. Ya, pero esas mujeres del XVIII no trabajaban. El trabajo actual de la mujer, la rutina, ha hecho mucha mella en esa feminidad, créame…
j.m.a. Bueno, pues vendrá otra forma de feminidad. Todos vamos rodando por la Historia y ésta modifica muchos comportamientos, y valoraciones, y sentimientos; y en esos cambios lo que se mantiene son ciertas preguntas hondas, y la verdad es que en las respuestas yo no he visto demasiadas variaciones. Desde Homero, vamos. Y en Troya no había televisión ni prensa. Y hoy, por lo que usted dice, le aseguro que hay también bastantes mujeres que no trabajan en lo que se entiende como trabajo. Y en el XVIII, le aseguro que la mayoría de las mujeres trabajaban en labores muy alejadas de la escritura.
a.r. Luego está esa anécdota curiosa junto al lago de Garda, en un coche lanzado a toda velocidad, usted junto a otras personas, entre ellas una tal Virginia (¿Careaga?) a la que le entran ganas de joder, de tener sexo…
j.m.a. Le aseguro a usted que en mi vida hay varias Virginias. En ese momento Careaga supongo que estaba en otro sitio.
a.r. Y otra vez aparece “el canto de las Sirenas”, en esta ocasión usted lo escucha una noche de invierno desde Cabo Sunion, en Grecia.
j.m.a. Sí. Pero en Sunion lo extraño es no escucharlas. Basta con estar atento.
a.r. Unos versos que me ‘tocan’ especialmente: “Eso es lo que quedará / de nosotros. Mozart a través de nosotros / (¿De nosotros que acaso ya no lo entendemos?)” Y un poco más adelante, la misma cuestión: “Las viejas formas de piedra y mármol / permanecerán incomprensibles”
j.m.a. Es lo de siempre: el Arte que viene ¿de dónde? y pasa a través de nosotros, ¿hacia dónde? Y yo, pesimista como usted me conoce, creo que podemos llegar, yo diría que ya hemos llegado, a ese punto donde el sentido verdadero de esas piedras es un arcano.
a.r. Pero aún quedan personas que saben valorar y entender esa Música y ese Arte…
j.m.a. Por supuesto. Acaso más de las que pensamos.
a.r. “Jamás en la Historia / nos habían controlado tan profundamente”. Y más adelante: “todo en nosotros ha aprendido a obedecer / Todo en nosotros ha consentido / en someterse”. Este es un tema sobre el que usted ha venido haciendo hincapié con insistencia durante los últimos años…
j.m.a. Eso es una consecuencia de por donde ha ido la Democracia y el rasar por lo bajo. Y nuestra capacidad de sumisión. El Poder usa lo que sea para extenderse y controlarnos, y nosotros obedecemos; nos han domesticado con esa pretensión de igualdad, donde muere toda excelencia. Fíjese cómo han utilizado el miedo desde el 11 de Septiembre, cuando el ataque a las torres de New York. Y lo aceptamos como si fuese normal; todos esos controles…
a.r. Pero esa igualdad absurda es lo que la gente ha demandado. Tenemos lo que hemos pedido, nadie la ha impuesto…
j.m.a. No creo que la gente, la sociedad, lo haya demandado. Había me imagino una sensación general, un ansia de libertad, de paz, de trabajo libre, que algunos gobernantes encauzaron por las sendas igualitarias; y la gente lo vio con complacencia, y ahí siguen. Lo que sucede es que ese camino ha llevado a un mundo que no creo que estuviera en aquellos deseos originales.
a.r. “Unos pocos viejos libros y leerlos una y otra / vez / Hay que olvidar mucho” ¿Esto no lo decía también su maestro Montaigne?
j.m.a. Sí, convendría olvidar mucho de lo leído, de lo pensado. Dejar más sitio para lo que es verdaderamente importante. No hacen falta muchos libros.
a.r. “Todo aquello que nos han hecho creer / que es la vida”. Y usted habla ahí de la radio, la televisión, la prensa…
j.m.a. No sólo de la televisión, aunque es el medio más poderoso. Todo, empezando por la Enseñanza. Vivimos en una perpetua desinformación.
a.r. ¿Entonces la vida de verdad ya no existe?, ¿se ha esfumado?
j.m.a. Sí. Estamos hablando. Piense en la escena: existe esta tarde esplendorosa ahí fuera, por las cristaleras, aunque haga frío. Luego existirá el vino que nos beberemos en la cena, y la cena, y, en mi caso, el cigarro. Eso es vida de verdad. Y nuestra conversación, que no es detestable. Y si salimos después, la gente con quienes compartiremos un café son de verdad, vida de verdad, aunque algunas de esas vidas no desearíamos frecuentarlas. No. La vida es muy hermosa, y estimulante. Lo que es condenable es lo que quienes nos gobiernan hacen o intentan hacer con nuestras vidas.
a.r. Y estos versos terribles —¿tan mal estamos?:

Sin Dioses, sin meta, sin Destino,
caminamos en el horror
con la locura en los ojos.

j.m.a. Debe ser como yo me veo caminando por este mundo. Pero creo que tengo compañía. Bueno, Ciorán dijo un día qué la naturaleza humana está corrompida dans l’oeuf[3].
a.r. Y más adelante, la cosa se pone aún peor:
           
            Hemos engendrado monstruos.
               No tendremos ni quien nos entierre.
               Hemos entregado el Poder a gente sin Conciencia.

j.m.a. Exactamente.
a.r. Explíqueme esas palabras enigmáticas que le dijo una vez su maestro Salvador Espriu en su despacho notarial de Barcelona. “Lo que usted debe hacer es / escribir. Y en la escritura, no será.” ¿Qué es lo que quería decirle?
j.m.a. En la escritura no será lo que no sea la Escritura. No son palabras enigmáticas.
a.r. Pues yo sigo sin entenderlo, querido amigo…
j.m.a. Espriu era un hombre, aunque no lo parezca, muy al tanto de lo que sucedía en el mundo, muy sabio; su lucidez sobre lo que es posible o no, sobre la ceguera de la Historia, sobre la facilidad con que los españoles se despeñan de vez en cuando… y, ya entonces, y no era ni un asomo de hoy, la fuerza de la mediocridad que ha terminado por infectarlo todo. Hablábamos sobre muchas cosas. Él conocía mis temores sobre que “eso” que no es la Literatura o lo que a esta le conviene, le hace vivir, nos fuese tomando. Y de ahí ese No se preocupe por todo eso. Escriba. Porque en lo que escriba, eso no existirá. Espriu tenía una fe en mí que no creo haberle retribuido como él se merece.
a.r. Y recordando de repente usted un verso precioso de la Iliada, encuentra su salvación, la alegría por la que merece la pena seguir viviendo. Son esos versos que hablan de “esa sabiduría que no es sino dicha / donde el Arte, las páginas soñadas por los hombres / son ya tu propia carne / tú como tu respiración, como tu sangre”; y más adelante “...esa inmensa, devastadora, casi insoportable / alegría / del Arte”.
j.m.a. Esto casi podría responder a su pregunta de antes. La Civilización existe cuando es carne de uno, de cada uno. Y desde luego, el Arte es alegría. La que uno siente que lo toma ante una obra maestra. Es algo físico, no solamente intelectual; incluso diría que antes que nada es físico.
a.r. Una imagen preciosista, interesantísima, que quizá explica su afición, su amor hacia las conchas marinas, que le ha llevado a coleccionarlas en cantidades considerables. Es cuando dice aquello de:

La perfección misteriosa de una concha
en las frías arenas.
Lentamente la violencia de los elementos
produce al azar una belleza
que las aguas entregan, que otros cuerpos
destruidos en la perfección de éste, regalan
a algo que acaso sea
la culminación del mundo.

j.m.a. No sé qué decirle. Contemplar esas conchas me produce una satisfacción muy intensa; son obras perfectas y de una belleza asombrosa. Y por supuesto hija, como todo, del Azar.
a.r. Hacia el final del poemario, está la escena emocionante que comentábamos el otro día, el baño feliz con sus hijos en el fondo del mar recogiendo caracolas, cuando se miran los tres y usted siente la felicidad. “Esa vez fue quizá / la que estuvimos más unidos, / y sin duda la última”, dice en unos versos llenos de melancolía.
j.m.a. Fue eso. La dicha. Sin tiempo, sin nada. La felicidad absoluta. Fueron unos minutos. Para mí han quedado para siempre.
a.r. En una de las citas finales de Museo, las que cierran el libro, aparece ese verso de Emerson, “desiertos conquistados a la Nada y al Caos”, que luego usted utilizó como subtítulo para su libro Sobre la delicadeza de gusto y pasión, en 2006. Hábleme de ello.
j.m.a. Me parece una de las mejores definiciones que he leído sobre lo que es el Arte. Por eso lo usé luego como título. ¿Se puede decir mejor?




[1] Se trata de La nouvelle poésie castillane d’Espagne, présentée par Annie Salager. Rev. Poésie 1. Paris, 1978.
[2] de antaño.
[3] hasta la raíz.

martes, 6 de enero de 2015

OLIENDO A BREA



Sí que sirve Internet, sí. Sirve y para mucho. Mucho y bueno. La información privilegiada que arroja sobre el tema que desees no tiene precio. Es sólo cuestión de paciencia y de saber buscar.
Sin ir más lejos, yo que me he convertido en un auténtico rastreador indio navajo, para los menesteres cibernético-poéticos que me atañen y apasionan he descubierto la ubicación de todos los artículos para Revistas Literarias que escribió y publicó en vida el poeta Miguel Ángel Velasco, la mayoría de los cuales lo fueron para la magnífica Revista Archipiélago, en cuyo consejo de redacción se encontraba su gran amiga , la poeta, Isabel Escudero.

Después he ido solicitando los ejemplares a las respectivas librerías de viejo y editoriales en cuyo depósito se encontraban, y ya los tengo  casi todos felizmente por casa. Me han ido llegando por correo postal  las revistas hasta casa en estos días tan felices para mí en que me encontraba ausente de casa y ausente de mí mismo, de tanta felicidad.

Ahí va la lista completa y definitiva con todos los artículos en Revistas Literarias de (o sobre) Miguel Ángel Velasco, por si alguien quiere buscarlas. Le antecede también el listado con su obra en verso. 
Para mí para siempre.

Obra en verso:
  • Sobre el silencio y otros llantos (1979)
  • Las berlinas del sueño (1981)
  • Pericoloso sporgesi (1986)
  • El sermón del fresno (1995)
  • Bosque Adentro (1997)
  • El dibujo de la savia (1998)
  • La vida desatada (2000)
  • Amonites (2001)
  • La miel salvaje (2003)
  • Fuego de rueda (2006)
  • La mirada sin dueño (Antología) (2008)
  • Memoria del trasluz / Minutario del agua (2008)
  • Ánima de cañón (2010)
  • La muerte una vez más (2012)
Artículos de revistas:





Oliendo a brea (Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 63, 2004 (Ejemplar dedicado a: Claudio Rodríguez: pulso y revelación del verso), pags. 43-46)





Memoria del trasluz (Cuadernos hispanoamericanos, Nº 694, 2008, pags. 55-62)

...¿Y si la primavera es verdadera? (Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 1, 1989, pags. 134-135)

La mirada sin dueño (Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 15, 1993, pags. 117-120)

El dibujo de la savia (Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 20, 1995, pags. 101-102)

Conjuro y otros poemas (Clarín: Revista de nueva literatura, Nº 79, 2009, pags. 18-19)

La mirada sin dueño (Cañamo: La revista de la cultura del cannabis, Nº. 30 (junio), 2000, pags. 76-77)







Transcribo a continuación el artículo que Miguel Ángel escribió para ARCHIPIÉLAGO, en el monográfico homenaje a uno de sus queridos maestros, el gran poeta Claudio Rodríguez:

OLIENDO A BREA
Miguel Ángel Velasco

     
     La otra noche soñé con Claudio: braceaba con esfuerzo, buscando alcanzar la orilla, y cuando parecía avanzar, la marea lo arrebataba de nuevo mar adentro. Se organizaba un dispositivo de rescate, y allí no faltaba ni el perro Catón, que fue el espíritu de la sierra, y nos acompañó a Angélika y a mí en las noches de Hoyo de Pinares, mientras mirábamos arder en el hogar la piña de oro. Si duda me acudiría, al hilo de esta semblanza, el relato que Claudio me hiciera de cuando sus veraneos en Jávea, mi lugar de residencia de los últimos diez años, de cómo le gustaba perder tierra, en ese vuelo del nado, y de las amonestaciones de los javenses ante su osadía; no sabían de la buena brazada de aquel zamorano, acostumbrado a medirse con los ímpetus del mar de Zarauz, al que acudía todos los veranos con Clara, sue esposa. Fue en Jávea donde escribió "Amarras", de El vuelo de la celebración: "Cómo se trenza/ y cómo nos acoge/ el nervio, la cintura de la cuerda,/ tan íntima de sal,/ y con esta firmeza temblando de aventura,/ bien hilada, en el puerto".
      Conocí a Claudio en el invierno de 1981, cuando quiso el azar que se me concediese un premio en el que él oficiaba de jurado. Fue en Oliver, aquel clásico de la noche madrileña. De allí seguimos la ronda, por aquello de bienvenida la noche con su peligro hermoso, hasta desembocar en una taberna donde nos vimos envueltos en una trifulca con un paisano d esos de los que se dice que tienen mal vino. Yo terminé con un ojo morado. Al despedirnos, Claudio me dijo: "Iré a la presentación de tu libro". Unos días más tarde, al final del acto, en la Biblioteca Nacional (también estaba allí aquella bella persona que fue don José García Nieto), los conocidos me felicitaban, sobre todo por haber convocado a Claudio, poco dado a dejarse ver en actos sociales. Sólo él y yo sabíamos la verdadera razón de su asistencia, limpia de literatura. Aún tardaría algún tiempo en iniciar el largo trato con su poesía, y cuando lo hice me vi cautivado, más que por el sentido, apenas entrevisto, por el arrastre vehemente de su decir, y por ese mecimiento suyo bien ceñido a la respiración. "Sin ritmo no hay emoción", le oí decir a Claudio más de una vez.
     A aquel primer avatar de poetas alquiladizos le siguieron unos cuantos encuentros salpicados en el tiempo: en Melilla, poco antes de que mi estrella me llevara por derroteros de vida perdidiza que me harían descuidar el trato con las gentes de letras. Nunca me perdonaré el haber sido incapaz de madrugar la mañana en que habíamos convenido visitar el mercado de aquella ciudad, de haber dejado pasar la ocasión de ir de escudero del poeta por sus dominios, en lo que era su verdadero ambiente. Pero estoy viendo a Claudio apuntalando el paso con aquel endecasílabo rotundo de Blas de Otero: "Parece que nos vamos a caer", o entonando su elogio de la sopa de ajo, o con ese mirar de sus ojos voraces, en el ansia de "acuñar las cosas/ detener su hosca prisa/ de adiós", queriendo retener el tránsito portuario cuando nos despedía a Isabel y a mí. O, unos años más tarde, en la casa de Lagasca, al visitarle para ver si me daba el visto bueno a una carpeta; recuerdo cómo me impacientó tener que soportar la retransmisión de una corrida, pero al final allí tenía a Claudio animándome: "Así me gusta, un poema largo, un sermón, a lo Leopardi..." o: "No hagas caso a Carlos (Bousoño), ¿¡cómo que 'hiel'!? déjalo como está, 'en la miel', 'en la miel de sus nichos'", o bien: "¿¡Adónde vas con eso de 'podre', hombre!? ¡Pus! ¡Pus!. O en una visita al hospita, donde convalecía de una operación de ciática (me decía en aquella ocasión algo que con el tiempo se cuajaría en unos versos de Casi una leyenda, que la mayor injusticia de la vida es el dolor del cuerpo), y allí estaba Claudio, en el lecho del dolor, y en la mesa de noche un libro sobre los pájaros de la Península Ibérica, y era como si en aquella estampa se cifrara su oficio de altanería, su lección clara de vuelo. O ese último encuentro en el piso de Santa Hortensia, llevándole unos versos que hablaban de nubes y de telarañas, de rocío y beleños, de perderse bosque adentro, por entre la arboladura de los pinos, en pos de esas orejas muy atentas del bosque como son los níscalos, todo ello en una atmósfera muy claudiana, en versos que el daban mucho a su poesía; y, con los versos, una primicia de setas de los bosques de Hoyo de Pinares, y Claudio, mirándome por encima del canasto: "No me habrás colado un hongo alucinógeno de los tuyos, eh, Miguel...".
     Pero de entre todos los Claudios que me fue dado conocer, yo quiero acordarme de aquel que nos cantaba en la noche de Melilla: "Dichoso el que tiene/ su barca a flote/ y el viento le mece/ su camarote/, oliendo a brea/ oliendo a brea", mientras mecía su corpachón y desplegaba sus brazos como para volar, como el gran albatros que es de la poesía, sobre la espuma del destino.

Revista Archipiélago, 
Cuadernos de Crítica de la Cultura, 
Nº 63, 2004