lunes, 30 de diciembre de 2013

Por la risa y la guasa del poeta



Hace un tiempo en la Red apareció un foro, un gallinero de ésos cacareando a diestro y siniestro y no dejando títere con cabeza, con motivo de la publicación de un monográfico sobre los supuestos "Poetas imprescindibles de los últimos 30 años" en un suplemento de un importante periódico de tirada nacional. 

En dicho foro, unos se posicionaban a favor de los poetas seleccionados en esa discutida publicación y otros, lógicamente, en contra; ya se sabe, como diría Colinas, "la fusión de los contrarios" y sus mil y un diatribas, añadiría yo. Los que se posicionaban en contra apuntaban otros nombres alternativos de poetas recientes, a su entender y gusto injustamente excluidos allí. 

Yo no participé en el foro -odio discutir sobre poesía: la poesía es para disfrutarla, no para polemizar sobre ella y encabronarse-, pero sí fui tomando nota, como buen ratón de biblioteca que soy, de los nombres que aparecían allí señalados por la gente que participó en los sucesivos días que duró el entuerto y la disputa.

Y me quedé con uno: Francisco Fortuny. Dios, me encantó ese nombre.  Tenía plasticidad, sí.  Refinamiento estético y sonoro. Me sonó a artista áureo del barroco veneziano. Lo que daría yo por haberme llamado así, por tener ese nombre artístico para salir de mi vulgar anonimato: FRANCISCO FORTUNY, sí señor, eso es un nombre y lo demás son tonterías. 

Inmediatamente lo consulté por teléfono con mi brother, mi compañero de fatigas poéticas, mi hermano de la sangre y de los versos, don Javier Asiáin y Urtasun, gran poeta navarro liderando las huestes de poetas en esta aldea vikinga del Norte, llamada Pamplona. Lo primero que me dijo Javier fue: "Ése es de los tuyos, compañero, no lo dudes; busca lo que haya por ahí publicado suyo, porque ése es de los tuyos...". Bueno, si alguien me conoce a mí, y conoce mis gustos y debilidades, divinas y mundanas, ese es el bueno de Asiáin. Así que de inmediato puse en marcha mis mecanismos y resortes de búsqueda y captura de libros viejos, libros raros, libros curiosos y olvidados, y en las siguientes semanas me fueron poco a poco llegando al buzón de correos de casa, desde diferentes librerías del país, los siguientes títulos: DE LA LOCURA METÓDICA, FATA MORGANA O LOS EFECTOS DE LA CAUSA, FUERA DE SÍ Y OTROS POEMAS EXTENSOS, EPÍSTOLA AL DIOS EROS, y CIELO RASANTE. Casi nada...

          Los libros nunca los compro para leerlos en el momento, nunca. No me gusta ponerme enseguida a leer un libro que acabo de comprar, no. Da mal fario.  Yo los compro, y tranquila y pacientemente los ordeno sistemática, alfabética y cronológicamente en mi biblioteca de casa; luego los dejo macerar, y esperan ahí pacientemente el momento incierto, inusitado y flagrante en que han de ser leídos y degustados. Pues bien, anoche, por ese extraño Azar impuesto de los dioses, le tocó su turno a Fortuny. Tomé entre mis manos por capricho uno de esos títulos: CIELO RASANTE y me dispuse a devorarlo, como quien se dispone a una deseada comida o cena pantagruélica con amigos o amantes. 

El libro en cuestión fue editado por PRE-TEXTOS en 1992, y los que me conocen saben que siento especial admiración y debilidad por los libros de esta editorial valenciana.  Me encanta cómo están editados. Esa sobriedad, esa elegancia inglesa... Dioses, cómo me gustaría publicar ahí..., pero me temo que eso es más complicado que aspirar a gozar una noche interminable de amor y lujo con la Bellucci. En fin, seguiremos publicando en editoriales más modestas hasta que algún día suene quizá la flauta...

          El caso es que me dispongo a sumergirme en los versos de Fortuny, del que poco o nada había leído, y empiezo, como siempre, con la dedicatoria impresa (adoro las dedicatorias impresas bien hechas, con ingenio, con desenvoltura) y me encuentro con esta joya, que paso a transcribiros para que la disfrutéis también porque no tiene desperdicio. Este detalle de altura, de buen gusto, de inteligencia, de buen humor. Una de las cosas que más admiro en un poeta es su sentido del humor. Si un poeta me hace reír, para mí ya se ha ganado el cielo. 





AGRADECIMIENTOS




por la Gracia impagable que supone estar vivo

entre dulces paredes que ojalá no taladre

jamás ácida envidia, porque viví y aún vivo

de su seno, modelo del hogar donde vivo

bendita sea mi madre.



por todos estos años protegido, al cobijo

de todo hijo de perra que me muerda o me ladre,

porque intentó engordarme, aunque seguí canijo,

por esta Gloria en vida cosechada en su hijo

Gloria para mi padre.



por aquel paraíso de cow-boys y casitas,

por aquellos castillos de todos los veranos

en la playa, por todos los gozos y las cuitas

compartidos de siempre, benditos y benditas

mis hermanas y hermanos.



por los tiempos dichosos que, después del espanto

de estar solo, brotaron como brotan los trigos,

por mi risa y mi guasa fomentada hasta el llanto,

por las curdas tan gordas que me aguantaron tanto

benditos mis amigos.



y porque del abismo de soledad oscura,

donde vagué perdido, allá en la noche negra

nació este Sol hermoso, que me elevó a su Altura,

por la Gracia impagable de parir la Hermosura

bendita sea mi suegra.



y puesto que no hallé criatura más hermosa

que tú, por los senderos de mi vida perdida,

por este místico éxtasis de amor con una Diosa,

porque hasta ahora has sido lo mejor de mi vida

bendita seas, Esposa.



y si algún poetilla de esos que están de moda

no gusta de mis versos por tradicionalismo

de sus temas o formas o algo así, que se joda:

Gloria para mí mismo, Gloria para mí mismo,

Gloria para mí mismo.





viernes, 27 de diciembre de 2013

Scholia



Lo confieso, soy un impertérrito buscador de libros viejos. Y no de ésos, antiquísimos que exhiben como joyas inviolables en su trastienda los libreros de viejo, con precios astronómicos que yo nunca pagaría y que ellos no están dispuestos a regatear, no. En verdad creo que esos libros nunca se venden, que son los mismos año tras año en las Ferias, que están ahí desde siempre expuestos, y permanecerán aún muchos años más cuando nosotros ya no estemos y el espécimen de comprador compulsivo de libros viejos, como yo, haya desaparecido para siempre. 
A lo que me refiero y por quien bebo los vientos es a lo que, en el argot, se conoce como libros de ocasión, primeras ediciones de poetas patrios sobre todo, libros raros de los que nadie apenas conoce, o si alguna vez llegó a conocer, hoy se ha olvidado en los foros su malograda existencia, bien porque fueron editados en su día por pequeñas e incipientes editoras que cerraron al poco de nacer, bien porque pueda tratarse de ediciones conmemorativas de algún evento sin demasiada importancia o tiradas cortas que algún ayuntamiento procaz, caja de ahorros o monte de piedad sin piedad tuvo a bien editar.
Entre esa maraña de libros viejos de añejo aroma que van llegando cada semana a mi buzón de correos por haber sido adquiridos vía internet -una forma muy cómoda de comprar y muy exhaustiva en sus posibilidades, aunque una ruina atroz para el bolsillo de un pobre poeta de provincias como yo- tengo que destacar una joyita deliciosa que llevaba tiempo ansiando y requiriendo y que al final los dioses han dispuesto concederme. Se trata del SCHOLIA de Luis Alberto de Cuenca, un tipo cultísimo y muy simpático al que todo el mundo admira porque es amigo de todo el mundo y es un tío que se deja querer, coño, no uno de esos raros y complicados poetas de hoy día que se encierran en sí mismos y juegan a hacerse los malditos e inaccesibles para impresionarte.
SCHOLIA pertenece a esa trilogía cultista, esteticista e intertextualizada, junto con ELSINORE y LOS RETRATOS, con la que Luis Alberto emergió como poeta en los salones de la abundancia poética de los años 70', aquí en España. Una de las veces que he coincidido con el ínclito Luis Alberto en uno de esos saraos poéticos en los que se prodiga muy gustoso, le "tiré los tejos" (entiéndaseme bien...) sobre dichos libritos, por ver si se compadecía de mí en mi búsqueda y me facilitaba las cosas. Bien, no fue así, desgraciadamente. Me dijo que eran muy difíciles, casi imposibles, o sea, me vino a decir lo mismo que solía aparecer antes en el reverso de las tapas de los yogures: "sigue buscando, amigo...".
De LOS RETRATOS (1971), uno de mis editores, Antonio J. Huerga, sacó hace poco una reedición muy interesante al acceso de todo el mundo, pero yo no cejaré en el empeño por él, y seguiré buscando la edición antigua hasta el fin de los días.
En cuanto a ELSINORE, esa otra joyita inencontrable, publicado por Azur en 1972, mis pesquisas me llevaron una vez hasta la National Library of Australia, y a punto estuve de asaltarla, pero el propio Luis Alberto me retuvo y contuvo, me dijo que esperara, que tuviera paciencia, que había que estar "ahí" (como decía el bueno de Indurain), que el libro terminará ofreciéndose para mí, un día de éstos, cuando alguien, algún heredero inconfesable, salde la biblioteca de su padre o de su madre. (Por cierto y aprovechando la coyuntura, si alguien lee estas páginas y dispone y quiere venderme el libro en cuestión juro no regatearle y pagarle religiosamente lo que tenga a bien pedirme a cambio por él.)
Pero nos quedamos de momento con SCHOLIA, publicado en 1978 por Antoni Bosch y que ahora mismo tengo yo en mis manos, tocándolo y retocándolo. Me lo enviaron hace unos días de Llibres del Mirall, en Barcelona. El ejemplar -del que me atreví solícita y educadamente por teléfono a regatear su precio aduciendo que me parecía excesivo- aparece con algunas páginas fatigadas, incluso alguna medio roída, y encabezado con una "Nota del autor" magistral. Efectivamente el librito está en mi poder y pasará algún día seguramente a mis herederos. Bien!


jueves, 26 de diciembre de 2013

Combien tu m'aimes





            En uno de mis viajecitos a París, en 2005, nada más llegar encontré toda la ciudad engalanada, encartelada con fotos de la diva de mis sueños, la Mujer por antonomasia, la Diosa dorada de la Belleza, la señora Monica Bellucci. Estrenaban uno de esos bodrios de películas en los que participa -todas son malísimas y lo único por lo que merece la pena tragárselas es por contemplar extasiado su Belleza diabólica y fatal apoderándose de la pantalla- y la imagen de la Bellucci se podía disfrutar desde todas las perspectivas urbanas posibles, semejando un gran hermano dionisiaco que proporcionaba un placer desenfrenado a la vista y a cuya contemplación nadie, ni hombre ni mujer, podía resistirse. Uno se veía entonces a sí mismo permanentemente observado por Ella, por tamaña Diosa perseguido a todas horas en los paseos vespertinos. Durante toda aquella estancia nuestra en la ciudad de la Luz no me pude quitar su imagen de la cabeza y al llegar a casa tuve que escribir este poema para deshacerme al fin de Ella, para así expulsarla de dentro de mí.




COMBIEN TU M'AIMES


Estos días atrás estaba usted preciosa, señora,
como gran odalisca en todas partes se me aparecía,
desde todos los puntos de la Luz me miraba
en todas las posturas imaginables deseando
tomarse el desquite, como quien acaso saludara
desde las orillas de la vieja Constantinopla.

Ah su natural elegancia, su perfil señorial y refinado,
divinidad que dictara destinos, deslumbraba y exhibía
una solución providencial a mi vida.
                                      Tumbada erótica en largas carrocerías
de autobuses o junto al excesivo Depardieu en marquesinas,
los anuncios gigantes en movimiento, exuberante belleza
la suya, señora, en fachadas de cines, las bocas y estaciones
de metro decoradas con ese aire suyo de dama antigua
muy llevada en lenguas.
                                      En su perfecto acabado de cuerpo
blanquísimo y suave, desbrozando el camino,
como a una muerte plácida de buena gana sobrevenida
a este hombre feliz y equivocado,
este hombre aficionado como nadie, señora,
a los placeres del mundo.
                                      Preciosa sobrevolando las delicias
de esta vida mundana y solitaria, joya de un mismo cuerpo
rivalizando con aquellas que labrara
la precisa mano del mejor orfebre, entraba por los ojos
y espléndido asombro causaba.
                                      Oh aquel misticismo suyo, señora,
de una travesura irreprimible en la curvatura de sus senos.
Imagen vuelta hacia adentro.

Pero ha sido en el decurso de nuestro paseo diario
por el Latino que se ha ido llenando de serenidad
el alma de este pobre poeta enamorado, reflexiva
en sus desvelos, libre emblema de su muerte,
para que le diese corazón y espíritu suficientes,
como a quien le hubieran regalado un palacio
o legado una magna biblioteca en testamento
al contemplarla a usted, señora.
                                     Y luego de consultar sibilinos
oráculos, le he puesto a mi maestro, con esa calma suya
propia del sabio, delante de usted, en una dialéctica encendida
de admiración a la que sentido tributo rendir: O le escribe usted
un poema, como aquel que escribió para la Stone  —casi le he exigido—
o se lo escribo yo… Y sobrados motivos tengo para ello.
                                     Y es que si del mismo París, o incluso
de Roma, recibido hubiese proposición de coronarme
como poeta, no sería yo tan feliz ni colmado de honores
me viera, como si su cuerpo vicioso desnudo y enjoyado
me encontrara una noche perdido entre mis sábanas.
                                     Ah de la horda rebelde de su sexo
caer suavemente prisionero. Como poder tocar a un dios
con las manos y así recuperar los sentidos,
como a una muerte plácida sería de inmediato
llevado, señora Bellucci.
[1]











[1] LA VIDA EQUIVOCADA, Alfredo Rodríguez. Devenir, Madrid 2008


lunes, 23 de diciembre de 2013

Examen del guerrero




Yo conocí al poeta y pintor José Pérez Olivares (Santiago de Cuba, 1949) en los días de la última Ardentísima en España, en Abril de 2004 en Murcia, una primavera calurosa, de ésas de andar a cuerpo por la calle. Nos presentó mi maestro Álvarez en el Casino árabe de la ciudad, hablamos de poesía durante un rato y luego creo que ya no hablamos más en los tres  días siguientes. Confieso que no le presté demasiada atención, a pesar de que al día siguiente, Pepe Serrallé, gran poeta sevillano amigo y un tipo muy simpático e inteligente, me dijo que el cubano era muy bueno, que lo tuviera en cuenta. Pero yo estaba muy "ciego" y  muy "sordo"; sólo tenía ojos y oídos para mi maestro, al que hacía poco tiempo acababa de conocer.
Es que además ocurre que, a mí, los poetas de la América Latina no me “entran”, lo siento pero no me "entran". Y a mí cuando no me entra algo, no me entra y ya está, no hay que darle más vueltas. No me entran ni con calzador.

Pero una vez más y como siempre en estos casos volvía a estar plenamente equivocado. Y qué bonito es esto de equivocarse, darse uno de narices contra sí mismo, hacer luego acto de contricción, y jurarse uno a sí mismo que la próxima vez no prejuzgará a nadie, a ningún poeta, sin conocerle ni haber leído de antemano sus versos. 

Porque pasó el tiempo y una vez en una Feria de libro viejo me tropecé con un libro del cubano, una joya impresionante de Pérez Olivares que me fascinó y con la que conecté de inmediato: HÁBLAME DE LAS CIUDADES PERDIDAS, un título precioso donde los haya. Ese poemario me impactó, me golpeó. Entonces lo entendí todo. Entendí que fuera amigo e invitado de Álvarez, entendí que hubiera ganado ya varios premios tanto en Cuba como en España, donde vivía desde hacía años en la ciudad de Sevilla. 

Hace poco encontré por la Red la mención a otros dos libros suyos, CRISTO ENTRANDO EN BRUSELAS y EXAMEN DEL GUERRERO, y pude ver que disponían de ellos en Renacimiento, el fantástico santuario de los Libros Viejos que ocupa una nave entera de la Expo en Sevilla. Dicen que Abelardo Linares, su dueño, se fue un día a Nueva York, compró allí una biblioteca inmensa de un viejo emigrante español amante de las Letras, fletó un barco entero con todos los libros y llenó con ellos esa nave de la Expo, en Valencina de la Concepción, Sevilla, y dicen también que aún tiene por allí libros todavía sin desembalar.

El caso es que, casualidades de la vida o caprichos de nuestro padre el Azar, cuál fue mi sorpresa cuando me encuentro que la persona de Renacimiento con la que contacté via mail para solicitar dichos libros me dice que el bueno de Pérez Olivares trabajaba allí mismo, con él, en la Editorial, y que podía enviarme los ejemplares dedicados por él, si quería. Bueno, en fin, ya sabéis que las dedicatorias de autor en los libros viejos son algo por lo que tengo especial debilidad. Así que, dioses ¿cómo iba a negarme?

En fin, este poema, que reproduzco a continuación, de José Pérez Olivares, el poeta cubano felizmente afincado en Sevilla, tiene ese "latigazo" extremo que ha de tener la buena poesía. Ese "latigazo" que nos hace mover el culo del asiento y hasta nos desconcierta en su placer:



EXAMEN DEL GUERRERO


Mis probabilidades de acabar
por obra de una puñalada en el corazón, o una caída de caballo
van disminuyendo cada vez más: la peste parece improbable:
se diría que la lepra y el cáncer han quedado definitivamente atrás.
-Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano-



Puedo morir de una puñalada en el corazón.
(Alguien, en la oscuridad de cualquier callejuela, me esperará;
sólo veré el relámpago de unos ojos).
O tal vez me derribará del caballo alguna flecha caledonia:
mi cuerpo quedará tendido para siempre sobre la hierba
a merced de buitres, hormigas y escorpiones.
Cualquier cosa puede sucederme:
la lepra y el cáncer.
O morir de asfixia bajo las aguas.
Un guerrero ha de estar preparado
para las contigencias:
      la fatiga, el hambre
y otras amargas responsabilidades.
Ha de saber
que la vida es un viaje
en la proa de un velero,
                                 con una espada en la mano.
Un guerrero es un cuerpo henchido de viento y humedad;
máquina perfecta
que irrumpe en la noche con todos sus mecanismos;
haz de músculos que reaccionan,
y a la orden
                 acometen ciegamente.
El guerrero sólo se tiene a sí.
Aprendió a matar para seguir viviendo.
Su vida reside en la punta de la espada;
detrás de ella
están las ciudades, las mujeres y los hijos,
los campos donde transcurrió su niñez,
y en el mejor de los casos,
esperará el final de sus días.
El guerrero no puede temblar delante de la sangre,
ni siquiera palidecer
a la hora precisa.
Está obligado a abrir los ojos y ver el espanto del combate,
esos cuerpos destrozados,
las vísceras palpitantes de amigos y enemigos.
Un guerrero, cuando más,
sólo podrá pedir a su dios
-pero con humildad-
que lo ayude a escapar del cerco
prometiéndole a cambio
                                   sacrificios y ofrendas,
pero esto,
es un ardid para entrar al combate
lleno de vitalidad;
una pequeña estratagema frente al alarido
y a la convulsión.
No es más
que otra forma cualquiera
de esperar la muerte inevitable.



EXAMEN DEL GUERRERO,
José Pérez Olivares
Visor, Madrid 1992