jueves, 26 de diciembre de 2013

Combien tu m'aimes





            En uno de mis viajecitos a París, en 2005, nada más llegar encontré toda la ciudad engalanada, encartelada con fotos de la diva de mis sueños, la Mujer por antonomasia, la Diosa dorada de la Belleza, la señora Monica Bellucci. Estrenaban uno de esos bodrios de películas en los que participa -todas son malísimas y lo único por lo que merece la pena tragárselas es por contemplar extasiado su Belleza diabólica y fatal apoderándose de la pantalla- y la imagen de la Bellucci se podía disfrutar desde todas las perspectivas urbanas posibles, semejando un gran hermano dionisiaco que proporcionaba un placer desenfrenado a la vista y a cuya contemplación nadie, ni hombre ni mujer, podía resistirse. Uno se veía entonces a sí mismo permanentemente observado por Ella, por tamaña Diosa perseguido a todas horas en los paseos vespertinos. Durante toda aquella estancia nuestra en la ciudad de la Luz no me pude quitar su imagen de la cabeza y al llegar a casa tuve que escribir este poema para deshacerme al fin de Ella, para así expulsarla de dentro de mí.




COMBIEN TU M'AIMES


Estos días atrás estaba usted preciosa, señora,
como gran odalisca en todas partes se me aparecía,
desde todos los puntos de la Luz me miraba
en todas las posturas imaginables deseando
tomarse el desquite, como quien acaso saludara
desde las orillas de la vieja Constantinopla.

Ah su natural elegancia, su perfil señorial y refinado,
divinidad que dictara destinos, deslumbraba y exhibía
una solución providencial a mi vida.
                                      Tumbada erótica en largas carrocerías
de autobuses o junto al excesivo Depardieu en marquesinas,
los anuncios gigantes en movimiento, exuberante belleza
la suya, señora, en fachadas de cines, las bocas y estaciones
de metro decoradas con ese aire suyo de dama antigua
muy llevada en lenguas.
                                      En su perfecto acabado de cuerpo
blanquísimo y suave, desbrozando el camino,
como a una muerte plácida de buena gana sobrevenida
a este hombre feliz y equivocado,
este hombre aficionado como nadie, señora,
a los placeres del mundo.
                                      Preciosa sobrevolando las delicias
de esta vida mundana y solitaria, joya de un mismo cuerpo
rivalizando con aquellas que labrara
la precisa mano del mejor orfebre, entraba por los ojos
y espléndido asombro causaba.
                                      Oh aquel misticismo suyo, señora,
de una travesura irreprimible en la curvatura de sus senos.
Imagen vuelta hacia adentro.

Pero ha sido en el decurso de nuestro paseo diario
por el Latino que se ha ido llenando de serenidad
el alma de este pobre poeta enamorado, reflexiva
en sus desvelos, libre emblema de su muerte,
para que le diese corazón y espíritu suficientes,
como a quien le hubieran regalado un palacio
o legado una magna biblioteca en testamento
al contemplarla a usted, señora.
                                     Y luego de consultar sibilinos
oráculos, le he puesto a mi maestro, con esa calma suya
propia del sabio, delante de usted, en una dialéctica encendida
de admiración a la que sentido tributo rendir: O le escribe usted
un poema, como aquel que escribió para la Stone  —casi le he exigido—
o se lo escribo yo… Y sobrados motivos tengo para ello.
                                     Y es que si del mismo París, o incluso
de Roma, recibido hubiese proposición de coronarme
como poeta, no sería yo tan feliz ni colmado de honores
me viera, como si su cuerpo vicioso desnudo y enjoyado
me encontrara una noche perdido entre mis sábanas.
                                     Ah de la horda rebelde de su sexo
caer suavemente prisionero. Como poder tocar a un dios
con las manos y así recuperar los sentidos,
como a una muerte plácida sería de inmediato
llevado, señora Bellucci.
[1]











[1] LA VIDA EQUIVOCADA, Alfredo Rodríguez. Devenir, Madrid 2008


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