lunes, 23 de diciembre de 2013

Examen del guerrero




Yo conocí al poeta y pintor José Pérez Olivares (Santiago de Cuba, 1949) en los días de la última Ardentísima en España, en Abril de 2004 en Murcia, una primavera calurosa, de ésas de andar a cuerpo por la calle. Nos presentó mi maestro Álvarez en el Casino árabe de la ciudad, hablamos de poesía durante un rato y luego creo que ya no hablamos más en los tres  días siguientes. Confieso que no le presté demasiada atención, a pesar de que al día siguiente, Pepe Serrallé, gran poeta sevillano amigo y un tipo muy simpático e inteligente, me dijo que el cubano era muy bueno, que lo tuviera en cuenta. Pero yo estaba muy "ciego" y  muy "sordo"; sólo tenía ojos y oídos para mi maestro, al que hacía poco tiempo acababa de conocer.
Es que además ocurre que, a mí, los poetas de la América Latina no me “entran”, lo siento pero no me "entran". Y a mí cuando no me entra algo, no me entra y ya está, no hay que darle más vueltas. No me entran ni con calzador.

Pero una vez más y como siempre en estos casos volvía a estar plenamente equivocado. Y qué bonito es esto de equivocarse, darse uno de narices contra sí mismo, hacer luego acto de contricción, y jurarse uno a sí mismo que la próxima vez no prejuzgará a nadie, a ningún poeta, sin conocerle ni haber leído de antemano sus versos. 

Porque pasó el tiempo y una vez en una Feria de libro viejo me tropecé con un libro del cubano, una joya impresionante de Pérez Olivares que me fascinó y con la que conecté de inmediato: HÁBLAME DE LAS CIUDADES PERDIDAS, un título precioso donde los haya. Ese poemario me impactó, me golpeó. Entonces lo entendí todo. Entendí que fuera amigo e invitado de Álvarez, entendí que hubiera ganado ya varios premios tanto en Cuba como en España, donde vivía desde hacía años en la ciudad de Sevilla. 

Hace poco encontré por la Red la mención a otros dos libros suyos, CRISTO ENTRANDO EN BRUSELAS y EXAMEN DEL GUERRERO, y pude ver que disponían de ellos en Renacimiento, el fantástico santuario de los Libros Viejos que ocupa una nave entera de la Expo en Sevilla. Dicen que Abelardo Linares, su dueño, se fue un día a Nueva York, compró allí una biblioteca inmensa de un viejo emigrante español amante de las Letras, fletó un barco entero con todos los libros y llenó con ellos esa nave de la Expo, en Valencina de la Concepción, Sevilla, y dicen también que aún tiene por allí libros todavía sin desembalar.

El caso es que, casualidades de la vida o caprichos de nuestro padre el Azar, cuál fue mi sorpresa cuando me encuentro que la persona de Renacimiento con la que contacté via mail para solicitar dichos libros me dice que el bueno de Pérez Olivares trabajaba allí mismo, con él, en la Editorial, y que podía enviarme los ejemplares dedicados por él, si quería. Bueno, en fin, ya sabéis que las dedicatorias de autor en los libros viejos son algo por lo que tengo especial debilidad. Así que, dioses ¿cómo iba a negarme?

En fin, este poema, que reproduzco a continuación, de José Pérez Olivares, el poeta cubano felizmente afincado en Sevilla, tiene ese "latigazo" extremo que ha de tener la buena poesía. Ese "latigazo" que nos hace mover el culo del asiento y hasta nos desconcierta en su placer:



EXAMEN DEL GUERRERO


Mis probabilidades de acabar
por obra de una puñalada en el corazón, o una caída de caballo
van disminuyendo cada vez más: la peste parece improbable:
se diría que la lepra y el cáncer han quedado definitivamente atrás.
-Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano-



Puedo morir de una puñalada en el corazón.
(Alguien, en la oscuridad de cualquier callejuela, me esperará;
sólo veré el relámpago de unos ojos).
O tal vez me derribará del caballo alguna flecha caledonia:
mi cuerpo quedará tendido para siempre sobre la hierba
a merced de buitres, hormigas y escorpiones.
Cualquier cosa puede sucederme:
la lepra y el cáncer.
O morir de asfixia bajo las aguas.
Un guerrero ha de estar preparado
para las contigencias:
      la fatiga, el hambre
y otras amargas responsabilidades.
Ha de saber
que la vida es un viaje
en la proa de un velero,
                                 con una espada en la mano.
Un guerrero es un cuerpo henchido de viento y humedad;
máquina perfecta
que irrumpe en la noche con todos sus mecanismos;
haz de músculos que reaccionan,
y a la orden
                 acometen ciegamente.
El guerrero sólo se tiene a sí.
Aprendió a matar para seguir viviendo.
Su vida reside en la punta de la espada;
detrás de ella
están las ciudades, las mujeres y los hijos,
los campos donde transcurrió su niñez,
y en el mejor de los casos,
esperará el final de sus días.
El guerrero no puede temblar delante de la sangre,
ni siquiera palidecer
a la hora precisa.
Está obligado a abrir los ojos y ver el espanto del combate,
esos cuerpos destrozados,
las vísceras palpitantes de amigos y enemigos.
Un guerrero, cuando más,
sólo podrá pedir a su dios
-pero con humildad-
que lo ayude a escapar del cerco
prometiéndole a cambio
                                   sacrificios y ofrendas,
pero esto,
es un ardid para entrar al combate
lleno de vitalidad;
una pequeña estratagema frente al alarido
y a la convulsión.
No es más
que otra forma cualquiera
de esperar la muerte inevitable.



EXAMEN DEL GUERRERO,
José Pérez Olivares
Visor, Madrid 1992

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