domingo, 15 de diciembre de 2013

Las personas del verbo




Siguen sin escucharnos. Siguen sin tenernos en cuenta, sin tomarnos en serio. Pero estamos ahí; seguimos ahí. Y vamos a estar ahí siempre. Seguiremos leyendo y escribiendo poesía, que llena de placer nuestros sentidos, y juntándonos en grupos clandestinos o semiclandestinos, casi como si pareciera que estuviéramos escondiéndonos de algo.
Pero un poeta que se precie de serlo no puede jamás esconderse, tiene que dar la cara, defender su poesía, su mensaje. Un poeta debe arriesgar. Tener muy claro su mensaje y ARRIESGAR. Si no ¿de qué sirve o habrá servido toda esta historia? ¿si ni nosotros mismos creemos en lo que hacemos quién va a creer entonces en nosotros y aceptarnos?
Bien... Creo que lo que ocurre con la poesía aquí no ocurre ni de lejos con otras artes, ni creo que ocurra en otras latitudes. Existe, pero no existe. Nunca hay público para ella; nunca hay dinero para ella. No existen editoriales, ni públicas ni privadas. Sólo silencio y mirar hacia otro lado. Luego, claro, llega cualquier tuercebotas de fuera y le hacen caso y le toman muy en serio, sí señor, y hasta le reservan una página entera en el diario, la de la derecha que es más cara que la de la izquierda porque es a la que primero se te va la vista sin querer, y hasta, si te descuidas, le dan un premio, sólo por ser de fuera, por retorcer unos hierros o pintar cuatro rayajos mal pintados o perpetrar un cuento de navidad para niños.
Luego están las "viejas glorias". Las "viejas glorias" que nunca lo fueron, aunque muchos lo crean por ignorancia. El camino de serpiente al profundo barranco de la Ignorancia. En verdad se han desentendido por completo de nosotros, nos ignoran, tratan de sepultarnos con un terrible silencio. SILENCIO. Esa es la consigna...
Y el público, el lector potencial. El público, tan importante para todo hoy día, pero inexistente en el caso de la poesía. Que no lee poesía o que hace bastante que no lee poesía y que más bien la desprecia por su incapacidad para entenderla, o sea, por su falta de generosidad y de apertura al otro. Decía Eliot que el hecho de que un poeta tenga una pequeña y adecuada audiencia en su propia época es muy importante; que siempre debería haber un pequeño grupo de gente de vanguardia, personas que sepan apreciar la poesía, independientes y hasta cierto punto avanzados a su tiempo... Pues bien, aquí no tenemos a nadie, estamos solos, y es tan larga la travesía por este desierto. No hay un referente claro, hemos tenido que buscarlo allende los mares porque aquí no lo teníamos. Tampoco hay nadie, un crítico, una persona con carácter, que desde fuera tenga el valor suficiente para hacer una criba de poetas, una criba de nombres, que diga "tú sí, tú no". "Esto es poesía, buena poesía; esto no". Nadie se atreve, claro...
Pero sea como fuere aquí hay algo. Sí, señor, ALGO importante. Es innegable. Algo que se está moviendo, que respira. Y ya desde hace bastantes años. Un grupo de personas, una generación, con un amplio abanico de edades, de matices, de gustos. Un mestizaje. Gentes muy diversas, heterogéneas, únicas en su vida privada, que abandonan su casa y a los seres a los que están unidos por vínculos afines o de sangre, y se reúnen cada cierto tiempo para hablar de poesía. Y son felices. Aunque nadie les escuche. Aunque les nieguen el pan en los medios. Beben, comen, ríen, discuten, se acaloran, se emocionan, disfrutan, recitan, callan, escuchan y se enriquecen. Se ennoblecen. Y van a estar ahí siempre.

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