miércoles, 31 de diciembre de 2014

VIVIR SÓLO PARA CELEBRAR LA BELLEZA (II)





a.r. Sólo usted puede dedicarle un poema a su espejo —me refiero a la dedicatoria impresa, encabezándolo. Y además un poema altísimo:

Cuál ha muerto en tu luna? Quién
de tantos
que fui. Y a cuál amaste?

Oh silencioso río.
Amargos navegantes llevas.

j.m.a. Sí, no es malo, ¿verdad? Creo que es de las pocas veces que puedo haber acertado.
a.r. ¿Se siente usted, como Ovidio, nacido para el ocio?
j.m.a. Sí. Para ese “ocio”, claro está. Otium.
a.r. Pero si hubiera tenido usted que “trabajar”, me refiero a un trabajo digamos normal, de fichar ocho horas por cuenta ajena, ¿cree usted que hubiera podido dedicarse a la Poesía?
j.m.a. No lo sé. Pero esta obsesión por el trabajo ese de ficha, desde luego no la encuentra usted en otros momentos. Valle-Inclán supo contestar con su vida muy bien a esa pregunta. Y muchos otros.
a.r. Explíqueme, por favor, su poema Templar (1992), que dice así:

Qué fantástico momento
cuando en los ojos de una mujer
te has muerto.

j.m.a. Explicar un poema no sé cómo se hace. Pero ese morirse en los ojos de una mujer, lo he visto en varias ocasiones, tanto con respecto a mí como a otras personas. Son implacables.
a.r. Sí, eso sí lo entiendo. Las mujeres son muy duras. Si ya no quieren nada es que ya no quieren nada. ¿Pero por qué “fantástico momento”?, en todo caso “jodido momento” ¿no?
j.m.a. No va por ahí el poema, o así me lo parece. Pero creo que no se trata de una lamentación por la pérdida de esa mujer… Es “fantástico” porque esa mirada irradia un poder fastuoso, inexorable.
a.r. Ok, ahora sí. Hábleme de Casanova, uno de sus mitos, sin duda.
j.m.a. ¿Qué quiere que le diga? Llevo cincuenta años largos leyendo su obra y cada vez me parece mejor. No se puede además comprender, ni entrever el XVIII, lo que fue, lo que significa, sin esas Memorias.
a.r. La Derrota, una y otra vez aparece en sus versos. Creo que hemos hablado alguna vez de ella. ¿Qué más se puede decir?
j.m.a. Está ahí.
a.r. ¿Pero qué es, en concreto, la Derrota?, ¿haberse dado por vencido ante el rumbo que ha tomado el Mundo?
j.m.a. Ya se lo he dicho. Está ahí. Yo no me he dado por vencido. Pero eso no quiere decir que no nos derroten. Me refiero a “ahora”. Porque los que no tienen futuro son nuestros vencedores.
a.r. Esto de que la única Libertad que usted ha amado sea no tener que mostrar otro gesto que su desprecio por la mediocridad —palabras extraídas de su poema El fantasma de la Ópera (1993)— es una de esas cosas que cuando yo las leí por vez primera me dije a mí mismo: he aquí un poeta que arriesga.
j.m.a. Quizá nunca arriesgamos lo suficiente. Nos falta el coraje de nuestros maestros. Pero ese desprecio sigue pareciéndome muy importante. Nos defiende, nos aísla, nos protege, nos identifica.
a.r. Pero es que la mediocridad hoy es un gigante que nos aplasta, llega a todos los recovecos. Es difícil librarse de ella. Habría que ir por la calle con una venda en los ojos y las manos en los oídos.
j.m.a. Recuerde usted a los remeros de Ulises cuando navegaban cerca de las Sirenas.
a.r. Hábleme de Mizogushi, otro de sus mitos del Arte. Recuerdo que compré hace tiempo algunas películas suyas, siguiendo sus recomendaciones, como El intendente Sansho, según usted una de las mejores películas, o la mejor, de toda la historia del Cine. ¿Qué ‘ve’ usted ahí?
j.m.a. Sí. Hace poco he vuelto a ver casi toda su obra, de forma seguida. Creo que cuando dije alguna vez que era como Shakespeare —y no me refiero a la grandeza, porque cada uno tiene la suya y acaso en Arte sea un error establecer escalones— no anduve descaminado. No sé si Sansho Dayu es la mejor película de la Historia, pero desde luego está entre las cuatro o cinco supremas. Y lo que yo puedo ver… bueno… es la “totalidad” del Conocimiento. Es verlo Todo. Mizogushi contemplaba así.
a.r. ¿Qué hay de aquel viaje suyo legendario a Nueva Orleans, cuyos momentos aparecen recogidos en algunos poemas?
j.m.a. Ah, fue muy hermoso. En New Orleans solamente he estado en esa ocasión. Pero fueron bastantes días y pude ver muchas cosas. Y las noches eran maravillosas, no solo por los locales de Jazz, sobre todo el Preservation Hall, sino por otras historias. Y fue algo imprevisto. Porque yo estaba en Carolina del Sur, en Rock Hill, y ya no sé por qué, Susan Ludvigson, yo vivía en su casa, y su marido entonces, que era pianista… bueno, de pronto se les ocurrió que podíamos hacer un viaje por el Viejo Sur. Sin un rumbo muy determinado. Y en aquel coche de Susan nos metimos, una larga aventura, con paradas generosas, en Charleston, en Atlanta, de allí pasamos a Alabama, a Birmingham, luego a Tuscaloosa, Memphis, y bajando por Mississippi —y verdaderamente había pueblos que seguían siendo Faulkner puro—, estuvimos en Mobile y ya nos encaminamos a New Orleans. New Orleans me gustó mucho. Tenía un ambiente muy digamos “mío”. Hace ya tantos años; y sigo recordando perfectamente, como si los viera ahí delante, lugares, calles, locales, rostros, cementerios… Fue muy hermoso.
a.r. Siempre me he preguntado cómo ha logrado contactar usted a lo largo del tiempo con todos esos hispanistas que conoce por todo el mundo y que además están interesados en su obra. Es el caso de Susan Ludvigson o Barbara Probst Solomon en los EE.UU., Tasos Denegris en Grecia, Csaba Csuday en Hungría, Mohamed Abuelata en Egipto, Monika Walter en Berlín, Colin Smith en UK, etc…
j.m.a. Al final, nadie sabe por qué, esto es un poco como un complot; como si una fuerza misteriosa nos reuniera. Pienso en los Novísimos: resulta que todos éramos amigos y la mayoría nos veíamos todos los días. Lo curioso no es que esa “reunión” estuviera luego en el libro, sino que Madrid nos hubiera “reunido”, aunque Sarrión y yo ya veníamos de Murcia. En EE.UU., y en esto pasa como con los libros, que uno te lleva a otro: será porque frecuentamos lugares… los mismos lugares, bares, salas de Arte, no sé… Pero un buen día entablas amistad con alguien, como Barbara Probst, a la que no conocí allí, sino en Madrid; y Barbara te lleva a Mailer, y Mailer a… Barbara estaba muy relacionada con Goytisolo, además. A Giorno lo encontré una noche en Roma, y ya empezó una amistad entrañable, y Giorno me presentó a otros. Cuando llegué a Grecia por primera vez, no conocía a Tasos, que ha muerto, pero un español sí lo conocía y nos relacionó. Como el caso de Csaba Csuday, al que conocí por Matyas Horanyi, al que no conocí en Budapest, me refiero a Matyas, sino en La Habana; y Csaba me llevó a Eva Tóth, y a Zsuzsa Takács. A Monika, una excelente catedrático alemana, con la que luego he estado varias veces en Berlín, la encontré porque coincidimos en Budapest en un Congreso de Literatura Comparada. A Abuelata lo conocí en El Cairo, y creo que me llevó a él Badr Tawfik, un buen amigo poeta y traductor de Kavafis, y luego Abuelata me ha presentado a muchos escritores egipcios y de otros países árabes. A Colin —y también desgraciadamente ha muerto—, porque yo organicé unas conferencias, y al pensar en quién podría hablar de Cambridge, porque era un curso sobre ciudades, Stephen Spender me lo presentó. Y ya nos hicimos amigos; y con Colin llegó Ian Michael, y Chris Perriam, y acabamos siendo buenos amigos y después estuve invitado al St. Catherine College de Cambridge y por Ian a Oxford, y con Chris a Escocia. Y así podríamos seguir. Japón vino de la mano de Shozo Masuda, un brillantísimo hispanista y consejero del Emperador, al que conocí casualmente por esta historia de los gustos literarios que nos unen a través del mundo, afinidades que acaban en que los protagonistas se conozcan personalmente. Y Masuda me unió con Norio Shimizu, mi mejor amigo japonés y también un hispanista muy importante. Y así podríamos seguir. Todos los franceses, los italianos… los rusos. Porque luego resulta que muchos de ellos se conocían entre sí y de la misma forma. Como me pasó con Enzensberger. Bueno… cuando uno lleva ya muchos años recorriendo estos caminos, no es raro que conozca a tanta gente. En París, el primer hispanista con el que mantuve una relación interesante fue Charles Aubrun. Llegué a él por Aline, que era alumna suya. Luego, también por mediación de Aline, conocí a Claude Couffon. Y por la Sorbona, aunque ella llevaba la Cátedra de Catalán, a una gran especialista, Marie Claire Zimmermann. Después ya han venido otros, como Larraz, entre ellos mi buen amigo François-Michel Durazzo, al que usted conoce. A Vargas Llosa lo conocí cuando no era famoso, en el París del 60. A Márquez en Barcelona. De Onetti ya es conocida la historia, me parece. Y tantos, tantos… Pero siempre es igual. Usted llega a una ciudad donde no conoce a nadie, y pregunta dónde suelen reunirse los… claro, usted no pregunta por los carniceros, ni por gente de la Banca; usted pregunta por “artistas”. Y no tarda en encontrar a uno, y la conversación pronto le vincula, porque los temas e intereses son los mismos. Y ese le presenta a otro. Es una “red”.
a.r. ¿Y a Francisco Brines cómo lo conoció? ¿Y a Vicente Gallego, y a Marzal, y a Benítez Reyes, y a Mesanza? ¿Y a mí? ¿qué pasó conmigo? ¿qué opinión tuvo de mí cuando me conoció, o antes, cuando llegaron mis primeras cartas?
j.m.a. Bueno… A Paco lo conocí yo creo que allá por los sesenta y tantos. Lo primero fue Palabras a la oscuridad, en la vieja edición de Ínsula. Y me interesó mucho. Era una voz distinta en medio de aquel derrumbamiento de la poesía social. Paco escribía poemas que me emocionaban. Entonces me hice con Materia narrativa. Y bueno, ahí empezó una relación que muy pronto se hizo personal y que cuajó en una amistad honda. Yo lo quiero mucho a Paco. Creo que es un gran poeta. Creo que he dicho alguna vez que en este momento, en Europa, no veo un poeta de más altura. Vicente y Carlos, con Felipe Benítez o Mesanza, son amistades algo posteriores, ya de los años ochenta, desde que empezaron a publicar. Me interesaron. Y sobre todo a partir de aquella aventura de Ardentisima, donde yo reunía a muchos poetas para estar juntos unos días y leer poemas y beber por las noches, etc, ahí fue donde nos hicimos amigos. Pero los invité porque me interesaba lo que escribían. ¿Y de usted, qué quiere que le diga? A usted lo conocí por aquella carta que me envió, que me dejó atónito, no solo por lo que sabía usted de mi obra, más que yo, sin duda, sino por el tono. Por eso le respondí de inmediato y le propuse vernos en la primera oportunidad. Luego, usted no me ha defraudado. Se ha convertido en poeta.
a.r. Pues me alegro de que fuera así… ¿En verdad pertenece usted a otro mundo?
j.m.a. Espero que sí. Desde luego, de éste que tenemos procuro aislarme.
a.r. Otro verso suyo de riesgo, de esos que le hacen a uno levantarse del asiento: “no hay dos coños iguales”…
j.m.a. No hay dos iguales, sin duda; incluso el mismo varía con el tiempo. Y no me refiero solo al aspecto digamos exterior. La textura, la temperatura, el aroma, la suavidad del pelo, me refiero a coños de verdad, no esta patraña plastificada de hoy, con la depilación, que yo odio; incluso diría que la sensación de su acogimiento.
a.r. Y nuestro comportamiento también es diferente ante ellos, claro. Vamos, que no somos el mismo hombre ante coños diferentes, supongo…
j.m.a. Pues no lo sé. Supongo que unos despiertan más al artista, otros al aventurero, otros a lo que tenemos de hombre de las cavernas, y alguno al niño que fuimos, a las primeras visiones. Pero creo que es mayor su diversidad que la nuestra.
a.r. Hay un poema, Amor constante más allá de la muerte (1976) se titula —homenaje al poema homónimo de Quevedo, uno de sus preferidos—, en que usted trata de imaginarse lo que ocurrirá durante y después de morir…
j.m.a. Bueno… no sabemos siquiera qué es morir. Y he visto morir a muchas personas. Qué ve uno en ese último instante… Yo desearía escuchar a Mozart y ver el rostro de mis muertos amados. Como Pascal, imagino que estamos ante ese secret impénétrable incapaces de comprender le néant d’où el hombre il est tiré et l’infini où il est englouti.[1]

Será como contemplar Istanbul
O esas noches en las salas
Heladas de los aeropuertos
Cuando la barba se vuelve ceniza
Aquel amanecer a 9.000
Metros sobre el Caribe
O aquella madrugada
En que Lester  sonó como ninguna

Apagaré todos mis rostros
Y qué lugar o cuerpo
Habrá de acompañarme

Mas creo que unos versos una música
Irán conmigo en ese instante
Serena aceptación de un vano sueño

Mozart algún momento de Kavafis
El final de un soneto de Quevedo
Mi amado Shakespeare

a.r. ¿Aún sigue pensando que el Azar es nuestro padre? —porque yo es una frase que he hecho mía…
j.m.a. Sin duda.
a.r. Aborrece usted, como Lord Byron, absolutamente a todos los gobiernos existentes…
j.m.a. A todos. Sin excepción.
a.r. ¿Pero no dice usted en algún sitio que el modelo norteamericano y el británico —no me refiero al actual, sino al sistema en sí— son lo que más se acercan a su idea de un buen gobierno?
j.m.a. Hombre, son, o mejor, eran, lo más cercano. Los fundamentos del gobierno de EE.UU. son muy buenos, aunque luego ya desde Roosevelt sobre todo, empezó a pudrirse. De todas formas, sí, son formas de entender la gobernación que me parecen aceptables.
a.r. Otra de “sus” obras maestras de la Música de todos los tiempos —además de ese último concierto para piano de Mozart, el 27— es el Trío nº6 para piano, violín y violonchello en Sí bemol mayor de Beethoven, una pieza que le confieso aún no he conseguido escuchar, encontrar…
j.m.a. Hay muchas versiones. Es una obra maestra. Le recomiendo que lo escuche. Túmbese con un buen armagnac y un buen cigarro —bueno, usted no fuma— y escúchelo.
a.r. Pero a qué Opus pertenece ese trío
j.m.a. Sí, hombre, es el trío del Archiduque, en el Opus 97.
a.r. Hábleme del St. Catharine’s College, de su estancia en Cambridge en los ochenta como lector de español. ¿Qué fue usted a hacer allí y cómo vivió aquello, que tan honda huella le dejó?
j.m.a. Ah, eso fue gracias a mi buen amigo, desgraciadamente ya muerto, como le he dicho, Colin Smith, un hispanista excelente. Teníamos muy buena relación, y me propuso que yo impartiera unas clases, unas conferencias, en Cambridge, en su Cátedra. Él pertenecía al St. Catherine College, y por eso estuve allí como escritor, o profesor, o no sé qué, invitado. Pero no fui lector. Y lo pasé muy bien. Yo ya conocía muy bien Cambridge; es una ciudad, más que una ciudad, que adoro. Y mis estancias allí son una memoria de dicha, de sosiego, de librerías magníficas, de compañías muy agradables. Me dejó una huella honda, sí. Esa vez, además, me dieron un gabinete muy amplio, con despacho, y el dormitorio aparte, y Carmen vino conmigo.
a.r. ¿Qué pasa con Antonio Martínez Sarrión, su bestia negra?. Hace poco en Córdoba, durante los actos de Cosmopoética, pude verle al fin en vivo y en directo y comprobar todo lo que usted venía diciendo sobre su persona, su baja catadura moral…
j.m.a. Si usted lo pudo comprobar en Córdoba, poco tengo que decirle. Yo creo que su odio hacia mí tiene algo de enfermedad. No es posible ponerse en público tan en ridículo sin una fuerza que se impone a la inteligencia, a cualquier aversión razonable. Pero ya había hecho lo mismo otras veces, por ejemplo en Sevilla. Allí fue Brines el que me comentó estupefacto la actuación de Antonio. Es incomprensible. Durante años fuimos como uña y carne. Es otra de las consecuencias de que en estos tiempos nuestros las ideologías políticas, ya en plan devastador en su integrismo, tengan esa importancia para algunas cabezas. Hubiera sido impensable en otros momentos.
a.r. En su poema En una escalinata (1989) sobre su visita al Louvre para contemplar regocijado la Victoria de Samotracia, habla usted de la vida en plan shakesperiano como de “una broma obscura sin sentido”; y ahora yo le pregunto: ¿es más grande el Arte que la vida?
j.m.a. Sí, bueno, claro; en el fondo la vida es esa broma sin sentido. Un hombre con creencias religiosas firmes le diría otra cosa. Pero para mí es eso. ¿Y si el Arte es más grande que la vida? Sí, creo que sí.
a.r. ¿Cómo entender este verso suyo?: “Todo pasa menos la belleza”
j.m.a. Ese es uno de los versos míos que me gustan. Y creo que dicen algo. Es de un poema a Carmen, no solo dedicado a ella, sino “de ella”. Lo que dice ya le corresponde a usted interpretarlo, darle su sentido.
a.r. Sí, he pensado a veces en ese verso. Lo he tenido en la cabeza. Es el amor, amigo. Creo que yo también lo he experimentado.
j.m.a. No. Se equivoca. Ahí no hay Amor. Hay Belleza.
a.r. No sé, a veces pienso que usted, ¿cómo diría?, elude el amor, evita por todos los medios hablar de él, como de la muerte…
j.m.a. Es mucho más rico para la Poesía el desamor que el amor. Pero yo no evito hablar del amor, y mucho menos de la muerte. Creo que sobre todo yo lo que canto es el Deseo. Será una limitación mía.
a.r. No, no me refería ahora a su obra poética, me refería a evitar hablar de ello aquí, en nuestras conversaciones.
j.m.a. No ha salido en nuestra conversación. Le aseguro que yo no he evitado hablar de ello. Pero estamos hablando mucho sobre mis poemas, y ya sabe usted que la inmensa mayoría lo que cantan es el Deseo. Pero no tengo nada contra el Amor. ¿Cómo voy a tenerlo?
a.r. Bien, bien… Otro motivo frecuente en su poesía es “la alta noche”. ¿De dónde viene esta idea?, ¿acaso de Espriu?
j.m.a. No. No recuerdo haberle escuchado esa expresión. La recuerdo de algún poema de Borges. Pero no creo que yo la haya tomado de ningún sitio. Eso es como decir que si uno escribe “el resplandor de la Luna”, viene de otro sitio. Son formas comunes de hablar. En mi caso, “alta” me da una sensación de profundidad en la noche, de ser muy avanzada. Y de un cierto clima mágico en esa hora.
a.r. No sé, yo no creo que “la alta noche” sea, sin más, una forma común de hablar. Es una imagen muy especial, un lugar idealizado muy importante que se da en su obra. Y hay unos versos concretos de Salvador Espriu al final de su libro Setmana santa (1962-1970) que dicen así: Què veies al camí? / Guspires encenien / un foc en l’alta nit[2]. La idea tuvo que salir de ahí… Aunque luego, sí, está ese hermoso poema de Borges, La rosa, con ese verso que dice, “la del negro jardín en la alta noche”, de su libro Fervor de Buenos Aires, que es de mucho antes, de 1923.
j.m.a. Si usted lo dice… Pero yo sigo pensando que no hay apoyatura en mi Alta Noche. Solo una profundidad más “alta” que le da tensión al verso.
a.r. La escena de la fiesta en Venecia en su poema homónimo de 1987, subtitulado, Citta nobilissima et singolare ¿es real?; quiero decir, ¿sucedió así?, ¿asistía usted a esa fiesta?
j.m.a. Sí, esa fiesta a la que aludo, y de forma muy extensa hablé de ella en Los decorados del olvido, fue en casa de unos amigos, el palazzo Mocenigo; la parte que era de Donatella y Paulino, pues la otra la había comprado Agnelli. Es una casa magnífica, dando al Canal. Allí vivió Byron, y muchos más de esa altura. Fue una fiesta muy agradable. Ya le digo que la recordé en Los decorados, y me pareció buen escenario para ese poema.
a.r. Estos versos de su poema Wuthering heights, de 1979, éstos en concreto que voy a leerle, yo los utilicé una vez como regalo, los hice enmarcar en papel de pergamino y hoy cuelgan como cuadro en la pared de una espléndida casa en el campo. ¿Qué le parece?:

Cuida con toda
delicadeza tus rosales.
Y siéntete orgulloso
de que los pájaros aniden
en tu jardín, que ofrece paz.
Bajo sus árboles acude cada tarde
y contempla el crepúsculo. Da gracias
a tus dioses por esa
mágica estancia, por el día
vivido…

            j.m.a. Pues que se lo agradezco mucho. Es un poema que expresa bastante de cerca mi forma de ser y mis costumbres.
            a.r. Hay un pequeño poema muy interesante —usted tiene esa rara habilidad de en cuatro versos “decir” un mundo— en Museo, titulado El embrujo de Shanghai (1987), que deseo que me comente y que dice así:
           
Sí. En un espejo
perdido
de la niñez.

Ahí
nos esperamos.
           
            j.m.a. No sé… Tendría que preguntarle al que escribió esos versos, al que yo era cuando los soñé, y ni siquiera sé si tengo ya su dirección o su teléfono. Pero supongo que se refiere a un encuentro con aquel otro que a su vez había sido en la niñez, y un ver si aquel, esperando allí, ve cumplido alguno de sus sueños. No lo sé.
            a.r. Ese principio de poema, como premonitorio, en Gulliver’s travels (1978), “Vendrán. Forzarán / la puerta. Y todo aquello / que amas, será humo / con el de tus libros”, quiero que me lo explique, ¿quién vendrá?, ¿de dónde viene esa terrible amenaza?
            j.m.a. Bueno, no sé quién vendrá. Creo que ya está aquí. Desde luego es alguien que poco tiene que ver con nuestros deseos, con nuestra forma de ver el mundo; quiero decir, mi forma. Y siempre que pasan los bárbaros dejan columnas de humo.
            a.r. “El cultivo esmerado de los recuerdos, / el afinamiento de los sentidos”, hábleme de ello; ¿es así como un poeta que se precie ha de vivir?, ¿esas deberían ser sus únicas ocupaciones?
            j.m.a. Uno no vive como quiere. Vive, en ocasiones, cerca de cómo quiere. Lo que le conviene al poeta, podemos usar esa palabra: le conviene; lo que le conviene para madurar su obra, no siempre es lo que la vida le ofrece, es más, casi nunca es lo que la vida le ofrece. Casi siempre, más que hacer nuestra vida, nos la hacen. Pero no viene mal intentar huir de esas situaciones desagradables, poco propicias al Arte, cuando se pueda. Proteger uno sus cuarteles de Invierno lo mejor posible…
            a.r. Pero uno no puede alejar los ojos de la realidad, y esa realidad cotidiana de hoy está en las antípodas de la poesía, o del Arte. Todo son impedimentos, obstáculos para dejarle a uno pulir ese diamante, incomprensión, cuando no burlas…
            j.m.a. Sí, es lo que sucede. Pero más allá de tratar de mantenernos lo más lejos posible de esa realidad, no creo que podamos hacer demasiado. Nos ha tocado esto. Es bastante desagradable. Pero no vamos a ver otra cosa.
            a.r. Hábleme de aquella época magnífica de su vida, tan fructífera para su obra, en que usted vivía en aquel palacio en Venezia, en la calle del Remedio…
            j.m.a. Eso se lo debo a mi muy querido amigo Gianfranco Ivancich. Es un hombre extraordinario, una gran persona. Fue muy amigo de Hemingway, y de hecho su hermana Adriana fue la amante que Hemingway evoca en Al otro lado del río… Ella se suicidó después en su casa de la Toscana. Gianfranco también había sido amigo de Ezra Pound, y tenía incluso películas, películas de las que se hacían entonces, cuando no había videos, etc, familiares, de Ezra en Venezia y por ahí. Gianfranco colaboró muchísimo en el homenaje que yo organicé en Venezia en 1985 a Ezra Pound. Y una de las muestras de su generosidad estuvo en dejarme un ala de su palacio junto a San Marco, en la calle del Remedio —tenía otras casas, como la magnífica en San Michele al Tagliamento, camino de Trieste. Hablo mucho de esto en Los decorados del olvido. Y en ese palacio estuve muy a gusto y escribí confortablemente. Respeto mucho a Gianfranco y lo quiero como a uno de mis mejores amigos.
            a.r. Sí, también hay un poema en Museo en el que usted habla de esa casa de San Michele al Tagliamento. Se titula Ante las ruinas de «villa Ivancich» y lo escribió usted allí mismo en 1985. Es ese que empieza así: “Alguna vez en estas arboledas / que dora el sol de Otoño / se levantó un palacio…”
            j.m.a. Sí. Recuerdo y agradecimiento por aquella belleza, por haberla conservado. Es la de San Michele al Tagliamento; es donde ahora vive Gianfranco, que estaba ya cansado de Venezia.
            a.r. En su poema Acontecimiento del opio, de 1992, habla usted “de algo que es más que la vida”, algo “que ahora pasa por mí / y se pierde / en el futuro”. Se refiere usted al Arte, claro está. Esa sensación es algo en lo que usted ha insistido varias veces en que hemos hablado del tema…
            j.m.a. Sí, esa es una idea que me acompaña siempre, la de que somos un eslabón más en ese collar… una perla, mejor, una perla más —porque la perla es tan misteriosa como nosotros— en el vivir del Arte. Pasa de uno a otro. En cada uno de nosotros está, o debe estar, todo, lo que fue y lo que será.
a.r. Pero para que ese ‘algo’ pase a través de nosotros y nos arrastre consigo es preciso que haya algo ya de, digamos, materia prima en nosotros, algo de “grandeza” —como usted diría— innata, si no… no hay mucho que hacer, ¿no?
j.m.a. Por eso hay variedad en los hombres. A unos nos interesa mucho el Arte, la Literatura, y a otros no, y también son felices. De todas formas, creo que hay un poder en el Arte que puede “encantarnos” a todos. Borges no estaba descaminado cuando dijo aquello de La Belleza es común. Creo que su fuerza puede atravesar pieles durísimas, de mamut.
            a.r. Ya, pero lo que quiero decirle es que si ese “algo” no nos es dado de antemano, por naturaleza, sería absurdo, por ejemplo, obligarse uno a sí mismo a escribir poesía…
            j.m.a. Pues no sé si estamos genéticamente unos más dispuestos, o “constituidos”, y otros menos, para disfrutar el Arte, la Literatura… Hombre, en los creadores, probablemente sí se dan unas características especiales, que no se encuentran en la mayoría.
            a.r. Lo que quiero decirle es que no todo el mundo puede escribir poesía, y menos, buena poesía…
            j.m.a. Sí. Ni siquiera estoy seguro de que seamos capaces de escribir nosotros. Muchas veces pienso si “esto” no llegó a su fin con Rilke.
a.r. Hay una misteriosa cita encabezando el poema Escudo de armas, una cita de un tal Fernando Vela, que quiero que me comente: “Ningún hombre sabe en qué consiste la libertad para otro hombre”.
            j.m.a. Sí. Supongo que es algo muy personal. No me refiero a la Libertad con mayúscula, sino a rincones muy íntimos.
            a.r. En el final de su divertidísimo poema Don Mariano, taxidermista (1965), hay un par de versos que quizá justifican la inserción en Museo de esa auténtica galería de personajes curiosos que pasaron por su vida. Dice así: “Es a gente así a quien debo / mi esmerada educación”.
            j.m.a. Sin duda. Yo no sólo he aprendido mucho de seres como Don Mariano, sino de lo que pudiéramos llamar carne de presidio. Son escondites de la sociedad donde uno encuentra lecciones de honor, de amistad, de lealtad muy considerables. Con quienes resulta intragable beber unas copas juntos es con casi todos esos que se llaman “intelectuales”, pero con muchos de estos otros que he tratado, sobre todo en mi juventud, o hasta hace un tiempo, porque ahora no trato a mucha gente, siempre he tenido la sensación de estar con alguien que merecía la pena. Cuando the obscure bird clamour’d the livelong night[3], son buena compañía.
            a.r. Comparte usted, sin duda, esos versos de Cernuda que cita al inicio de un capítulo de Museo de cera: “Dejar morir el tiempo / Divinamente inútil”.
            j.m.a. Es lo que casi siempre hacemos, ¿no?
            a.r. Sí, deberíamos… En su poema Oh oh oh el cine, de 1982, habla usted de la única vida que desea vivir, una vida dedicada exclusivamente a los placeres y al Arte, al esplendor de unas sombras que usted contrapone a esas otras sombras de su tiempo —este nuestro que vivimos— y que usted desprecia…
            j.m.a. Hombre, es una forma de hablar. Yo le debo al cine muchos momentos inolvidables. Y claro que hay a veces un personaje con el que te identificas, o una mujer muy deseable. ¿No le sucede a usted? Y hay comportamientos, formas de vivir que a uno le parecen más agradables, más dignas, preferibles a muchas de las de hoy.
            a.r. Yo últimamente a la mujer que encuentro más deseable en el cine es a la británica Rachel Weisz. No sé si ha visto usted The deep blue sea, una película como las de antes, como las que ya no se hacen, una obra de arte. Si no la ha visto tiene que verla…
            j.m.a. No recuerdo que me haya impresionado. A usted me parece recordar que le gustaba mucho Monica Bellucci.
a.r. sí, claro, es —o era— una diosa…
j.m.a. A mí, no. De las últimas últimas no sabría decirle… Bueno, sí, la Nicole Kidman de Eyes wide shut, film que me aburrió pero donde ella me fascinó. Sharon Stone, claro. Y por supuesto Isabelle, Isabelle Hupper está siempre. Luego, como es lógico hay muchas mujeres deseables. Ahora mismo estoy viendo por segunda vez una serie magnífica, que se la recomiendo, Boardwalk empire, y hay un personaje, Gillian Dermody, y la actriz que la interpreta, Gretchen Mol, me gusta mucho, no solo físicamente, sino el tipo de mujer que interpreta, “eso” donde se funde su atractivo y el personaje. Por cierto, Buscemi está formidable en esa serie; bueno, todos. También me atraía mucho físicamente January Jones en Mad men; luego la he visto en otras películas y no me gusta, pero allí, mucho. Y no sé… Tendría que pensar, pero si tengo que pensar es porque no me han causado un impacto fuerte.
            a.r. Bueno, cambiando de tema, ¿no le parece a usted que la última etapa de la poesía de Borges encajaría perfectamente en la poesía novísima? Es una sensación que yo siempre tengo al volver sobre poemas como Las causas, Gunnar Thorgilsson, La luna, o Browning resuelve ser poeta.
            j.m.a. No estoy muy seguro. Volveré a leer esos poemas. Pero yo creo que el camino de Borges era solo suyo. Y en todo caso, si algunos versos “novísimos” se le acercan, será porque estos pretenden beber de él.
            a.r. Ah, claro, por supuesto. Borges como una de las influencias casi seguras de los novísimos. Se aprecia también en otros grandes poemas como Junio 1968, Israel, o James Joyce.
            j.m.a. Pero yo creo que casi ninguno del “grupo” hablaba por entonces mucho de Borges, y menos señalándolo como maestro. En la mayoría había miedo de no obedecer las consignas de la Izquierda; piense usted que Borges estaba muy silenciado por sus ukases. Yo sí, para mí fue siempre un maestro. Y me acuerdo de Ramón Gómez Redondo, compañero de casa, y que él sí estaba con los Socialistas e incluso después llegó a ser Director de Programación de TV, creo; pero Ramón sí defendía siempre a Borges. Fueron años… cuanto más lo pienso… muy turbios para la salud artística. Y no crea usted que esos ucases los excretaba solamente la intolerancia de la Izquierda. Le aseguro que algunos miembros de nuestra inteligencia “oficial y académica” no actuaron de forma distinta, aunque por otras razones: La lucidez es difícil de perdonar, y en España había voces poderosas que no podían soportar ni la grandeza de Borges ni sus opiniones, tan acertadas, sobre la Literatura española. Cuando ya era imposible no concederle el Cervantes, bien se las apañaron para que fuese compartido, ¡y con Gerardo Diego! ¿Sabe usted que Maravall, que dirigía entonces Cuadernos Hispanoamericanos, canceló un número de homenaje que se le había preparado? Fíjese me acuerdo ahora de una conversación, bueno, discusión bastante desagradable en Cambio16, ¡en  Cambio16!, con alguno de los que se ocupaban de la sección cultural, desde luego no Eduardo Chamorro; se atacó a Borges de forma despiadada, y le hablo del año 81. Lo recuerdo porque la conversación empezó con un ataque a mis Nocturnos, que yo estaba escribiendo por entonces, acusándome de “abandono” y falta de compromiso político. El año 81.
            a.r. Lamentable, sí… Bueno, hay unos versos magníficos sobre la Belleza, en su poema San Pietro-“Antinoo” (1988) —para mí los ochenta fue la época en que usted creó su más alta poesía—, la descripción es perfecta, que dicen así:

Belleza que como el opio
abrigas al desolado espíritu, abriéndole
vastos océanos de sensaciones purísimas,
intensas simas de vértigo.
           
            j.m.a. Bueno, yo en los 80 me recuerdo aún con entusiasmos que hoy han mermado. A lo mejor, como Benet decía de Mozart, mi cima está en Bastien und Bastienne y luego ya no he hecho sino declinar; puede que mi mejor momento esté en algunos versos del principio. O en algunos de los que ahora escribo. Nunca se sabe.
            a.r. Bueno, yo ya se lo he dicho muchas veces. Usted ha sido grande ya desde el principio, desde sus primeros poemas para Museo de cera en los sesenta, y va a serlo hasta el final, un final que espero sea aún muy lejano. Pero si yo tendría que quedarme con un momento en su obra poética, elijo los últimos años de la década de los ochenta y principios de los noventa. El escudo de Aquiles —sin duda el mejor—, Tosigo Ardento, Nocturnos —aunque es algo anterior—, y El botín del mundo, para mí son la cima de su obra y por supuesto de la poesía española del último tercio del siglo XX.
            j.m.a. Cada cual tiene su opinión. Yo acaso soy el que puede juzgarse peor. Hay versos míos que no me desagradan, y de todas las épocas, aunque pocos. Y hasta en mí mismo, también va en momentos; porque hay poemas míos que un día detesto, y años después no me parecen tan mal; y al revés. Pero puede que lleve usted razón: esa época fue muy creativa. De todas formas no elegimos. La Poesía es una mala puta que si no está uno todo el tiempo adorándola, se va.
a.r. Alguna vez —recuerdo— hemos discutido usted y yo sobre la calidad de la obra poética de Jaime Gil de Biedma. Ya sé que casi es una profanación decirlo, pero a mí me parece que se ha sobreestimado muchísimo su poesía. Yo he leído bien Las personas del verbo, su poesía completa, y le aseguro a usted que no alcanzo a encontrar más de tres o cuatro poemas que me merezcan la pena. Sé que usted no está de acuerdo…
j.m.a. Hombre, de Jaime me resulta difícil hablar con frialdad, con un afán de objetividad; aparte de que puede que un poeta sea el peor comentador de la obra de otro. Jaime escribió pocos poemas. Puede que eso sea lo que hay que hacer. Ser piadoso con el lector. Jaime escribió pocos poemas, y no todos son memorables. Pero cuando lo son, ah, amigo mío… Recuerde Himno a la juventud, y otros muchos.
a.r. Sigo pensando que está excesivamente sobrevalorado, su obra me refiero. Ocurre lo mismo con Lorca, con Alberti o con Miguel Hernández. Fue un gran intelectual, un tipo inteligentísimo, un sabio, alguien que sabía más que nadie sobre Poesía, alguien que encima fue capaz de llevar dos vidas absolutamente paralelas, y en las dos fue brillante. Pero su obra poética no es gran cosa, bajo mi humilde punto de vista. Las circunstancias concretas de su vida, su homosexualidad oculta, su terrible muerte y su militancia en la Izquierda han “ayudado” —como en el caso de los poetas antes citados— para engrandecerle, mitificarle, pero su obra no tiene consistencia.
j.m.a. Todos somos sobrevalorados por quienes nos aman. Pero no me cabe duda de que Jaime ha escrito algunos poemas que perdurarán, que estarán ahí mientras haya poesía; y lo mismo Rafael Alberti —por no ir a otros libros, vuelva a Baladas y canciones del Paraná. En el caso de Hernández, yo sí le daría a usted la razón. A mí nunca me ha interesado mucho. Puede que algún verso suelto… pero en general no me encandila… nunca. Pero Jaime sí fue un gran intelectual, un hombre muy inteligente, y sí, “sabio”. Lo de las dos vidas brillantes, yo las veo: como poeta y en su día a día. Recuerdo muchas noches memorables, muchas conversaciones de un esplendor que hoy echo mucho de menos. Y era mordaz, podía ser muy duro. Digamos que no ha empalidecido su recuerdo.
a.r. “Todos somos cuentas / de un misterio”, dice usted en su poema Abarquid, de 1993, ese que reflexiona sobre el Arte a través de una simple copa que aparece en un poema del griego Teócrito.
j.m.a. Bueno, de eso hemos hablado hace poco, ¿no? Perlas, una más, de ese collar inexplicable.
a.r. Su guerra declarada al llamado “pensamiento correcto” es un lugar habitual en su obra —“esa Nada infame”, lo llama usted— en los últimos años y también en nuestras conversaciones. ¿Tanto daño nos ha hecho?
j.m.a. Yo no recuerdo en la Historia, nada, poder alguno, tragedia humana alguna, que haya paralizado nuestra inteligencia tanto como ese pensamiento “correcto”. Es una consecuencia de la adoración de la Igualdad. Yo ya contemplo un paisaje como lo que vio Cecina en el escenario de la derrota de Varo y sus legiones. Podría decir como aquellos soldados: Aquí cayeron los Legados, allí se apoderó el enemigo de nuestras águilas, allí fue la primera herida de Varo, allí se suicidó…
a.r. La que lió, pues, el bueno de Jefferson con todo el tema de la igualdad de los hombres, todo ese compromiso que luego tanto se tergiversó…
j.m.a. No viene de ahí. Deje a Jefferson tranquilo. El proceso de degradación por este igualitarismo avasallador es posterior, y es Europa quien lo lleva a las Universidades y la Intelligentsia americana. Claro que ya en el mundo soñado de Jefferson, o por Madison, o por tantos otros grandes hombres, había una semilla. Esto lo vio muy claramente Tocqueville. Pero hubiera podido ir por otro lado, o por un lado que procurando que los hombres vivieran una situación no excluyente por razones de nacimiento, no “obligase” a igualdades de “llegada”.
a.r. Hay una cita del músico italiano Carlo Maria Giulini, encabezando el poema O patria mia, sobre su queridísima Callas, que dice así en su frase final —algo que se le puede aplicar a usted perfectamente, porque así ha sido su vida, entiendo yo—: “Sólo lo que sucedía en el escenario era la vida”.
j.m.a. Trate de entenderlo. Pero como dice el Dr. Johnson en su Pope, nuestra curiosidad cuando deseamos “saberlo todo” debe contentarse con una confused, imperfect and sometimes improbable intelligence.[4]
a.r. No. Si ya lo entiendo. Pero quiero que me hable de su experiencia propia en ese sentido. No me diga que usted no es un animal de escenario. Durante el recitado de sus poemas ocurre algo mágico, algo muy difícil de expresar, algo que queda en el aire, en el ambiente…
j.m.a. Decía Orson Welles que un actor —y es una interpretación que me parece la más acertada que he escuchado nunca sobre lo que es “interpretar”— lo único que tiene que hacer es “matar”, esto es: que no existan, ni siquiera una sombra, todos los que “es” menos ese personaje, puesto que todos los caracteres posibles viven en ese actor; deben dejar respirar solamente ese “carácter”. Bien. Cuando yo estoy en una lectura, todos los que soy desaparecen, menos ese que lee sus poemas, que se establece en un punto intermedio entre quien los ha escrito y el público. En ese momento soy lo que el poema es. Acaso ese poder de sugestión, ese momento “mágico” como usted dice, se deba a ello. Si así fuera me sentiría muy feliz. Pero nunca me he “oído”, nunca he sido “público”.
a.r. En cuanto a su poema Sevilla sagrada (1992), en que usted habla con maestría y una exquisita ambigüedad —no se sabe bien si habla usted allí de adolescentes o de estatuas reverenciadas— sobre las Vírgenes de Sevilla, no creo que ese poema haya podido usted recitarlo nunca allí, ¿no?
j.m.a. No… me parece que sí lo recité alguna vez en Sevilla. Pero desde luego me refiero a las Vírgenes, no a ninguna jovencita.

Pasan sobre una noche que se eriza
como una piel ante la mano del amante.
Salen de la insondable luz muerta del Universo
y sobre las planicies de ceniza, donde las bestias
bajan de sus dominios y
desarraigan
al hombre, ellas extienden su gloria
que se desparrama como el alba incendia el cielo.

Sí. Contempladlas. Joyas de la Luna.
Miradlas. Arrodillaos ante ellas.
Son las Vírgenes de Sevilla.
Contempladlas. Cómo se mueven en la noche,
aballestando nuestros sentidos
con su poder de seducción. Miradlas.
Como antiguas queridas saciadas.
Cómo arde la noche.

                                                     Miradlas. Ellas afirman
contra cuanto pasó o pasar pueda,
nuestro orgullo de poder decir:
Así hemos adorado.
Esto fuimos capaces de crear. Esta belleza.
Esta grandeza arrebatada
por su propio huracán: la furia del Mito.

a.r. Vaya, hubiera jurado que jugaba usted ahí al despiste. Ese verso, “Como antiguas queridas saciadas”, me debió turbar y ofuscar…
j.m.a. Es para mí la sensación de plenitud en el gesto de esas Vírgenes. Me alegra que lo turbase.
a.r. Me gustaría que me hablara del príncipe de Lampedusa, otro de sus mitos.
j.m.a. A Lampedusa lo leí allá por los últimos años cincuenta, cuando se publicó en España. Lo primero que leí fue El gatopardo. Se convirtió en un libro de cabecera, y ya no sé cuántas veces lo he leído. Luego fueron sus cuentos, excepcionales, y los breves recuerdos de su infancia; después algunas biografías, y no hace mucho, tres o cuatro años, sus cartas desde varios lugares de Europa. No lo he leído en Italiano hasta hace unos veinte años; compré en Roma una hermosa edición de obras completas. Es un libro que suelo echar en la maleta, El gatopardo, con frecuencia. Si no lo tengo a mano, lo echo de menos.
a.r. Sobre la revolución francesa, principio y origen, a su entender, de tantos males como nos asolan en la actualidad, hemos hablado bastante, pero cómo me gusta recordarle a usted, en aquella visita que hicimos juntos una vez al Museo Carnavalet —mi preferido, sin duda, de París—, mostrándome las caras, los retratos de los “héroes” de la revolución y la guillotina, Robespierre, Marat, Danton y demás, iba uno a uno hablándome de ellos, describiéndome su maldad…
j.m.a. Ah, me acuerdo. Fueron días muy hermosos, ¿no? Usted y Mamen; aún no tenían a su hijito. Y sí, muchos de aquellos “salvadores del mundo” eran gente bastante perversa, de ideas que conducían a un considerable genocidio y un desprecio por el ser humano que hubiera sido bueno segar por la raíz.
a.r. La memoria, su memoria, es uno de los temas clave en Museo de cera; está siempre presente de uno u otro modo. Así nos dice: “Mi memoria, / los cegadores y lisos campos donde la felicidad / no puede ser traicionada”.
j.m.a. Somos nuestra Memoria. Donde está toda la memoria del Mundo.
a.r. En una cita del filólogo clásico Gilbert Highet para su poema El corazón de las tinieblas (1978), se hace una distinción muy buena entre el hombre inculto, que “vive sólo para el momento, leyendo su periódico y viendo la última película” y el hombre culto, que “vive un presente mucho más vasto”.
j.m.a. Ese es un tipo de jerarquía en la que creo.
a.r. Hay otra cita estupenda —me corrobora algo que yo vengo pensando desde hace tiempo—, esta vez de Shakespeare, en su poema Retrato de Kenji Mizogushi (1985), que dice así: “El Arte es superior a la Naturaleza”.
j.m.a. Claro. Ha intervenido el Hombre. Lo ha soñado, lo ha creado. Aunque Durero decía que no podemos alcanzar algo mejor que lo que Dios creó, él mismo lo consigue. Delacroix no tenía tantos remilgos.
a.r. Esa idea suya, esa interpretación que usted hace del cuadro de Velázquez, que establece una analogía jocosa entre el bufón Calabacillas y España, lo que ha sido España en la historia desde la decadencia del Imperio hasta nuestros días, queda plasmada también, me parece, en esos versos suyos de “Ni aquellos para quienes un día / Seas incomprensible / Se atreverán a olvidarte”
j.m.a. Y antes de esa decadencia imperial que dice usted. Pero creo que lo que ahí escribo se refiere a la grandeza de esa pintura. La veo tan extraordinaria que imagino que hasta cuando ya no existan referencias —y que acaso sea lo mejor para el Arte— sino esa tela, ahí, pura, sola; cuando ya no haya capacidad para admirar —y esto podría ser ya ahora— esa pintura seguirá imponiéndose. A lo mejor es mucho decir por mi parte.
a.r. O sea, la victoria del Arte sobre toda otra realidad terrenal, siempre triunfante sobre toda forma de vida cotidiana…
j.m.a. Sí, la victoria del Arte.
a.r. Es emocionante el final del poema Guerreros en Maratón (1989), —uno de mis preferidos—, en que usted agradece a los civilizados atenienses que vencieron a los bárbaros persas, la libertad de que disfrutamos nosotros hoy en Europa; habla usted en concreto de que gracias a ello “aún sentimos / en nuestra alma el vértigo / de la Libertad” y “aún hay pensamiento y sentido / de la individualidad”. Quiero que me hable de esto.
j.m.a. Bueno, ya lo digo en el poema. A ese momento le debemos mucho de lo que aún acaso somos. Veremos si ahora somos capaces de otro Maratón, si llega el caso.
a.r. O sea que los bárbaros están acercándose a la muralla, ¿no?
j.m.a. Están ya dentro de las murallas. Y lo que viene. En realidad, más que fortaleza por su parte hay debilidad en la nuestra. Pero bueno, que vengan. Quienes ya no tienen nada que decir son éstos. Que vengan y a ver qué hacen con nuestra herencia; igual la vivifican.
a.r. En el principio de su poema La última carga (1978) habla usted de que “Seremos Historia… / Una imagen que alguien evocará / Como convenga a sus ilusiones”. Necesito que me hable más sobre el tema.
j.m.a. No sé, ¿qué puedo decirle? Cada uno sacamos de la Historia, de sus páginas, acontecimientos o escenas que matizamos personalmente, que acoplamos a nuestra vida, a nuestros sueños. Deduzco que ese “como convenga” viene de ahí.
a.r. Me gustaría que me hablara de Hayek, uno de sus maestros principales sobre todo en cuanto a temas políticos y económicos se refiere, alguien a quien usted cita una y otra vez, insistentemente, al hablar de cualquier cosa…
j.m.a. Hayek para mí ha sido muy importante. He aprendido muchísimo de él. Sobre todo, fortaleció ideas que yo iba afilando, decantando. Me enseñó, junto a otros, no demasiados, cómo reflexionar juiciosamente. Y me dio un ejemplo de valor, de reciedumbre, de resistencia ante la casi irresistible presión del pensamiento de la Izquierda, su poder inmenso, no sólo por la cantidad de hombres, y muchos de ellos, de talento, puestos a su servicio, sino por el lado que podemos llamar vil, de uso del Poder para silenciar a quienes no están dispuestos a ese servicio. Ahora estoy muy contento, porque en el aparato este que me han regalado, creo que se llama iPad, he encontrado un botoncito que me abre puertas que no podía soñar: videos y videos de Hayek en entrevistas, conferencias, etc. Es un placer inmenso verle, escuchar su voz. Hayek, como von Mises, que a su vez fue su maestro, son dos guerreros en esa batalla de Maratón que decíamos, para mí absolutamente fundamentales. Podemos decir de ellos como Tácito de los funerales de Germánico: que sin estatuas ni pompa su grandeza era la memoria de sus virtudes.
a.r. “El Arte, como el cuerpo, / sujeto está a la suerte”. Son versos extraídos de su poema sobre Cervantes, el que lleva por título Twelfth night (1981), que deseo que me comente…
j.m.a. Menos sujeto a la suerte que el cuerpo, pero también puede sufrir inesperadas citas con la desaparición. Aunque en su caso son transitorias.
a.r. Nunca habla usted de sus hijos, Rafael y Miguel, apenas aparecen en su obra, si acaso alguna leve anotación cotidiana en sus Diarios, o en versos de Signifying nothing recordando aquel baño en el Mar Menor buceando juntos por última vez los tres, o una dedicatoria de un poema precioso sobre Jim Hawkins, pero nada más…
j.m.a. Aparecen, como mi madre, o mi abuela, o mi hermana, o Carmen… cuando el verso los trae; o una dedicatoria. Pero mis hijos son parte de mi vida, pero no de la obra.
a.r. Pero toda su obra es muy “personal”, en el sentido de autobiográfica, tanto su verso como su prosa. Podrían haber aparecido en sus Memorias, que son inmensas…
j.m.a. Le aseguro que podemos ponernos a hablar de mis hijos y puedo estar horas contándole cosas. Pero le repito que no están vinculados al desarrollo de mi obra, que es de los que tratamos. Tenemos una relación muy estrecha, muy viva, pero no es literaria, aunque leen casi más que yo y les gusta comprar libros y escuchar música, y les gusta la pintura. Son mucho menos viajeros que yo, es la única diferencia.
a.r. Explíqueme esos versos de “Como escribir fuera siempre el espectáculo / Lunar de los Ángeles de Rilke”, que aparecen en su poema veneziano For god, you have here a goodly dwelling, and rich (1985).
j.m.a. Los versos no se explican. O usted nota que se emociona si escucha “espectáculo lunar de los ángeles”, o no.
a.r. Sí, ya sé —lo he aprendido de usted—, la Poesía no se explica, no debe explicarse nunca, no debe haber en principio una reflexión sobre ella, o emociona o no. Eso ya lo tengo muy claro. Pero entiéndame: ahí usted está hablando de algo que a mí me interesa especialmente: está definiendo de una hermosa manera lo que es, lo que supone el acto de escribir.
j.m.a. Pero de verdad, no sé qué decirle… En la pura emoción supongo que se da una comprensión más allá y más alta y más honda que la que vendría de la mera explicación de esos versos. Una especie de séptimo sentido. No sé…
a.r. Bien… Hay unos cuantos poemas visuales en Museo. Pertenecen a su etapa más vanguardista y experimental. Recuerdo uno con forma de botella, otro en espiral y otro con forma de catedral y con el título de su famoso Concierto nº27 mozartiano, en que usted va insertando sucesivamente un soneto de Gerard de Nerval, una carta de Rimbaud a su hermana y hasta unos parlamentos shakesperianos tomados de la Segunda parte del Rey Enrique IV. Recuerdo que una vez su amigo Abelardo Linares me dijo que Museo de cera fue una edición muy trabajosa, un “trabajo de chinos”…
j.m.a. Bueno, eso no tiene importancia. Piense usted que si algo merece sobrevivir, lo hará en la memoria de alguien, y ahí no hay blancos ni mayúsculas ni minúsculas, ni encabalgamientos, ni nada. Sólo unas cuantas palabras. Hice esos poemas porque en aquel momento —y ese poema, no otros— me divirtió. Son formas de juguetear. Y si valen algo lo valen para quienes te lean en ese momento. Ya le digo que el olvido, o el recuerdo, pasan de todo eso.
a.r. Creo que ya hemos hablado de Stendhal, pero hábleme de La cartuja de Parma, una de sus obras fetiche, uno de sus libros de cabecera. ¿Qué encontró usted ahí?
j.m.a. Qué he encontrado cada vez que lo leo. A veces impresiones que me borran otras anteriores y que creo que eran equivocadas, o puede que el equivocado lo sea yo ahora. ¿Sabe, una sensación que no me abandona nunca cuando tengo ese libro en las manos, cuando estoy leyéndolo? Quizá es algo que responde a lo que el mismo Stendhal dijo: ese “instinto de felicidad”. Porque entre otras muchas cosas, todas las que usted quiera, porque Stendhal condensó en esas páginas todo lo que sabía, lo que sentía, su memoria, sus esperanzas, su alma más profunda… esas páginas rebosan energía. Se palpa. Lo que debió ser aquella inyección de vitalidad napoleónica. Yo creo que a Stendhal le hubiera gustado ser Fabricio, como Fabricio, incluso, o sobre todo, físicamente. Usted ya sabe que la idea de La Cartuja le vino por la lectura de una obrita que encontró, Origen de la grandeza de los Farnesio. Pero aunque las dos historias no sean iguales, o casi lo son, incluso el nombre de Clelia es la que sería el personaje de Cleria en aquella, el espíritu sí lo es. Y qué personajes, esa Sanseverina insuperable, el Conde Mosca, la joven Conti… No sé… Podría resumirle: Yo lo hubiera dado, y lo daría ahora, lo que usted me pida, por la tierna amistad de una Sanseverina, por el trato de un Mosca, aunque ahí no he estado lejos. ¿Y, sabe?, es un libro que enseña cómo vivir. Y sin duda, a llegar a la Muerte sin inclinar la cabeza, con palabras de Yourcenar: con los ojos abiertos.
a.r. Usted siente una debilidad especial por la pintura de Henri Rousseau ‘el Aduanero’. Museo está repleto de referencias a su obra…
j.m.a. Sí, por supuesto. Me gusta mucho, me produce una intensa alegría. Hay telas suyas fundamentales para mí, no sólo La bohèmienne endormie o La muerte, muchas, casi todas. Ahora me han fastidiado, porque en el Orsay, entre préstamos y esas obras constantes que hacen para dejar más espacio a idioteces, no queda casi nada. Es un pintor excelente.
a.r. Hay una cita muy buena de Oscar Wilde encabezando el Libro III de Museo de cera que dice algo así como que no existe un libro moral o inmoral, sino que los libros o están bien escritos o mal escritos. Eso es todo…
j.m.a. Eso es todo.
a.r. Me gustaría que me hablara de su primera mujer, Aline Elie, francesa, que usted conoció en uno de sus primeros viajes a París, en su primera juventud, y que es la madre de sus hijos. ¿Cómo la conoció? ¿y qué fue de ella?
j.m.a. Nos presentó Claude Couffon, porque ella era alumna suya. Nos casamos en Octubre de 1963 y es la madre de mis dos hijos, Miguel y Rafael. Nos separamos y después mantuvo una relación noble conmigo, puede que más generosa de lo que yo merecía. Desgraciadamente murió. Pero pude estar con ella en el final.
a.r. Al final de su poema Margull, de 1997, habla usted de que el Deseo, ciertos libros y algunas obras de Arte son ya lo único que hace soportable la existencia…
j.m.a. Si usted encuentra alguna otra cosa, dígamelo, por favor.




[1] la nada de donde ha sido sacado y el infinito en que se halla sumido.
[2] ¿Qué veías en el camino? / Centellas encendían / un fuego en la alta noche.
[3] El ave de las tinieblas ha gemido durante toda la noche (Del Macbeth, de Shakespeare)
[4] Confusa, imperfecta y a veces improbable comprensión.