domingo, 26 de enero de 2014

Un año en el Sur



No soy de novelas, ya lo sabéis. Me aburren mucho. No consigo nunca terminarlas. Tengo la sensación, cuando estoy leyéndolas, de estar perdiendo el tiempo. Siempre estoy mirando las páginas que me quedan, y cuando uno lee y a la vez va mirando todo el tiempo las páginas que le quedan aún para terminar el libro... es que la cosa no funciona.
Creo que ya sólo leo novelas escritas por poetas. Ahí sí; ahí sé que juego en terreno propio, juego en casa y en esas latitudes no tengo nada que perder. Antes al contrario, ahí disfruto y aprendo tanto. Siento como nunca el placer inmenso de la lectura. Poetas, como mi querido maestro y amigo, Antonio Colinas, saben bien de lo que hablan cuando escriben una novela. No nos cuentan batallitas ficticias, no nos aburren con memeces, no.
Hace ya tiempo me metí de lleno en la obra de este genio vivo de nuestro tiempo. Atravesé con paso firme toda su creación, tanto en prosa como en verso. Fui adquiriendo poco a poco todos sus libros (Más de cincuenta libros publicados por él tengo en la biblioteca de casa) y no desdeñé sus novelas. UN AÑO EN EL SUR, la novela autobiográfica correspondiente a su etapa adolescente cordobesa en la que Colinas descubrió la poesía -y descubrió asimismo el amor-, me sedujo de inmediato. No era una novela, era un diario, retazos de vida y de memorias, un auténtico ensayo sobre poesía también, indicaba caminos, abría puertas, y enseñaba y emocionaba tanto, amigos.
Estando en la ciudad de Córdoba en Octubre de 2012, asistiendo como espectador a los actos de Cosmopoética, el propio Colinas me regaló un ejemplar de la magnífica reedición que había llevado a cabo la editorial El Páramo. Y la misma noche de llegar a Pamplona, tome de nuevo ese librito que tanto me hizo gozar en su día y puse de nuevo en marcha la Ceremonia: ya sabéis, la imprescindible soledad, la complicidad de la Noche, la música tranquila que nos acaricia el alma, el flexo nuevo que me compré para leer bien durante mi larga convalecencia, y UN AÑO EN EL SUR en mis manos. Sin prisa. Paladeando bien cada párrafo. Aprendiendo como nunca, sembrando ya sobre sembrado.



sábado, 25 de enero de 2014

Desadaptación al mundo





En aquellos ya lejanos días de hospital que olvidar no puedo, días extraños en la agreste cueva de los moribundos -no es broma, no, sentir morir a un par de hombres apenas a unos metros de mí-, en el pozo negro de la vida con su empuje lento pero arrollador, durante largas noches de insomnio, los poemas, apenas interrumpidos por conversaciones entre hermanos, volvían a mí. De muchas formas, en el mayor de los secretos, volvían a mí.
Porque no se habían ido, nunca se fueron del todo, volvían una y otra vez en las horas de la noche a mí. Yo iba midiendo para adentro sus sílabas, sus versos, sin tener mucha idea de lo que bien hacía. Eran poemas que ya estaban escritos, esbozados antes del ingreso, el eterno ingreso. Que fueron pulidos y tamizados en el vientre hueco de ese mes vacío de mi vida, campaban por sus respetos sin el pincel y sin la pluma, pero amarrados a mi mente, a mi memoria que tomaba conciencia de la deuda que se le entregaba.
Aquellos médicos -aquel laureado y distinguido equipo de brillantes nefrólogos- que decían las cosas a las claras, sin rodeos ni delicadezas, escribían sus negros informes día a día, páginas y páginas ocultas para este dietario del indomable. Decían de este poeta muchas cosas. Cosas que no pueden ser reproducidas aquí.  No sería de muy buen gusto, claro....
Pero hubo una palabra en esos informes que al tiempo llamó mi atención, cuando ya pude leerlos por mí mismo desde la distancia: "desadaptación". Sí, eso era, decían que sufría, entre otras cosas varias, desadaptación. "Desadaptación al mundo", pensé inmediatamente yo. Pues eso era lo que sufríamos los poetas de todos los tiempos: Desadaptación al mundo. Ni más ni menos. Una manera agradable de vivir, sin duda.
Ahora creo que esos médicos eran hombres y mujeres disfrazados de sátiros y advocados a divinidades infernales. Y a mí, como si de un drama griego se tratase, me esperaba la muerte ritual gloriosa en combate. Su inclinación noble y generosa. Imago hominis. La comunión de sentimientos entregada en el poema. El viaje alucinante de la Poesía, maravilloso ritual de combatir desnudo, antorcha perenne del renacer a la vida.





domingo, 19 de enero de 2014

Nocturnos de José María Álvarez



 

      NOCTURNOS es un poemario magnífico de José María Álvarez que, desafortunadamente, nunca apareció publicado como tal, como libro independiente. Quiero decir, no fue editado en su día en formato de poemario independiente, como sí ha ocurrido con el resto de libros cuyos poemas han ido integrando en sucesivas etapas el corpus de MUSEO DE CERA. 
Apareció publicado en 1982, en las páginas de la prestigiosa Revista literaria Cuadernos Hispanoaméricanos. Y de ahí pasó en bloque a MUSEO DE CERA en 1984, dentro la hermosísima edición que hizo la Editoria Regional de Murcia. 
A mí es un poemario que me deslumbró en su día, y que hoy me sigue fascinando. Sus aspectos más lumínicos, la fuerza que de él emana, en versos de gran altura literaria. En fin, lo quiero recuperar para este "blog de La Galla Ciencia" que me estoy construyendo poco a poco y con el que tanto estoy disfrutando; así que os lo reproduzco íntegro a continuación, junto con unas pocas anotaciones pertinentes que, a la espera aún de ser cotejadas con su autor, yo mismo he ido creando. 

* * *


NOCTURNOS[1]

 «Omnes eodem cogimur: omnium
 versatur urna, serius, ocyus
sors exitura, et nos in aeternum
exilium impositura cymbae»[2]
HORACIO

«Princes à mort sont destines,
Comme les plus pouvres vivants;
S’ils en sont cources n´attaines,
Autant en emporte ly vens»[3]
FRANÇOIS VILLON

«We are such stuff
As dreams are made on; 
and our little life Is rounded with a sleep»[4]
WILLIAM SHAKESPEARE

In
Memoriam
Carmen Alonso-Hinojal[5]



I


Verás muchos rostros del amor,
E irse los días.
Y alguna noche, contemplando el firmamento
Sentirás en tu frente la plenitud y el frío
De esa inmensidad.
Comprenderás el esplendor
Y la miseria.
Y mirarás con sarcasmo y miedo el paso
De los reyes. Y con agradecimiento, el mar.

Deja que tu cuerpo sienta
Pasar la vida,
    y a tus ojos
Mirar en paz
Las cenizas del mundo. 




II


Si tu destino está ya escrito
O si el azar es quien te toma
Como el viento a las hojas,
Qué importa.
Tuyo es el viaje y tuyos son los puertos,
Porque en la ignorancia elijes
Y con tu carne pagas.





III


Un pájaro que cruza
Los cielos, la sombra de una nube
O la Luna en la mar,

Así pasa el amor.
Y olvidarás
Como el viajero olvida.




IV


Todos pasaron. El orgullo
De Troya, los reinos del desierto
Y la sabiduría de los atlantes[6],
Roma, Inglaterra, al-Andalus.
Pero el vino que bebes esta noche
Y la mujer que miras,
No serán polvo.




V


Los grandes de otro tiempo
Como los pétalos de las rosas
Cayeron.
Las columnas que Imperio tras Imperio
Levantaron los hombres, son hoy polvo
Y arena, y aún sobrevivieron a sus sueños.
Goza.
Contempla el sol ponerse,
Como él muere tu mundo.
Sé digno de ese oro.



VI

Ya se acerca el Otoño, y antes
De disfrutarlo, habrá pasado.
Como la Primavera, como el Verano...
Gocemos estas noches, oh mi Reina,
Antes de que el Invierno enfríe nuestros cuerpos.
Ven. Déjame contemplarte.
Bésame. Desnúdate.
Baila para mi.
Somos la luz del mundo.
Y que la Muerte, pájaro de la Luna,
Nos encuentre durmiendo,
Derribadas las copas, soñando en el Edén.




VII


Leerás una y otra vez,
Mejorándolos (o quizá no), los antiguos
Libros. Contemplarás
Las infinitas telas
De unos pocos.
Llenarán tus días
Unos músicos, unas mujeres bellas,
El mar y los crepúsculos
Y lejanas estrellas.
Amarás a otros perros.
Bendecirás a tus dioses
Por el don de la bebida.
Cada mañana, en el espejo,
Verás la derrota.




VIII


Tengo 38 años. Miro mis manos
Que envejecen como los libros
Y las cosas que he ido conservando.
He aprendido a vivir en un mundo que desprecio.
Extraño hijo de una patria consumida
Por el rencor y la intolerancia,
Deseé que mi corazón
No albergara su odio, que mis manos
Estuvieran limpias de sangre de los míos,
De los de alguna forma, míos.
He viajado tanto, y amé tan pocas mujeres.
También yo he conocido
La mélancolie des paquebots, les froids réveils
Sous la tente,
L’étourdissement des paysages et des ruines.[7]
He buscado en jardines remotísimos
La flor perfecta.

La carne no es triste
y releo viejos libros.
Miro pasar la Luna y mi cuerpo.





IX


Los que soñáis un mundo
Sin libertad, ni belleza ni gloria.
Que mis Dioses os maldigan
Y los vuestros os olviden.




X


A tu lado, feliz,
Duerme la mujer
Que amas ahora. Brilla en su piel la Luna
Y suaves resplandores iluminan
Su belleza.
       Contémplala orgulloso
De que hayan sido dedos tuyos
Los que arrancaron de su piel
Tan singulares armonías.
     Y devuelve a la noche su regalo,
Y como viejos Príncipes,
Sé aún más generoso. Ofrécele la música de Mozart
Y en la serena madrugada
Recita unos versos de Villamediana[8].




XI


Los infinitos laberintos
Del arte y del amor.
Cada noche repites
Esos afanes misteriosos
Inútilmente.
Y luego, el sueño,
Más misterioso aún,
Te toma.
Cuando el sol se levante
Iluminará a un hombre preguntándose
Quién escribió esos versos
Que ve en su mesa, quién amó a la mujer
Que duerme junto a él.





XII


En la mujer, como en los gatos,
Una extraña diosa muerta anida.
Y la acariciarás en cuántos cuerpos,
Y alguna vez incluso habrás de demorarte
En la luz de unos ojos.
La desearás cuando ya nada desees,
Y si la fortuna llena tus manos
La buscarás para entregársela.
Ante ella caracoleará tu caballo
Y brillará tu espada.
Y ella, muda y ciega, sonreirá.
Y ha de bastarte ese milagro.




XIII


El amor te envejece
Como la mar a los marinos.




XIV


Da la paz a tu cuerpo.
Bebe al claro de Luna.
En la noche hay un verso
Que puedes escribir y que repetirán
Los hombres. O que nunca verás.
Bebe feliz.




XV


No interrogues al cielo indiferente
Ni mires con pavor tu carne.
Nunca sabrás,
Ni cuando pase junto a ti,
Cuál es tu destino,
Ni que extraños caminos dispusieron
A tus pies los Dioses.




XVI


Muchas tierras verás. Y cuántas formas
De Poder... Pero fíjate siempre
Qué bibliotecas y palacios
Y plazas se levantaron en tal reino,
Qué arte nació a su sombra,
Su tolerancia, su clemencia. Medita
A quiénes obligó
Al destierro, a quién asesinó.
Juzga a un Poder por quienes lo negaron.





XVII


Polvo en el viento, pasarás.
Y es tan poco
Lo que como la luz de estrellas muertas
Alumbrará tus días.
Lo único que debes comprender,
Lo único que merece
La pena que comprendas,
Es tu soledad.
Polvo en el viento
Pasarás con los pájaros
(Aunque los veas morir)
Y con los árboles
(Aunque te sobrevivan)




XVIII


No sólo la sabiduría, no
sólo la belleza, no sólo
la dicha.




y XIX


Pasa la Luna.
Brilla aún sobre ciudades
Que sólo por leyenda conocemos.
Y ya ilumina un mundo muerto.


«Though the great song return no more
There´s keen delight in what we have:
The rattle of pebbles on the shore
Under the receding wave»[9]
W. B.YEATS



NOCTURNOS
MUSEO DE CERA, 
José María Álvarez
ed. Renacimiento Sevilla 2001
José María Álvarez, poeta del silencio nocturno
(foto Carmen Marí)


[1] Poemario publicado por primera vez en la Revista Cuadernos hispanoamericanos, ISSN 0011-250X, Nº 387, 1982 , pags. 516-524.

[2] Todos estamos forzados a llegar al mismo término / Agítase en la urna la suerte de todos, y saliendo antes o después / Llévanos en la barca fatal / Al eterno destierro. Odas II, 3, 25

[3] Los príncipes están destinados a la muerte / y todos los demás que viven, / enfadados, contentos o tristes,  /  así se lo lleva todo el viento. De la Balada En Antiguo Francés.

[4] Estamos tejidos / de idéntica tela que los sueños, y nuestra corta vida / se cierra con un sueño. La Tempestad, Escena I y única del Acto IV.

[5] Es la madre del poeta.

[6] La antigua civilización de la Atlántida centró parte de su sabiduría, en El Gran cristal o Cuenco de Cuarzo, preciosos instrumentos de luz y sonido, por medio de la ingeniería y la tecnología cristal con fines terapéutico. Los sacerdotes de Atlántida se reunían periódicamente en los templos de oro y cristal para crear arcos lumínicos de armonización alrededor de la Tierra, a través de las sutiles melodías generadas por los cuencos de cuarzo. A su vez ello les permitía a los atlantes mantener una fluida comunicación con las estrellas y los diferentes universos de la creación. La religión egipcia fue la que más relaciones y parecidos tuvo con la Sabiduría Atlante, y con los secretos Divinos e Iniciáticos del continente perdido.

[7] la melancolía de los paquebotes, los fríos amaneceres bajo la tienda, el vértigo de los paisajes y de las ruinas Pasaje extraído del capítulo VI de la Tercera Parte de La Educación Sentimental, de Gustave Flaubert, novela amada por Álvarez.

[8] Juan de Tassis y Peralta, II Conde de Villamediana y Correo Mayor del Reino, (1582-1622), poeta español del Barroco, adscrito por lo general al Culteranismo, si bien siguió esta estética muy personal.

[9]  Aunque el gran canto no regrese jamás /  hay profunda alegría en lo que tenemos: / El ruido de los guijarros en la orilla /  bajo la ola que retrocede. Es el poema de Yeats, publicado en 1929, y que lleva por título, The Nineteenth Century And After (El siglo XIX y después).