sábado, 11 de enero de 2014

Europa, Europa

El problema de fondo es que ya nadie cree en nadie. Ya nadie se cree la poesía de nadie. Y todo porque hay demasiados poetas, inabarcable la maraña absurda de libros de poemas. Y todo porque hemos abusado en exceso de Ella. Hemos perdido la Gracia. Hemos perdido el Mito.  El Don. Cualquiera se cree habilitado para publicar poesía. Impunemente. Y eso no puede ser. No es factible.
Vivimos obsesionados, los poetas de hoy, con querer publicar a toda costa cuanto antes todo lo que escribimos, todo lo que sale de nuestros escritorios. Olvidamos que los poemas deben reposar un tiempo, un buen tiempo, antes de lanzarlos al abismo sin retorno de la publicación, donde ya no hay vuelta atrás; y luego pasa lo que pasa, claro: que uno reniega de sus primeros poemas, de sus primeros libros, no quiere que aparezcan ya en su nueva bio-bibliografía. Uno ya no se atreve ni siquiera a abrir por ninguna página sus primeros libros, ni incluso, en algún caso, su último o penúltimo libro publicado. Se le cae de las manos. Se le caen las gónadas al suelo.
La poesía debe superar una prueba muy dura: la prueba del Tiempo. Los almanaques y profecías del Tiempo. El Tiempo es muy sabio, más que si fuera la Providencia. Ha de decir si ese poema o poemario, si ese libro, que un lejano día vio la luz, debe resistir, tiene que subsistir. 
Hay que romper mucho. Y no estamos dispuestos a romper nada. ¿Nos creemos acaso genios? No somos genios. Ya no existen los genios. No todo lo que escribimos en un papel es poesía digna de ser leída ante nadie, ni siquiera por nosotros mismos, que somos nuestros mejores lectores. Porque uno es el primer y mejor lector de sus poemas. Pero un poeta no puede ni debe engañarse a sí mismo. Porque luego pasa lo que pasa: que uno se avergüenza de los libros que ha ido publicando en el tiempo. Y todo por precipitarse, por  esa maldita ansiedad en querer publicarlos. La ansiedad y las prisas son muy malas consejeras en poesía. Mira que a mí me lo dicen todos los editores que tienen que "sufrirme". Y yo nunca les hago caso. Y así me luce luego el pelo, claro...
Cuando uno escribe poesía ha de escribir pensando en el futuro. No sólo teniendo en cuenta al potencial lector del presente, sino sobre todo y por encima de todo vislumbrando, presagiando a ese posible lector futuro y desconocido.
Ahí está Julio Martínez Mesanza, un poeta que escribe para el futuro. Los lectores potenciales de poesía (si es que los medios y los poderes fácticos no acaban con Ella antes) de dentro de veinte, cuarenta, sesenta años -por no ir más lejos- gozarán, seguro, con los poemas de Julio Martínez Mesanza, se seguirán emocionando con ellos.  ¿Y por qué? Pues porque están escritos desde la eternidad de la causa de la Poesía, desde los más remotos confines de la vida de poeta.
Esos poemas de Julio se han escorado, han burlado al Tiempo. A ese malsano tiempo presente, lleno de peligros y diatribas que hay que saber driblar. Esos versos suyos, de tanta altura literaria,  con esa inconmensurable belleza, serán poesía siempre, así pasen cien años. Nadie apartará la vista de ellos. Nadie podrá sentirse nunca avergonzado al leerlos.
Hay un libro, en concreto, de Julio Martínez Mesanza, un libro magnífico titulado EUROPA, que a mí me apasiona especialmente. Cura mis heridas y mis dolores cuando lo vuelvo a tomar de noche entre mis manos. Es como un cofrecillo de obsidiana que, al abrirlo, suena con música de Marini, de Marais o de Dowland, y me ofrece un pequeño espejo. Un espejo, también de obsidiana, en el que se refleja, nítida y palpable, mi alma. La domus speciosa de mi alma, donde todo fuera lo más escogido y excelente.


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