domingo, 5 de enero de 2014

Mujeres de Cartago



No soy muy aficionado a la poesía femenina, a la poesía escrita por mujeres, quiero decir. Y no se trata de un tema de machismo literario por mi parte -los dioses me libren de caer tan bajo-, no me interpretéis mal. Es sólo que no me "entra" y ya está, no sabría decir por qué, pero no me acaba de "entrar". 
Si tengo que ser sincero, pocas mujeres poetas me han interesado en mi vida de lector de poesía. Pocas, muy pocas.
Veo la poesía femenina siempre demasiado tocada por el sentimentalismo, por el intimismo más exacerbado. Como muy cerrada en sí misma, muy plegada en sus propias experiencias privadas de mujer, demasiado enclaustrada en uno o dos temas, de los que no parece capaz de salir. Siempre el mismo tono acaramelado, sensiblero, el mismo bajo voltaje, que no deja ver más allá, que limita a ir más allá. Que no acaba de explotar las posibilidades de la Poesía.
Supongo que estoy generalizando en exceso. Supongo también que no he leído lo suficiente aún. Además, qué digo..., ahora que recuerdo, ahí están los viejos poemas de Clara Janés o de Cristina Peri Rossi, que sí me "tocaron" en su día, sí me deslumbraron; o ahí está también Josefa Parra, en poemarios como Elogio de la mala yerba -uno de esos libros redondos a los que siempre me apetece volver-, en que "sale" de sí misma para contar cosas que de verdad interesan; o ahí está también Raquel Lanseros, de la que desde el principio, con su elegante Diario de un destello, he sido fiel seguidor, amigo y lector placentero. 
No quisiera olvidar tampoco, aquí, en mi tierra, a mi querida amiga Marina Aoiz, una voz de referencia en Navarra para todos los que de verdad amamos la poesía, además de una gran persona, alguien con aura. Un aura de verdad,  incandescente, no algo fingido (como suele suceder mucho entre poetas que "van" de espirituales.) Una mujer de verdad, de la que yo siempre estoy aprendiendo cosas, alimentándome (recuerdo una de nuestras últimas conversaciones, en un aparte durante la comida, dentro de la tertulia literaria de Urroz, en que me estuvo explicando, con su dulce hablar, tranquilo y pausado, lo que era el sexo tántrico).  
Marina Aoiz es una mujer que vive desde siempre entregada en cuerpo y alma a la Poesía, que ha luchado contra viento y marea por hacer oir su voz, su mensaje claro, pleno de inteligencia y sensibilidad. Cada libro nuevo que publica, y ahí están, Edelphus, Hueso de los vientos, El libro de las limosnas, Código del instante o Don de luz, por citar sólo algunos, cada entrega, en esa obra suya de largo recorrido, cada poemario, es una demanda de nueva espiritualidad, fiel depositaria de su memoria. La melancolía de la inteligencia la inunda. Se plasma en sus versos en toda su plenitud.
Y qué decir de Maram. Maram al-Masri. Mujer de salón dieciochesco, preciosa, coqueta, diletante y erudita. La hermosa poeta siria que pasó por Navarra hace un tiempo y nos dejó a todos con la boca abierta. La recuerdo enfundada en su bello traje verde del desierto, su atuendo precioso traído expresamente para recitar, obsequiándonos con su Arte, misterio órfico, su voz aterciopelada, como la del dios que condujo el carro del Sol. Muselinas, sedas, brocados, perlas, ámbar, almizcle, ungüentos, perfumes, sándalos y marfiles en su Voz.
Yo jugaba con ventaja con Maram. Ya la conocía de antes. La había conocido cuatro años atrás, en aquella primavera mágica en Murcia a partir de la cual decidí vivir la Poesía, ya para siempre, como se debe vivir. O todo, o nada, eso pensé durante el viaje de vuelta en tren hasta Pamplona. O todo, o nada. Mi bautismo de fuego y de sangre con la Poesía tuvo lugar allí.
Ella aún me recordaba. Aquellos días de felicidad en Murcia, en 2004, quedé impresionado con su Belleza y con su Poesía. Recuerdo que no pude resistirme a preguntar por allí a los poetas lugareños quién era el Amor, quién era el  hombre de Maram, quién era el afortunado que gozaba de aquella gran Mujer, de su gracia, su elegancia y su erudición deliciosa. Alguien me dijo que muchos habían intentado conquistar su corazón, pero que todos habían fracasado en la empresa. Debería ser un hombre que montase caballos herrados con Oro, pensé.
Mis ojos brillaban al escucharla recitar sus versos. Como quien descubre un tesoro de humanidad y de vivacidad. Soberano recurso artístico. Fue para mí como una de aquellas antiguas Mujeres de Cartago que resistieron el combate, ante la ausencia o la cobardía de los hombres. Tañedora de laúd, de arpa, de rabel o de viola con su Voz. Heroica mujer que yo, seguro, hubiera amado en la lejana Cartago. Ahí están sus versos, su poesía valiente y liberada,  felizmente libre, desasida de todo.



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