viernes, 7 de febrero de 2014

En el sagrado ocio virgiliano



Un día de aquéllos, uno de aquellos días atrás pasados –y lejanos ya-, durante mi larga convalecencia domiciliaria, -el tiempo ya perfectamente distribuido: por la mañana, casi de madrugada, la escritura nerviosa y enfebrecida; y, a última hora, un pequeño paseo (los médicos me aconsejaban andar para evitar la atrofia de los músculos); ya por la tarde, cine en casa, cada día una peli, dios, no sé ni cuántas llegué a ver; y luego, lectura y más lectura, casi hasta la hora de acostarme- salí a dar un largo paseo hasta el Centro. 
El ritual encantador de pasar por Correos, donde los empleados ya me conocen, recoger algún libro de viejo que me llega cada semana; un rato en el Café de cristal del Baluarte, mi nueva sede oficial, leyendo y viendo pasar mujeres, contemplando la Vida, como diría Álvarez; una visita a Auzolán, a por los diarios de Trapiello, que voy poco a poco comprando (pero qué caros son...), y a hablar de poesía con Nerea; o un café con Javier en el Iruña Park, analizando juntos la situación poética navarra.
Y, a veces, una llegadita por Sarasate hasta la plaza del Castillo, cada vez más bonita y soleada, llena de jubilados, extranjeros y parados. En una de ésas estaba, caminando absorto como siempre en mis poemas o en alguno de los nuevos e inéditos LEOPARDOS de mi querido maestro (que tuvo a bien enviarme por mail para conocer mi humilde opinión sobre ellos, dioses, qué honor, y que andaba yo esos días en primicia disfrutando a placer), cuando me percaté extrañado de la presencia de lo que parecía a mis asombrados ojos, desde fuera, una especie de nueva librería de viejo, hacia la mitad del paseo de Sarasate, en la acera de la izquierda si te sitúas en dirección hacia la plaza. 
Entré emocionado, bajando las escaleras, y de inmediato observé para mi desgracia y la de mis congéneres que no se trataba más que de un establecimiento rápido de compra, venta e intercambio de discos, películas y libros usados. El dueño me miró feliz (yo debía ser su primer cliente) y me estuvo explicando que con el tema de los libros estaban aún empezando, que no había gran cosa, pero que los ojeara por si encontraba algo.
Así lo evidencié al instante: novelas para marujas desocupadas en la playa, best-seller con batallitas de bolsillo para vigilantes jurados y celadores aburridos, libros autoeditados por vanidosos y ridículos poetas que nunca saldrán de su mediocridad, con portadas kistch estrafalarias y horteras hasta la provocación, que jamás debieron haber visto la luz por bien de la Poesía, colecciones de novelitas “lujosamente” encuadernadas e impresas en una letra minúscula, que nadie lee y por ello son usadas de adorno (lucen mucho en casa de nuevos ricos incultos).

Iba revisando, uno a uno, con toda la paciencia del mundo y la tranquilidad de saberme en el sagrado ocio de Virgilio –que él entendía imprescindible para poder escribir poesía que mereciera la pena-, todos los volúmenes apilados desordenadamente, tenía tiempo para ello de sobra, nadie me esperaba hasta mediodía, distraído a la vez pensando vagamente en mis cosas (la última quimio no me había ido demasiado bien, había sido como un mal viaje, toda la noche con fuertes dolores de cabeza y horribles náuseas en la amanecida), cuando, de repente, entre el barullo inconexo de libros comprados a peso, apareció.
Estaba allí, nuevísimo como el primer día que salió de Garrasi –cuando me llamó por fin Elena y fui corriendo, con el corazón en la boca, a recoger los trescientos cincuenta ejemplares de la tirada. Estaba allí, amigos, apareció cuando me había olvidado completamente de él, cuando no era ya sino polvo en el viento barrido casi de la historia de mi vida.
Era mi queridísima y entrañable ópera prima, SALVAR LA VIDA CON ÁLVAREZ, a la que tantos esfuerzos los dioses saben dediqué, y con tanto cariño, casi con mis propias manos, construí.
Ahora yacía ahí, sepultado entre libros insulsos que nunca quizá debieron existir para semejante final, como uno más entre la pléiade deshonrada de ellos.
Alguien seguramente se habría desprendido de él para siempre, sin haberlo abierto ni siquiera para ojearlo. Nunca estuvo vivo en sus manos. Ahora, en definitiva, era algo muerto. Inerte en aquella ridícula montaña de libros baratos que nadie en su sano juicio comprará jamás.
Ese debe ser por lo visto el destino de mi poesía. Fiera venganza del tiempo, como dijo un poeta.



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