sábado, 8 de febrero de 2014

Larga carta a Francesca



La novela escrita y publicada a partir de 1945 en Europa y América me temo que está hoy día infinitamente sobrevalorada. Nunca antes en la historia lo había estado así. Debe ser quizá porque se trata de un invento relativamente moderno. En cuanto a la poesía, puede existir a veces el gran error de estimar que se trata solamente de una manía vanidosa o un capricho de primera juventud de escritores que vivieran al parecer en una eterna primavera adolescente y nunca madurasen.
Nada hay que me moleste más como poeta que el hecho de que algunas personas que se han sentido interesadas en algún momento determinado por mi obra –para volver luego a desaparecer- me requieran, me “animen” para que escriba una dichosa novelita. Como si el hecho de escribirla fuese el Sancta Sanctorum en la vida de un escritor.

Sabéis que sólo leo novelas escritas por poetas. Ahí sí, señores. Ahí está la vida. La novela de la vida. Que es la que a mí me interesa. Sólo confío ya en ellos. Porque sólo ellos saben amar como amo yo. Porque sólo esas novelas son pedazos desgajados de vida. Sangre cruda, húmeda y sin cuajar todavía. Trozos de carne ensangrentada, palpitando todavía.
Y en este terreno fértil, abonado y fiable de la novela escrita por poetas (porque de todo hay, claro, también las hay ilegibles como una que publicó hace unos años cierto poeta famosísimo…), tengo que significar aquí la otra novela del poeta Antonio Colinas, la correspondiente en el seguimiento de su biografía a la etapa de su juventud en Italia. Se trata de LARGA CARTA A FRANCESCA (1986), novela llena de sugestiones italianas: ciudades como Milán, Florencia y Venecia, el arte, la pintura, la música...
Fueron cuatro años de deslumbramiento (entre 1970 y 1974) los que Colinas pasó en Italia, como lector de español en las Universidades de Milán y Bérgamo. 
La experiencia italiana ha sido trascendental en la vida de Colinas, en su visión del mundo. Además el poeta disfrutó de otra experiencia: la Italia de los lagos. Bebió de la cultura y de la naturaleza, de la “Italia esencial” y de sus signos. Sintió renacer en su ánimo los antiguos ideales de Verdad y Belleza. Allí enseñó y aprendió; aprendió en sus diferentes viajes y en el mundo del Arte, en el cine, en los grandes poetas (Dante, Leopardi, Quasimodo…) y en el trato con escritores que vivían en Italia (Montale, Pound, Neruda, Asturias, Alberti…).
En LARGA CARTA A FRANCESCA otra vez la Maravilla está ahí esperándonos, la sabiduría intacta, savia virgen del Poeta inmenso que sobrevuela por sus páginas. El ensayo poético clarividente. El lujo de las recomendaciones de obras literarias y musicales, que tanto enriquecen al lector que se precie y que yo tanto agradezco. Y esas frases, fragmentos subrayados en el libro por este lector impenitente en su día, que están en mí, ya forman parte de mi vida para siempre.



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