sábado, 8 de marzo de 2014

La Galla en Pamplona


Pasaron por aquí, por esta Vieja Iruña, los chicos de la Galla Ciencia, Noelia Illán y Joaquín Baños, artífices de un proyecto inaudito, una aventura romántica desatada: editar una revista de poesía en papel. De buena poesía, claro. Ardua tarea donde las haya. Y es que hoy día leer poesía es un raro vicio, y ya no digamos escribirla: una insensatez, apenas nada. Escribir en la nada, escribir en el agua. A los poetas se les ningunea, eso es un hecho. Hay un desprecio social hacia su oficio. En la poesía no hay dinero y en el dinero no hay poesía, escribió Robert Graves.
Pero hasta aquí llegaron ellos, hasta estas lejanas y húmedas tierras del Norte, a mostrarnos su exquisita propuesta. Su entrega total al fuego de la creación poética. Y fue un placer encontrarlos, un gusto compartir con ellos su pasión y participar con los humildes versos de uno en su magnífica experiencia.
La revista en realidad no es una revista. Es un libro, una antología editada con muchísimo gusto. Con descaro y desenvoltura. Arriesgando. Y eso siempre se agradece en poesía: el riesgo. Recoge en su interior un ramillete selecto de buenos poetas que ofrecen sus poemas inéditos. Encabeza la serie el maestro José María Álvarez: una auténtica bofetada en la cara su poema de la Juani de Bigas Luna, con ese “sagrado sightseeing” final, del que habíamos estado hablando precisamente semanas atrás en París, esa mirada que se termina en la mirada —me decía él— que no va más allá de lo que ve, sin reflexión alguna, tan común en nuestros tiempos. Después y sin dejar respiro, tras la tempestad llega la calma: entra ‘tocando’ Antonio Colinas con su maravilloso Frescobaldi, un lujo, un poema de poemas que sobrevuela por encima de todo, con ese sentido trascendente suyo de la palabra, aquí presente, sin duda. Trascendencia y esencialidad, ambas han de ser —según él— el alimento de la poesía. Luego, más adelante, dan la talla como siempre, como cabía esperar de ellos, por su buen oficio reconocido, su savoir faire poético, el manchego Pedro A. González Moreno y el cacereño Santos Domínguez. Con sabiduría poética, con poesía de verdad, de la que te hace vibrar de emoción el alma. Más: Poetas de mi tierra, como Irazoki, Marina Aoiz, Maite Pérez-Larumbe e Inaxio Goldaracena, savia nueva este último, un joven poeta apuntando muy alto, con la armoniosa nobleza de sus versos. Y qué bueno el poema de Raquel Lanseros, qué grande poeta tenemos ahí, dioses. O el de José Alcaraz, todo un descubrimiento para mí. Y más, mucho más… Roger Wolfe también por ahí haciendo de las suyas. Yo no soy muy “rogerwolfiano”, pero sí sé apreciar de verdad cuando estoy ante uno de los grandes. Ante una voz distinta y más profunda. Aunque no me alimente de ella, lo sé ver y reconocer.
Y allí estuvimos. En Katakrak, el nuevo megalocal de la calle Mayor. Leyendo nuestros versos en público —algo que a mí personalmente siempre me produce especial placer y a la vez vértigo—, mostrando nuestra voz. Y es que lo que el poema entrega fundamentalmente es la propia voz. La palabra originaria. La palabra de la oralidad, como alguien dijo. En fin, ¿qué puede embellecer la vida más que la poesía?


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