lunes, 14 de abril de 2014

¿La poesía es trabajo?



 



El problema es creer que la poesía es una simple veleidad con la que alimentamos nuestro ocio. El relleno de los trazos. A ver. Así nos ven. Así nos quieren ver.
La poesía no es ocio, no pertenece al ocio, aunque sí es verdad que necesita del ocio -del Otium sagrado- para nacer en libertad. Cualquier trabajo mata la creatividad. Eso está más claro que el agua. Que me lo digan a mí ahora... Cualquier esfuerzo físico en nuestro cuerpo -salvo, claro está, el sexo- la debilita, la cercena. Es como abolir los antiguos cultos.
Pero la poesía es trabajo, señores míos. Trabajo y muy duro. Y el que se burle de esto que venga a verme, que se lo dejaré muy claro. Es este un tema que yo he discutido más de una vez con algún que otro gañán.
Que nadie vea al poeta como a un holgazán, o si es así, su poesía será muy poca cosa. Porque esa es otra: hay quien cree que la poesía es escribir la primera estupidez que le pasa a uno por la cabeza. Lo que una vez se llamó escritura automática. Encadenar palabras y frases sin sentido. Así, sin más, como el que estrella huevos rellenos de pintura contra un lienzo en blanco y luego dice que es Arte. Art happens, que decía aquel, y el alma disfrutando en paz.
Hay un trabajo detrás. Tiene que haberlo. No cabe duda. Y eso se nota enseguida. Póngame usted delante un poemario y le diré si hay o no trabajo. Vaya que sí. Y yo no es que me tenga por un experto en la materia, pero hay cosas que tampoco cuesta mucho imaginar...
Y ese trabajo palpable del que hablo es un valor. Un valor en alza. Algo que marca la diferencia de ostensible manera. Es lo que hace, o puede llegar a hacer, que la poesía se convierta en Literatura, en experiencia artística inmediata, en compromiso vital de por vida. Como un mensaje astral, detectado y leído.
Como digo, o es eso, o si no será más bien poca cosa. Muy poca cosa. La fallida conjura. Algo que te lleve a cerrar el libro para siempre al minuto de abrirlo. Sin oportunidad alguna de revivir.

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