domingo, 14 de diciembre de 2014

LA GLORIA O EL OLVIDO (I)



a.r. Dentro de su conferencia de 1986 sobre Ciudades de la Vida, sus ciudades amadas o que conservan formas de vida que usted añora, como por ejemplo Istanbul o El Cairo, dice usted refiriéndose a ellas: “Saben que la historia es un discurso sin sentido, y que lo único que una comunidad inteligente ha de hacer es preocuparse por alcanzar el mayor ocio posible —el ocio virgiliano— y llenar éste de la más variada suerte de placeres”.
j.m.a. Ser libre, estar, sentirse cómodo, placeres de la cama y de la mesa, y en mi caso por supuesto, libros y música. Nuestro tiempo puede haber renunciado a lo que quiera. Yo no.
a.r. Recordando su primer viaje a Istanbul, aquel legendario viaje junto al periodista y escritor, Eduardo Chamorro, que tan honda huella dejó en usted y en su obra, habla de la ciudad en estos términos: “…reina de esa belleza turbadora que quizá es cuanto podemos sentir del vasto orden o de la helada mirada del Destino”. ¿A qué se refiere ahí concretamente?
j.m.a. No se puede explicar. Es como eso que llaman el enamoramiento. Podría añadir alguna otra ciudad: Kyoto, por ejemplo, o Alejandría. Pero sí, acaso ninguna tan seductora como Istanbul, como Venezia.
a.r. Una de las historias que más me fascinó a mí desde el principio en sus memorias —cuando pude leer las primeras, las que aparecieron en 1996 bajo el enigmático título Al sur de Macao, que por cierto me gustaría que me aclarara— fue aquélla de las aguamarinas falsas que le vendieron a usted en el gran bazar de Istanbul y que termina con el arrepentimiento del buhonero timador que pronuncia aquellas palabras mágicas, tosigo ardento, aquello de “Sé que nunca me creerás. Haga yo lo que haga, te diga lo que te diga, nunca me creerás, porque mis enemigos han llenado de tosigo ardento tu corazón. Y tu corazón ya no cree en mí”, palabras que tanto ahondaron en usted hasta dar lugar incluso a la concepción de un libro de poemas, uno de sus mejores libros. ¿Cuál es la enseñanza primera, la lección que usted extrae de esa historia? Y por cierto, ¿conserva aún esas aguamarinas?
j.m.a. El título tiene poco que explicar. Le puse Al sur de Macao porque era exactamente el lugar donde me encontraba, sobre todo anímicamente, en aquel momento. Y el comerciante del Gran Bazar no se arrepintió de nada, puedo asegurárselo. La lección es puramente de comercio, esto es: dos inteligencias que discuten para sacar el mejor precio y que los dos se queden contentos. Yo lo recuerdo con casi afecto. Esta última vez que he estado en Istanbul hace unas semanas, ya no lo vi. Debe haber muerto. Bueno, hoy tendría noventa años o más. Más, sin duda, porque esa historia de las aguamarinas es de 1978, me parece. Le debo ese título que me gusta mucho: Tosigo ardento. Es magnífico. Pero de las aguamarinas, sólo queda una. La otra me la robaron.
a.r. En el arranque de su conferencia sobre la Ilustración española, de 1991, habla usted sobre los Hombres de placer, una calificación legal que se daba al parecer a los artistas —desde el pintor Velázquez hasta un enano o bufón de corte— en tiempos de Felipe IV, “un noble papel” según usted, para estos hombres cuyo cometido era: “dar placer…, regalar la dicha…, colmar de felicidad… a esos otros seres que también han elegido ‘ser mejores’ que la mayoría”. Bueno, hábleme de todo esto, porque vuelve a aparecer aquí otra vez ese concepto polémico suyo de ‘los mejores’.
j.m.a. Ser mejores se entiende solo. Y lo de “hombres de placer”, lo mismo. ¿Qué puede uno pedir mejor?
a.r. Sí, si yo lo entiendo. Sé perfectamente lo que quiere decir, y lo comparto. Pero otra mucha gente, hoy, esto no lo comparte ni lo entiende, todo este concepto de ‘los mejores’ y la gente superior a otra. Y no me diga usted eso de “Allá ellos”…
j.m.a. Allá ellos… Uno no ha venido al mundo a desasnar cerebros agarrotados. Allá ellos.
a.r. Siguiendo con la misma conferencia, hay una idea magnífica que repite usted a menudo —y que le he escuchado mencionar muchas veces para referirse, en concreto, a los poetas—: “los artistas, los grandes, no vienen de ninguna parte ni van a parte alguna. Salen solos, como la Luna; resplandecen… y son tan inexplicables como la belleza”. Quiero que me desarrolle usted más esta idea tan maravillosa.
j.m.a. ¿Es que hay alguna explicación para que ahora mismo estemos usted y yo conversando sobre cosas que posiblemente le interesan a muy pocas personas? Uno puede elegir entre romper lo que ha hecho o no, pero no puede elegir el hacerlo. ¿Por qué uno nace pintor, o Mozart, o Borges, y no Perico el de los palotes? Eso es algo que he sentido desde siempre: somos inexplicables. Y salimos solos, es verdad, como la Luna.
a.r. Al respecto dice usted también que “los grandes artistas no tienen maestros” y que tampoco dejan discípulos, si acaso, imitadores. ¿Se puede decir que ocurre lo mismo en poesía?
j.m.a. Un gran artista es irrepetible. Puede tener discípulos, donde se verá su mano. Pero lo suyo empieza y termina con él. Por eso digo que tampoco tiene maestros. Hombre, claro que los tiene: aprende de alguien, en otros ve lo que no se debe hacer. Pero no hay un vínculo determinante. Y por supuesto, lo que digo sobre Velázquez sirve para la Poesía.
a.r. ¿Pero cree usted que hay “algo” que tengan los poetas, algo específico de ellos, de su naturaleza, y que no tengan, que no alcancen otros artistas, como pintores o músicos?, ¿o sigue usted pensando que el Arte es uno solo?
j.m.a. El Arte es Uno. Como una gran orquesta. Cada cual elige, si es que elige, su instrumento. Y cada vez veo menos claras las fronteras entre Música y Pintura o Poesía, o Cine… El deseo de crear algo es igual; unos tocamos el violín y otros el piano o el oboe.
a.r. Y sobre esa obra maestra, Las meninas, que usted interpreta “como un brindis de despedida”, en la que Velázquez cita a aquellos que, según usted, merecieron sobrevivir a la decadencia y humillación del Imperio —“La Corona, los bufones y el pintor”— dice también más adelante algo que quiero resaltar: “…el cuadro sigue en nosotros…, es quizá la única tela del mundo que no termina”.
j.m.a. Sí, no termina en el cuadro. Yo lo he sentido. Y mucha gente también, creo. Cuando esté usted delante de Las meninas, concéntrese en esa belleza, y verá que está “viva”, que lo que ahí sucede lo integra a usted, que sigue…
a.r. En una reflexión muy interesante, extraída de la anécdota de aquella bellísima lámpara de mesa modernista con la figura de una mujer, que usted tuvo oportunidad de contemplar durante un viaje a Budapest, dice usted que ese adorno, esa belleza “argumenta una concepción del mundo, de la vida, una disposición moral… que responde con un alto gesto civilizado (y esto es de lo que quiero que me hable) a la cuestión quizá más profunda del Arte: ¿Cómo vivir?”
j.m.a. ¿Cómo vivir? Pues con dignidad. Y eso incluye la Belleza.
a.r. Sí, era cuando las cosas estaban hechas, concebidas exclusivamente para dar placer. No existía la funcionalidad, la uniformidad, nuestra vida de plástico. Es ahí donde quiero que llegue…
j.m.a. ¿Qué llegue dónde? Yo creo que se trataba de una enseñanza de amor a la obra bien hecha, no sólo técnicamente bien construida, sino hermosa para los ojos.
a.r. Era, por ejemplo, cuando los arquitectos eran artistas, ¿no?.
j.m.a. Sí. Y la arquitectura puede que sea el Arte que actualmente aún es capaz de crear cosas interesantes y bellas. Hay rascacielos maravillosos. Y asombrosos aeropuertos, que como alguien dijo, deben ser nuestras catedrales. Pero también hay muchos arquitectos malvados, que envilecen la vida al envilecer los edificios.
a.r. ¿Cómo fue aquella otra anécdota paseando por las calles de El Cairo, aquello de ‘ver’ los ojos de Alejandro Magno en aquellos otros ojos vacíos y de extraña luz de un mendigo, un leproso que pedía extendiendo su mano “con la indiferencia de la Muerte o de un Rey”?
j.m.a. Fue eso. Un mendigo, un rostro muerto. Pero en aquellos ojos —los recuerdo o quiero evocarlos, blanquecinos, como disuelta la pupila en aguas turbias—, seguramente por mi afición a magnificar esas cosas, a elevarlas estéticamente… no sé. O realmente eso es lo que vi: una luz que iba más allá de ese velo blancuzco y se perdía hacia Asia. Pero lo que sentí fue una conmoción y lo que nació de esa emoción fueron los ojos de Alejandro. Desde luego, esa “indiferencia” de que hablo sí era palpable.
a.r. Dentro de su conferencia de 1987 sobre poesía española, titulada Las rayas del tigre —supongo que se trata del mismo o parecido tigre del que hablaba su maestro Borges— concede usted mayor importancia al Modernismo en España o lo sitúa por encima de la obra del grupo del 27. Dice usted: “El viento modernista correrá páginas notables, a mi entender más considerables que las del 27”.
j.m.a. El tigre, sí. Es de Borges. Yo no sé si el Modernismo fue más importante o no que la Generación del 27. En poetas del 27 hay poemas más definitivos, inolvidables, grandes, que en los Modernistas españoles. Pero a mí me interesaba ese aire fresco que traen, esa “decoración” nueva.
a.r. ¿Pero qué trajeron los modernistas?, ¿y a quiénes se refiere usted?, ¿a Manuel Machado, JRJ, Villaespesa…?
j.m.a. El Modernismo acaso sea más importante de lo que pensamos. Yo tenía la sensación de que era como esos sacudidores de alfombras, que devuelven colores vivos a lo que era una masa de pisadas. Una sensación de aire fresco sobre todo para el sordo lamento del 98 español. Y piense usted en lo que trae de sensualidad, de cosmopolitismo; sus vinculaciones con lo que sería el Modern Style, el Liberty americano, el Art Nouveau o el Jugendstill, que todo viene a ser el mismo cambio de formas. Lo que trajeron los modernistas sobre todo de la Poesía francesa. Pienso en Rubén Darío, que tuvo tanta influencia. Porque en España el Modernismo nos viene de América, donde fue mucho más importante; bastaría recordar a Lugones, a Nervo, Delmira Agustini, Herrera y Reissig, Gómez Prada, Tablada, incluso Rueda. Pero sobre todos, para nosotros es Rubén Darío, cuya excelencia sigue vivísima. ¿Y en España? Manuel Machado, el primer Antonio Machado, Marquina, Villaespesa, el primer Juan Ramón; yo siento el eco hasta en Valle-Inclán. Todos ellos son grandes. Y hasta en sus traducciones. Recuerdo la de Baudelaire de Marquina, que sigue pareciéndome la mejor, y que se la recomendé a Pre-Textos para una nueva edición, y me hicieron caso.
a.r. Sí, la recuerdo. La he leído. Ahí hizo usted el prólogo. Es donde dice que encontró el libro de Eduardo Marquina con la traducción de Las flores del mal en una librería de viejo de Mallorca.
j.m.a. Sí, hice el prólogo.
a.r. Le noto a usted un poco extraño, parco en palabras, cuando le cito cualquier libro de la editorial valenciana Pre-Textos —para mí una de las mejores de España, si no la mejor—. ¿Cómo va su relación con ellos?
j.m.a. No recuerdo que me haya citado usted libros de Pre-Textos a los que haya puesto yo ni un pero. Y no soy parco cuando hablo de ellos. Siempre he pensado que teníamos una buena relación. Ellos publicaron varios libros míos, hasta la traducción de Shakespeare y la de Villon; y de poesía. Creo que tanto Silvia como los dos Manolo son buenos amigos. Lo que pasa es que hace años que publico con Abelardo en Renacimiento, y además no voy nunca por Valencia, y así no nos vemos. Pero puede usted estar tranquilo, porque estimo mucho a Pre-Textos.
a.r. Siguiendo con su crítica a la poesía española cercana a los años Treinta (la de la generación del 27), efectivamente sobreestimada, desconectada —según usted— del sueño de la Cultura que se estaba viviendo en Europa en esa época fundamental, así como de cualquier cosmopolitismo o intercambio cultural estimulante, dice usted que esa poesía “no tuvo otra preocupación que la formal, un muy discutible manierismo y la vindicación… de un poeta (Góngora), sin duda glorioso…, pero inservible como plataforma para alentar más profundas y actuales inquietudes”.
j.m.a. Sí, sigo pensando que estaban muy desconectados, que no les interesaba demasiado, quitando a Guillén y a Cernuda, de lo que sucedía fuera de nuestra Literatura. Es una generación sin diarios, sin que podamos tampoco saber muy bien qué les apasionaba de lo que se estaba escribiendo fuera. Aleixandre, con quien hablé mucho, incluso ya en los años Sesenta, tenía en su memoria un archivo infinitamente más rico sobre España que sobre escritores extranjeros; no recuerdo haber hablado con él, por ejemplo, nunca de Kafka, o de Yeats… y sin duda los había leído; o de Becket, ni del existencialismo francés que era algo de lo que se discutía mucho, aunque a mí no me interesaba nada.
a.r. Entronca usted, ¿no es así, José María?, la poesía española de finales de los ochenta y principios de los noventa con el cambio de gusto que simbolizó la Antología de los Nueve Novísimos en 1970, unos poetas que, según usted, “significaron una decidida voluntad de ruptura… con el mundo cultural reinante hasta aquel momento”.
j.m.a. Puede que sí tuviera influencia. Nunca he comprendido cómo poemas tan “flojos”, quitando a Gimferrer, que sí estaba “pleno”, pudieron tener ese peso. Pero yo creo cada día más que lo que tuvo influencia fue, no acaso el libro, sino la crítica, la publicidad que se le dio. Porque lo que sí es cierto es que se empezó a escribir de otra manera. Pero también creo que la lectura “masiva” de Kavafis en esos años, tuvo mucha importancia.
a.r. ¿Y qué hay de la poesía de la experiencia?, porque todo el mundo se apuntó luego al carro de esa “nueva sentimentalidad”, hasta usted mismo o Antonio Colinas escribieron poemas de la experiencia, relatando hechos cotidianos de la vida en un tono narrativo y autobiográfico, aunque ahora muchos reniegan de ella. Aquello sí que fue un boom…
j.m.a. Tampoco confunda usted lo de la Experiencia y lo de la Sentimentalidad, que fue un aborto granadino. Poesía de la Experiencia es toda, pero ¿de qué experiencia y qué experiencia? Homero canta hechos cotidianos en tono narrativo muchas veces. Y Catulo. Y Shakespeare. Depende todo de la intensidad poética.
a.r. Pero hubo un momento, una época en este país en los noventa, en que todo el que se disponía a escribir poesía acababa escribiendo un poemita de la experiencia, hablando de taxis y de semáforos y de barras de bar, un texto prosaico y autobiográfico en lenguaje coloquial. Eso fue una auténtica plaga. Eso lo he vivido yo, como usted vivió en los sesenta aquello otro de la poesía social.
j.m.a. Pero yo creo que la mayoría de tanto sentimental ya están muertos.
a.r. Hablando usted por boca de los Novísimos, casi erigiéndose en su portavoz en ese auténtico manifiesto poético-artístico que aparece en su libro Naturalezas muertas (1998), y refiriéndose en concreto al tema de sus influencias —las del grupo, quiero decir—, sus maestros, expone: “…maestros que, prácticamente todos, no eran españoles y, desde luego, de serlo, casi se detenían en el siglo XVII”. Hábleme de esa postura novísima tan cosmopolita.
j.m.a. Es verdad. Nuestros maestros, exceptuando algunos poetas españoles y de siglos anteriores —Manrique, Quevedo…— eran casi todos de otras lenguas. No era —o es— cosmopolitismo. También podría hablarle de Machado, de Neruda, de Vallejo. Pero nunca tuvieron la importancia para nuestro desarrollo que Pound, o Eliot, o Kavafis, o tantos y tantos ingleses, o los franceses del XIX.
a.r. Yo donde creo que estuvo la clave del éxito, la piedra de toque de la poesía novísima (y no me refiero a los poemas en sí de la antología, sino a todo lo que vino después y ya antes), fue en esa sabia mezcla, con las dosis adecuadas, de Antigüedad y Modernidad.
j.m.a. Pues sí… Quizá sea una de las razones.
a.r. Esa nueva sensibilidad, ese cambio de gusto, según usted ya venía madurándose en la llamada Generación de los 50, con Gil de Biedma y con Francisco Brines, y alcanzó su cénit con ustedes, un grupo —a su entender— más amplio que el que la propia Antología de Castellet establecía.
j.m.a. Bueno, cenit… Para eso acaso se precise un grupo más extenso y desde luego de calidad menos discutible. Lo que sí es cierto es que los Novísimos atacaban sin miedo, con ardor juvenil, una forma de Poesía, con unos objetivos determinados no excesivamente artísticos, que parecía haber envuelto nuestra Literatura con un telo espeso y desde luego aniquilador de cualquier renovación. Pero ese cambio de gusto ya venía formulándose desde hacía algún tiempo; desde luego con Brines, pero también en Gil de Biedma, aunque hubiera tocado el instrumento social. Por eso decía yo que cuando se hable de ese paso adelante de nuestra Poesía, se debe hacer mención de un grupo bastante más grande que los nueve de aquella antología. ¿Y Carlos Barral? ¿Y los cordobeses? ¿Y Villena? Lo que los Novísimos tuvimos fue una inmensa suerte editorial y de difusión precisamente sobre la incompetencia de tantos profesores y tantos periodistas “culturales”, la facilidad de la etiqueta.
a.r. Esa necesidad de un nuevo mundo poético, que trajo consigo de la mano el movimiento novísimo, según usted, era sentida, necesitada, no sólo por los poetas, sino también por los lectores…
j.m.a. Evidentemente. Creo que era una necesidad de todos, lectores y escritores. Muchos poetas jóvenes creo que estaban ya cansados de tanto cartón piedra revolucionario. Ese cartón piedra de la Poesía Social estaba resquebrajado, era evidente que se levantaba sobre una mentira, y lo peor, una mentira, una prefabricación bastante unilateral, tendenciosa; y peor aún, absolutamente desconectada de lo que estaba escribiéndose por el mundo, una vez más. Por eso, el golpetazo que significó como ya le he dicho, Gimferrer, y de inmediato Luis Antonio de Villena, y algún otro, fue decisivo.
a.r. Incluso llega usted a decir como colofón, en esa conferencia suya sobre la poesía española, que los Novísimos fueron “el intento… más afortunado que ha tenido nuestra Literatura por romper de una maldita vez el corsé provinciano de la imaginación española”…
j.m.a. Eso es cierto. Pero no sé si se debe a la entrada en nuestra vida de nuevos procedimientos de publicidad de libros, a que también en otros países se estaba produciendo un fenómeno parecido. Sin embargo, si la publicación en antología y la difusión de nuestros poemas por otros países, donde encontró el calor de esa nueva sensibilidad que le digo, fue un fenómeno importante, nunca la Poesía ha ido por otra parte aislándose tanto. Cuando no existían esos medios de difusión —piense usted en Rilke o en quien quiera— la influencia de los grandes escritores en otros escritores de otras lenguas y sensibilidad fue mucho mayor, más honda. Incluso remontándonos a los románticos, o a Hugo, o a Baudelaire y Verlaine.
a.r. ¿Pero a qué aislamiento se refiere? ¿Al de los poetas entre sí, entre ellos? ¿O al de los poetas con respecto a la sociedad actual, a los lectores?
j.m.a. Sí, el de los poetas entre ellos es uno de los “aislamientos”. Y con respecto a los lectores, igual. Ha desaparecido la “vida en común”, la experiencia caliente, digamos. Yo soy de los que siguen pensando que era muy importante reunirse constantemente, cenar, beber, intercambiarse amantes, yo qué sé… Respirar la misma atmósfera y soñar juntos. Eso, por supuesto, ya no existe. Puede que sea una de las formas de la eutanasia. Una variedad de raticida. Pero, fíjese, por lo que hablamos muchas veces; si en épocas donde los medios de comunicación eran aparentemente inferiores a hoy, el conocimiento de los artistas de esta o aquella nación, y no sólo un conocimiento por lecturas, sino personal, por cartas, por interés, que es lo que hoy no existe… Bueno, ya sabe usted que salía un libro importante de Rilke o de quien fuese, y esto desde la Edad Media, y antes, y ese libro tenía una repercusión verdaderamente europea, occidental contando con Norteamérica, con lectores como Emerson o James. El otro día estaba releyendo a Gómez de la Serna, que por cierto su prosa es un viento fresco que debería darnos en la cara a todos, un magnífico escritor, un idioma que ya no es igual antes que después de él. Bien, pues estaba releyendo a Ramón, y de pronto recuerda cuando llegó a París —¡y era su primera vez!— y se encontró con un libro de Apollinaire recién publicado ¡con prólogo suyo, de Ramón! Fantástico. Yo he disfrutado y disfruto mucho cuando lo leo. Sus biografías, su Automoribundia; acaso lo que menos me interesa son esas famosas greguerías…
a.r. Sí, a mí tampoco…
j.m.a. …¿Le he comentado alguna vez que cuando vino, me parece que la segunda vez a París, cuando estuvo dos años largos, se alojó en el mismo hotel que yo, el de Suez, en el boulevard de Saint-Michel? Y además en los bajos estaba entonces el café La Source, donde iba con mucha frecuencia Manuel Machado a escribir y leer la prensa. Es agradable esas coincidencias…
a.r. Conozco ese hotel de Suez, claro. Estuvimos alojados una vez; usted me lo recomendó cuando vivía enfrente, en aquel magnífico ático…
j.m.a. Pero sí, lo inmediato de esas influencias recíprocas; el conocimiento no de un autor de tu propia nación, sino de otras. Sawa no se lavó nunca la frente donde lo había besado Verlaine.
a.r. ¡Alejandro Sawa! Le he escuchado mucho a Luis Antonio de Villena hablar sobre él. Me gustaría que me recomendara usted algún libro de Sawa o sobre Sawa, alguna biografía, si la hay, o Memorias suyas o diarios o cartas. Lo que sea…
j.m.a. Sí, no me acuerdo ahora del autor, pero me parece que en Turner editaron una biografía; creo que la tengo en Villa Gracia, en España. Pero libros de Sawa sí puede usted encontrar ahora. La mujer de todo el mundo debe ser muy difícil, y Noche e Iluminaciones en la sombra, usted que tan bien se maneja por librerías de viejo, seguramente los encontraría. Pero si localiza Crónicas de la bohemia, que salió una edición hace cuatro o cinco años, léalo; lo mismo que Declaración de un vencido, que me parece que está en Cátedra. Y acaba de salir, o está a punto, en Renacimiento, Crimen legal.
a.r. Dentro de su conferencia, de 1989, titulada Postrimerías (Los Posnovísimos) niega usted el sentido verdadero de las Generaciones poéticas o grupos generacionales, sobre todo en España, “como si un grupo de artistas fuese tocado por la varita mágica de la innovación estética y alumbrase una conciencia generacional”…
j.m.a. Claro. Se exagera. Es como si cada dos o tres años tuviera que aparecer un grupo nuevo, una generación nueva, con todo por decir. Los procesos son más lentos.
a.r. Cada dos o tres, no sé, pero cada diez años sí que hay algún crítico literario en este país que nos intenta colar alguna antología nueva de poetas incluyendo a sus amigos y paisanos, claro…
j.m.a. Pero eso quizá tenga que ver mucho más con la pretensión de hacer negocio, de vender un producto, que con la Literatura.
a.r. Hombre, hacer negocio hoy con la poesía… un poco difícil lo veo. Yo creo que tiene más que ver con los tejemanejes que se traen entre ellos. El pago de favores y demás zarandajas.
j.m.a. No, y negocio, a veces con una venta considerable, aunque casi siempre se trata de letras de canciones que se pretende que tengan la hondura, el calado, de la verdadera poesía. Pero sobre todo lo que nuestra intelectualidad busca codiciosamente son las prebendas, viajes, conferencias… todo lo que ayuntamientos y ministerios emplean de nuestro dinero en pagar a su clientela. De todas formas, como escribió Stendhal, J’écris en langue française (léase aquí española), mais Dieu me garde d’écrire en littérature française[1].
a.r. Y a este respecto, ¿cómo ve usted la poesía que se ha estado haciendo en lo que llevamos de siglo XXI? Porque a mí me da la impresión de que seguimos viviendo de las rentas de los poetas de los 70’…
j.m.a. Yo vivo de repetir en mi memoria versos de Virgilio, de Horacio, de la Palatina, de San Juan, de muchos… de Baudelaire o Rimbaud. En lo que llevamos de siglo, no ha llegado a mis manos —pero la verdad es que leo mucho más ensayo o biografías o memorias, que Poesía— ningún libro así, memorable. Pero no me haga mucho caso. Aparte de que puede que en este momento haya alguien en un pueblecito de Extremadura, o en un cuartucho de Lérida, o quién sabe, en un barrio de Mombasa o de Kyoto, que esté creando una obra poética que sobrecogerá al mundo. Yo qué sé.
a.r. Lo dudo… Toca también usted una cuestión que me interesa mucho: el destino, la gloria del poeta. Dice usted que “los caminos de la gloria se han cegado”, que “el ansia de gloria se ha substituido por el afán del aplauso inmediato y lo que podemos llamar «carrera» cultural”…
j.m.a. Eso es evidente. Basta entrar en una librería y ver las novedades. Yo sigo pensando que el Arte no ofrece más que dos caminos: o la Gloria o el Olvido. La gloria es una forma más lenta de olvido, claro está. Pero lo que un artista busca desesperadamente es esa Gloria, en el sentido de “alcanzar su Sueño”, o acercarse a él, y que sus iguales lo reconozcan. Hoy se buscan otras cosas: dinero, fama momentánea, poder en uno de sus más bajos escalones, dentro de ese mundillo literario tan mediocre y sórdido como el que nos rodea.
a.r. Sí, es muy triste; todo basado en amiguismos y grupúsculos, que se van dando premios y prebendas entre ellos por todas las plazas de España…
j.m.a. Forma parte del ritual de la gamella del Poder. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Pero todo ese clientelismo literario no debe importarle a usted, porque no van a sobrevivir ni a su propia y desdichada vida.
a.r. Y esa Gloria de que usted habla le lleva a uno, supongo, al Arte por el Arte…
j.m.a. Pero es que yo no sé qué es eso de “el Arte por el Arte”. O el Arte al servicio de… lo que sea. Con el Arte por el Arte me pasa lo que a Pla, que decía que era como oír el gorjeo de un canario en una casa donde estaba el difunto de cuerpo presente. Y de cualquier tipo de servicio, que voy a decirle; el único que conozco es el servicio doméstico.
a.r. Dentro de su crítica a la poesía española de finales de los ochenta y principios de los noventa —salvo honrosas excepciones que usted establece, como Marzal, Gallego o Benítez Reyes— usted habla de “los odios y amores exacerbados, la arrogancia juvenil, la embestida arbitraria, ese saltar sin red aun a riesgo de romperse la cabeza”, como elementos imprescindibles para cualquier cambio de sensibilidad…
            j.m.a. Hombre, hay más honrosas excepciones. Hablo de ellos porque son amigos y los quiero mucho, además de buenos poetas. Pero podría citar también a Mesanza, a Oliván, a Díaz de Castro, a Aurora Luque… y eso hablando sólo de poetas posteriores a nosotros.
            a.r. ¿Pero de verdad ve usted hoy por algún lado ese saltar sin red, ese riesgo desbocado, en algún poeta cercano?
            j.m.a. Mire… hay versos de por ejemplo Leopoldo María, que son de tener en cuenta. Luis Antonio no creo que busque la comodidad de la mano ya caliente, de abusar de temas y enfoques que ya conoce muy bien, sino que no para de meterse por caminos nuevos. En Felipe Benítez también puede usted ver esos destellos con riesgo. Y bueno, otros muchos ejemplos.
            a.r. Hablando de Panero, de quien usted dice que quería ser un poeta maldito y al final lo consiguió, y ya que pude conocerle por fin hace poco en Cosmopoética 2012, con todo aquel número suyo de las coca-colas en el escenario para acabar farfullando palabras o versos ininteligibles, alguien —otro novísimo— me decía luego que en Panero, aparte de su evidente locura, existe también un claro componente teatral. Vamos, que no está tan loco como parece…
            j.m.a. Hombre… no sé si hay algo de impostado en ese “malditismo”, pero le aseguro que Leopoldo ha jugado fuerte. No sé el alcance de su locura, aunque es un concepto que me desagrada, porque ¿qué es la Locura?. Lo que me importa es su obra, y lo que le haya llevado a escribirla, vale. De cualquier forma no es la poesía de Leopoldo uno de los caminos que yo frecuente. Lo quiero como amigo y admiro algún verso, eso es todo. Pero desde luego siento mucho más respeto por él que por la mayoría de los “compañeros de viaje”.
a.r. Critica usted también el formato barato de los libros actuales, la falta de volúmenes excelentes, esa detestable estética del libro de bolsillo, su fungibilidad y falta de resistencia al paso del tiempo… “Como si estuvieran hechos para no ser tocados —dice usted—, los abres y te quedas a veces con las hojas en la mano”…
j.m.a. Bueno… yo creo en los libros antiguos. Libros que tras cien o más años —yo tengo muchas ediciones en mi biblioteca, y no le hablo de ediciones especiales, de bibliófilo, sino de libros normales, para venta normal en librerías— están como el primer día. Amo esa forma de editar, de respetar no sólo al libro, sino al lector. Ahora, aunque por suerte compro pocos digamos “nuevos”, lo que sucede es que en cuanto abres el libro, se deshoja. Yo tengo que usar mucho fixo.
a.r. Otra cuestión al hilo del tema de la decadencia cultural que vivimos: “Ha desaparecido —dice usted— el principal canal transmisor cultural, que es la familia, donde… se transmitía… una visión del mundo, un modo de vivir”.
j.m.a. Este es un tema que no sé si una conversación como la nuestra es el mejor lugar para desarrollarlo. Es muy complejo. Eliot lo ha tratado muy bien. Sí, sin duda la desaparición de la Familia como canal de transmisión de la Cultura ha herido a ésta de muerte. Piense usted en haber dejado algo tan importante, algo que es lo que nos “constituye”, en manos del Estado, de los gobiernos de turno, que suelen servir casi siempre los más cuestionables y perversos intereses. Pero bueno, hemos dejado también en sus manos nuestras libertades todas. La gente se toma la píldora de las elecciones y con eso piensa que ya está bien.
a.r. Habla usted también en esa conferencia sobre la poesía actual (la de los años 90’, e imagino que también es aplicable a toda la que se ha escrito hasta nuestros días) de una conchabanza de los poetas con el Poder, de un acomodo social confortable, y esto según su opinión es lo que está llevando al exterminio de la poesía, a que la sociedad la deje de lado, la ignore, porque ya no la necesita…
j.m.a. Es de lo que hablábamos antes. Eso es lo que hoy es frecuente. Piense en sujetos como García Montero y compañía.
a.r. Sí, es posible que ello haya influido, toda esta canalla de las mafias poéticas que campan a sus anchas desde hace años. Usted habla de García Montero…
j.m.a. García Montero es especialmente repugnante.




[1] Escribo en lengua francesa, pero Dios me libre de escribir en literatura francesa.

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