domingo, 21 de diciembre de 2014

LA POESÍA ES UN DESTINO EN CARNE VIVA






a.r. Entrando en su último libro de poemas publicado hasta la fecha, Los obscuros leopardos de la luna (2010), habla usted en el primer poema de “un desasimiento que es Libertad / la única posible”. Hábleme de esa sensación.
j.m.a. Supongo que me refiero a que en el fondo de ese desasimiento, yo veía la Libertad, o una de las formas de la Libertad. Pero no es un camino agradable.
a.r. Ese ente, esa cosa acogedora y fascinante, y a la que usted llama Lesbia luna —en honor de aquel nombre de mujer que encontró al azar en una esquela de un periódico en Venezuela— en su poema del mismo título ¿es la Poesía personificada, la creación poética?
j.m.a. Bueno… Lesbia Luna… En realidad, el nombre completo era aún más impresionante, más poético, no lo hubiera mejorado Quevedo, era Lesbia Luna de Guerrero. Fue un nombre en una esquela en un periódico que ojeé una mañana, esperando a Carmen y a Ami, en el hotel de Caracas. Y no sé, no lo creo que sea la Poesía, ni nada así. Era simplemente un nombre que me emocionó. Y siguió dando vueltas en la cabeza hasta dar lugar a ese poema.
a.r. Pero me refiero al texto del poema, ¿ahí “Lesbia luna” seguro que no es la Poesía, o el Arte?
j.m.a. No, no es la Poesía. No simboliza nada. No me gustan los símbolos. Es, simplemente, Lesbia Luna, el sonido de ese nombre, esas dos palabras. Lo que puedan hacerle sentir a usted.

El cielo es de hierro                 sobre el Neva amarillo.
Tigres denso                  lo cruzan,
pantanos solitarios
donde se pudren los ahogados.
Los palacios refulgen
como las luces de los coches en las autopistas
al atardecer.            Y este olor
a cine antiguo
(cruje al pisar la sangre de la acomodadora
que yace bajo un palco con las venas cortadas).
Ah, qué
     funeral
solemne. Esta
respiración de agonizante.
La noche de plata de la memoria.
Las hebras pálidas de esperma que palpitan
en gargantas iluminadas como la aurora.
Un resonar de frío.                  Ganchos de carnicero.              Mas

nada has de temer
si Lesbia Luna,
si la esmeralda de su alma
ardiendo con las piedras terribles
que salieron del mar si la cortante lluvia
seca de sol si
perfumes espesos
como la muerte.
No.                Nada
has de temer

si Lesbia Luna.

¿Oyes su inmenso canto
derramado como un golpe de sal en los ojos?
¿Los vidrios que palpitan
en el hedor del sacrificio?
¿La mano fría y sudorosa              de la desesperación?

No. Nada
has de temer.
Los espejos no se han llenado de asesinos,
ni su mirada blanca obscurece la soledad,
ni son verdad esos pájaros mórbidos
que se clavan en las nubes como cristales rotos,
ni el mar de asfalto hirviendo,
pisadas en la arena húmeda.                   No          Nada
has de temer
si Lesbia Luna.


Los silencios atravesados por una noche deslumbrante,
las uñas ¡las uñas!
que rasgan el polvo de tu ropa,
las monedas de oro en las entrañas de los ángeles, las mujeres
que se desnudan tristes en solitarias habitaciones de hoteles miserables,
ese fulgor de trenes muertos,
los golpes en la puerta. Nada
puede hacerte
daño si

Lesbia Luna.
Su venenoso cuajado en los diamantes.
Los huesos astillados del crepúsculo.
El opio y su arco iris. El ámbar de la lepra.
La espuma de la angustia.
La sangre coagulada de los locos.


      No.
Nada si
Lesbia Luna,
si ella dice Te amo,
ahí
      desde esas aguas tristes
donde ponen huevos                 esas aves que aúllan
en los almacenes del exterminio

a.r. I will o’ertake thee, Cleopatra[1](2000) es el título de un poema, no de amor, sino de Deseo, un deseo tremendo; a pesar de ello ese poema ganó un premio de poesía amorosa…
j.m.a. Era un premio en Palma de Mallorca. Eso me gustaba, porque es una ciudad, como todas las islas, que me gusta y a la que he ido muchísimas veces. No sé por qué me presenté, porque yo no suelo enviar poemas a los premios. Pero tenía esos versos y lo mandé. Me lo dieron. Si se equivocaron es asunto de ellos, pero ya sabe usted que en español hay pocas posibilidades de encontrar una palabra que defina con exactitud las diferentes formas del amor o del deseo, sus matices, su variegated[2].
a.r. ¿Hay que leer sólo a los poetas antiguos —como dice usted que hacía Kavafis—, o hay algún contemporáneo hoy que merezca ser leído?
j.m.a. Contemporáneos lo somos todos. Y nos enseñamos unos a otros cómo no caer en algunos errores, y no sólo en el futuro, sino modificando matices en el pasado. En realidad es una sola obra que vamos afinando entre todos. Pero en cuanto a leer, le aseguro que hay unos cuantos escritores podemos decir que “recientes”, o “actuales”, que leo.
a.r. ¿En el poema de la muerte de Vitelio estaba usted pensando en algún gobernante nuestro reciente? Y, otra cosa, ¿qué es la Depredación?
j.m.a. Pensaba en todos. Y muy especialmente en los españoles, que por entonces creo que eran el Sr. Rodríguez [Zapatero] y su pandilla. Y “Depredación” es lo que los gobiernos suelen hacer.

Cuenta Tácito
el final de Vitelio.
Derrumbado aquel sueño bestial,
abandonado hasta de sus esclavos,
Vitelio huye espantado recorriendo las salas
de un palacio vacío
(vastum desertumque), abriendo puertas
que ya no dan a nada, a nadie;
“aquellas soledades y aquellas salas ocupadas
por un mundo silencio” dice
la traducción de Coloma.
Aterrado, sin tener donde esconderse,
termina acurrucado en una sombra sucia.
Y allí lo encuentran y
ahí
fue acuchillado, no sin que su última mirada
viera el derribar de sus estatuas.

Ah… qué tiempos aquellos.

***

*Y, obviamente, condena extensiva a todos los aspirantes a la Depredación.

a.r. Hay un poema terrible, maravilloso —¡Sin prisioneros! (2009) se titula— en que Rimbaud le habla al propio Álvarez. ¿Es este poema una crítica velada contra los poetas de su tiempo, los cenáculos literarios oficiales e intelectuales?
j.m.a. No contra los poetas. Contra “mi” tiempo.
a.r. En ese poema hay unos versos tremendos, transparentes, que quiero que me comente: “Lo importante es la vida, / su trallazo. / Y la Poesía es un destino en carne viva”
j.m.a. El Arte es un pedazo de la Vida. Es Vida, lo mismo que cualquier ser vivo. Y desde luego, un destino en carne viva.
a.r. Luego, más adelante, y en el mismo poema, viene aquello terrible y dirigido a los poetas, aquello de “Viene un mundo / donde seremos ininteligibles. / No ya lo que digamos, lo que amamos: / Sino lo que somos”
j.m.a. Ya lo somos, supongo. Fíjese la cantidad de notas a pie de página que hay que meter en los libros. Y todo aquello que deba explicarse, no sirve para el Arte, que emociona o no según se respire esa complicidad con lo nombrado. Virgilio no tenía que explicar Venus, ni siquiera qué había sido Troya. Pero ahora vivimos en la amnesia. Una amnesia decretada y conseguida pacientemente, muy favorable a los totalitarismos. Y en esa amnesia, se desvanece, se convierte en extraño, ajeno, incomprensible, no sólo la Cultura, sino nosotros, los encargados de su culto.
a.r. Insiste usted de nuevo en el Horror, en el tema del Horror —del que ya hablamos en nuestras anteriores conversaciones—, en el poema de Nina Gaguen-Torn, aquella mujer que recitaba poemas mientras le torturaban los comunistas… ¿Por qué esa fijación?
j.m.a. En realidad la primera fijación con Nina Gaguen-Torn vino por su belleza y la imagen de esa belleza juvenil torturada por aquella gentuza. Luego ya fue saliendo el poema. Pero no sé cómo nace un poema. Asisto a su desarrollo y me limito a podar, a, como diría Popper, corregir errores.
a.r. ¿Acabará usted, como Kundera, enclaustrado en una casa de París con sus libros, sin querer ver ya a nadie, buscando el oro de las palabras —como dice usted en sus versos?
j.m.a. Quiero mucho a Kundera. Envidio su talento… y su casa, porque tiene una casa magnífica; no lejos de la mía. Y acabar así —aunque Milan puedo asegurarle a usted que no está “acabado”, sino harto de tanta mediocridad como ve fuera de esa casa— no estaría mal. Con una cabeza como la suya uno tiene bastante para no necesitar más.
a.r. ¿La conversación que mantiene usted con Malaparte, en el poema XII de Los obscuros leopardos, sobre la debacle de este mundo nuestro pero la necesidad de asirse a la Belleza, esa conversación hoy ya ininteligible, con quién podría mantenerla usted en nuestra vida actual,real y presente?
j.m.a. No conocí personalmente a Malaparte. Me hubiera gustado. Creo que fue un hombre notable, y desde luego coincidimos mucho en nuestra forma de contemplar el mundo, tanto ese mundo como es, como en la forma de verlo. Yo he tenido mucha suerte en mi vida, he encontrado bastantes personas con quien hablar de forma divertida e interesante. También es verdad que algunos ya han muerto, como Revel, que vivía ahí, al otro lado del río, o García Gómez, o Spender, o Jaime Gil… no sé, muchos. Qué voy a decirle de Chamorro o Viertel, o Javier Roca, o Carme Riera… No sé. Estamos hablando ahora usted y yo y no creo que esta conversación sea vana.
a.r. No, claro… Hábleme de Budapest —estuvo usted hace poco, creo recordar—. Aún no hemos hablado de ella.
j.m.a. Es una ciudad a la que llegué por primera vez en 1976, cuando llegamos juntos Eduardo Chamorro y yo. Me enamoré de ella. He regresado no sé cuántas veces y cada vez me gusta más. Continuamente. Adoro Budapest. ¿Por qué? Pues no lo sé. Puedo hablarle de su belleza, de los húngaros, y sobre todo de las húngaras, de mi cultivo de los mitos… pero no le explicaría mucho con eso, porque es adjudicable a otras ciudades incluyendo algunas con las que no he establecido vínculos. Sencillamente: amo Budapest. Y he vivido todo el proceso del Comunismo, de la salida del Comunismo y de la actual “ciudadanía europea”. Tengo muchos amigos, muy queridos.
a.r. Hábleme de esas chicas americanas jóvenes que vienen a París buscando la pasión amorosa, de las que me habló y me señaló in situ una vez estando en París, cerca de la Shakespeare & Co., sentadas en el Café Petit Pont, en el verano de 2009.
j.m.a. Usted ha visto a algunas de ellas. Son preciosas. Supongo que para ellas, París está envuelto en papel rosa, tienen la cabeza llena de lo que en EE.UU. sueñan que es París, y que probablemente viene de sus escritores de los años 20 y 30. El hecho es que sueñan con venir a París, y una vez aquí, claro está, la ciudad las deslumbra, y si a ese deslumbramiento literario-cinematográfico le une usted el sound and fury[3] de las hormonas a esas edades, y la oportunidad de tener algo que recordar, y, yo qué sé, las ganas de joder impunemente, pues es natural que la mayoría regrese a EE.UU. con algún polvo memorable o no según la suerte que haya tenido. Lo que sí sucede es que todas pasan por la Shakespeare. Es como un rito. Y yo es raro el día que no doy una vuelta por la Shakespeare, a ver si encuentro algún libro raro que haya sacado Sylvia de los que guardaba George.
a.r. ¿Qué fue de aquella traducción de Baffo que estaba usted preparando en 2005 cuando coincidimos en Venecia?
j.m.a. Pues no fue. Está parada. Como la de Gaspare Stampa. Como tantas cosas. La de Gaspare Stampa suelo incluso llevármela en la maleta en muchos viajes, por si acaso me aburro una noche en un hotel. Pero no ha avanzado mucho. Y la de Baffo está parada hace mucho; yo creo que tengo dos o tres poemas solamente y no termina de gustarme mi versión.
a.r. Hay un poema con mucho voltaje, En el puente de Triana (2009) se titula, que recuerda a un episodio de su novela La esclava instruida, una relación sexual furtiva atrapada entre el ruido y la algarabía de un paso de la Semana Santa sevillana. ¿Es real ese episodio o imaginario?
j.m.a. Mitad y mitad. Pero tendría usted que ver lo que es ese pasar de la Macarena por el puente, con la Luna encima y la fuerza que parece salir de la tierra fundiendo a la gente con ese paso sagrado. Yo es de las cosas más emocionantes que he vivido. He ido muchas veces a la Semana Santa de Sevilla, y aunque ya no es lo que era, pienso seguir estando allí en esas noches inefables.
a.r. Tendré que ir alguna vez, sí… Su poesía a veces es una poesía que llama a la rebelión contra las normas ¿no?
j.m.a. Espero que sí, y espero que no a veces.
a.r. ¿El hedonismo puro es sentir placer al escuchar el placer de los demás a través de las paredes de una habitación de hotel?
j.m.a. Es una forma de placer. A mí me hace feliz que los demás sean dichosos.
a.r. En su poema Una historia inmortal o Mein Bettschatz[4] (2009), habla usted de “cuando éramos libres y el placer / una corona de alegría”. Quiero que me hable de esa libertad.
j.m.a. Bueno, cuando teníamos menos infiernos en la cabeza que pueden entenebrecer ese placer. Tener la cabeza limpia es también una forma de Libertad.
a.r. Hay un poema, el XVII, con un título larguísimo, Others abide our question. Thou art free. We ask and ask—thou smilest and art still, Out-topping knowledge[5] (2010), un poema que tiene como escenario su amada Venezia, que contiene una reflexión altísima sobre lo que ha sido su vida…
j.m.a. Pues así, de entrada, no lo localiza mi memoria, pero sin duda debo llevar razón.
a.r. Pues no hay problema, José María, yo se lo refresco. La escena transcurre en Venecia; inspirado por la atmosfera del lugar usted va repasando en la memoria diversos referentes artísticos de su vida aparentemente inconexos hasta darse cuenta de que todo es uno, todo es lo mismo, Vida y Arte se hacen uno:

La tarde muere como un niño
y la brisa suave del Canal
acaricia mi rostro, lleva el humo
de mi cigarro, lo veo desvanecerse. Enfrente
las luces de la fondamenta delle Zattere
nimbadas por una delicadísima neblina,
como pasar un dedo sobre seda.
La belleza absoluta de Venezia muriéndose.
Pienso en Pound, lo veo caminando
por ese muelle, ya tan fuera del mundo…
Maestro, eras tan grande
y te debemos tanto. Bebo
a tu salud. Un vaporetto pasa. Pienso en las ruinas
de Taxila, abandonadas en la lejanía
de Asia, barridas por el viento,
donde los escultores de Alejandro
pusieron rostro a Buda. Pienso
en lo feliz que fui en Cambridge. Vuelvo a las páginas
de HENRY IV que me acompañan esta tarde,
al final de esa escena en la Board´s Head Tavern
que ya no necesito el libro para repetirla;
después de la parodia helada
de Hall y Falstaff; y el viejo gordo dice
Banish plump Jack, and banish all the world,
que corta como un tajo de carnicero
ese I do, I Will.
                             Y suenan unos golpes en la puerta.
Dios mío, cómo es posible
ir tan lejos.
Cómo suenan esos golpes, cómo resuenan en lo que seamos.
Despedir al viejo Jack
es despedir al mundo…

¡Lo haré!

Todo esto qué contemplo, para mi
sería nada sin estas palabras. Pero también esas palabras
serían nada sin todo esto, cuanto he vivido,
la gente que pasa, la curiosidad por sus vidas,
el aire que me da en la cara,
el impacto de la belleza de algunas mujeres,
la vida…
Porque los libros, cuando lo son, son vida,
sangre, que nos hace vivir
más y mejor.
Shakespeare lo sabía. Por eso no contesta
-como dice Arnold- a
nada. Sentimos su sonrisa como advirtiéndonos: Has de verlo
tú. Porque ese ser Vida y Libre,
saber que la razón no tiene todas las respuestas,
es en verdad más alto que el Saber

j.m.a. No está mal.
a.r. Hábleme de Consuelo Berges, que tengo entendido que fue muy amiga suya, y pudo usted conocerla al final de su vida. Qué me dice de su magnífica labor como traductora de su amado Stendhal…
j.m.a. Mire, Consuelo era una de esas personas que ya no encuentra uno en nuestro mundo cultural. Entregada a su destino —y no solo fue, es, una traductora excepcional, sino que también escribía muy bien— sin mirar a otro lado. Yo la quise mucho. Y no es que la conociera al final de su vida, sino que al final de su vida se encontraba en una situación económica bastante precaria, y le ofrecí que fuese a vivir en un apartamento que yo tengo en el Mar Menor. Su traducción de Stendhal —pero también tradujo a Proust, y al Duque de Saint-Simon, y muchas otras cosas— es magistral. Consuelo es una lección de cómo vivir, cómo morir, cómo realizar una tarea digna. Me siento orgulloso de que me considerara su amigo.
a.r. ¿Por qué dice usted en su poema sobre los conquistadores —El ejército de las sombras (2009) se titula— que eran “absolutamente modernos”? ¿A qué se refiere?
j.m.a. Abrieron las puertas de la Modernidad. Crearon un Mundo.
a.r. En el poema sobre Joseph Roth hay una nota a pie de página en la que dice usted algo magnífico, dice que todo verdadero poeta carece de nacionalidad…
j.m.a. Tenemos una: la Poesía, Escribir, la Lengua… Cualquier otra viene detrás.
a.r. ¿Usted se siente un exilado de qué? ¿De esta vida o de este país?
j.m.a. De esta forma de vivir que ha tomado el mundo. Y, claro está, de España.
a.r. En el final de ese mismo poema, Mort à Paris en exil (2009), habla usted de “aquello que fue Europa / antes que la despedazaran”. ¿A qué época se refiere? A antes de la Revolución francesa, imagino…
j.m.a. No, no llego a la Revolución del 89. Estoy hablando de aquella Viena del Imperio. Lo que fue aquella Viena de donde salieron —¡qué vivero de inteligencia!, lo más importante del pensamiento Occidental—, Popper y Wittgenstein, Hayek, von Mises… yo qué sé, tantos… Buber, Herzl, Roth y Zweig, Gombrich… Y no sólo ellos, sino los grandes del Cine, desde von Sternberg, a Ophüls, Wilde, Stroheim, Lang, actrices que nos han enamorado. Y muchos más, músicos, pintores, arquitectos, matemáticos. ¿Y Rilke, y Kafka, y Musil, y Kraus? La lista sería larguísima. Incluso aunque algo posterior, pero se nutre de ese espíritu, alguien como Szasz. Y todo sucede en esa ciudad pequeña, pero cosmopolita, y en pocos años, como la Atenas de Pericles. Un milagro.
a.r. Sí, eso es verdad, usted se refiere muchas veces a Budapest, y pocas a Viena. Alguna vez, sí, la cita cuando comenta lo que fue en aquellos años antes de la Primera Guerra Mundial, de los escritores que…
j.m.a. No solo de los escritores. En Viena sucedió algo que parece un milagro: durante unos años, en esa vieja capital, ya derrumbándose todo —o igual es que la grandeza precise de esos momentos de extinción—, coinciden, están juntos en cafés, en universidades, o comparten la misma ciudad, una cantidad de seres extraordinarios que parece imposible no ya que estuvieran allí, sino simplemente que vivieran tantos, que se hubiera producido tal acumulación de inteligencia, de buen gusto, de sentido artístico. Quien usted quiera, del teatro, del cine, historiadores, músicos, novelistas, filósofos, matemáticos, poetas, periodistas, gente del teatro… Es abrumador. Pero bueno, usted me preguntaba por otra cosa. Lo que sucede es que para mí, físicamente, la ciudad, existe menos que Budapest. Para mí, es Budapest la verdadera ciudad Imperial. Y es mucho más bella que Viena. Pero Viena…, acaso lo que allí sucedió es lo que dice Stefan Zweig, que era un caldo de cultivo excelente para una Cultura “común”, la unión en un espacio “superior” de muchas formas de pensar, y orígenes diferentes, y lenguas y sensibilidades, pero todos unidos en su veneración de la Excelencia.
a.r. Usted habla, considerándolo muy importante, de Thomas Szasz, que no es un escritor, sino un médico, y del que no hablan siquiera sus colegas psiquiatras, que lo silencian…
j.m.a. Pero Szasz es muy importante. Yo llegué a él por Musil, que me llevó a Karl Kraus y Kraus a Szasz. Es un médico, pero su obra es mucho más amplia que lo que podemos entender por escritos de su disciplina. En realidad, Szasz es una de las voces más considerables, que pone patas arriba la inmensa mentira en que el Estado y la Medicina y, bueno, muchos más, han convertido nuestra vida, nuestro mundo. Yo lo contaría entre los pensadores modernos que acaso han tenido influencia en mis ideas sobre la marcha de las cosas. Lo situaría en ese grupo de maestros como von Mises, como Hayek, quizá también Motoo Kimura, Popper sin duda, que han ido robusteciendo mis conjeturas, argumentando mis intuiciones, mis deducciones, y dándome mucho en qué pensar. Le debo mucho. Si no se habla demasiado de él, es porque, como a toda inteligencia no vendida al Estado, ése y sus secuaces, en este caso la mayoría de los médicos, de los psiquiatras, han hecho todo lo posible para amordazarlo, para evitar que sus enseñanzas prosperen.
a.r. Pues si ya Szasz es raro escucharlo en boca de un poeta, qué voy a decirle de un biólogo como Kimura…
j.m.a. Bueno, puede ser una cuestión de curiosidad. Uno va leyendo, y un libro un día te dice que hay otro que podría interesarte, y ese a su vez, te lleva a otro. Y uno sigue el hilo.
a.r. Sí, ahora recuerdo aquello que apuntaba usted hace unos meses en su blog de internet, aquello que decía Szasz de que “con más derechos inútiles de voto” el Poder compra estafándonos “nuestros derechos personales a lo que verdaderamente es nuestra Libertad”.
j.m.a. Debe usted leer a Szasz. Le interesará. Como le interesaría un libro que ahora estoy leyendo, La psychothérapie sous le IIIe Reich.
a.r. En estos versos finales del poema XXIV de Los obscuros leopardos de la luna, creo que en ellos reside gran parte de la esencia de su poesía: “El único sentido: / ser ese hilo sin romper / Sangre de la Alianza // Y vives una época / que lo ha cortado”
j.m.a. Sin esa unidad del discurso humano, sin ese hilo sin romper, sin ese saber que uno es un eslabón más de esa cadena de inteligencia y sentido artístico, y que no somos nada sin aquel pasado y nada sin ser también el futuro, en el futuro, sin eso somos carne de matadero, sin eso estamos muertos.
a.r. El poema XXVIII, el que lleva por título Recuerdos de la casa de los muertos (2010), contiene una crítica atroz a nuestro país. ¿Podría explicarlo un poco más?
j.m.a. El país como usted dice se explica por sí mismo. Basta verlo. Creo que me quedo corto en el poema.

A veces en la noche,
en la hiel del insomnio,
cómo te miran esos ojos.
Se clavaron en ti desde tu infancia.
Hoy has vuelto a verlos, releyendo
La educación sentimental,
cuando el policía que abate con su sable
a Dussardier, de pronto vuelve el rostro
y Frédèric lo reconoce: ¡Es Senecal!
Ese rostro es España.
Como nos mira para siempre
desde el bufón Calabacillas
o el Niño de Vallecas.
Me miran desde los cuadros y aguafuertes
de Goya, siento en la piel
el paisaje siniestro y esos rostros
de la peregrinación a san isidro.
España es ese verso de Machado
que como pocos vio la mueca
criminal de su patria: ese
trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.

a.r. ¿Y cuál es el razonamiento último de este hermoso poema?
              Escribir
             ¿Por qué no, como Li Pao,
             escribir en las cenizas de una hoguera
             y arrojar luego esas cenizas
            al agua de los mares?
                                                  Que se fundan
            con la sombra que pasa de la Luna.

          j.m.a. Saber que después de todo, no es para tanto.
a.r. También me resulta podemos decir “curiosa” su obsesión con Hume. Yo no conozco a ningún otro escritor o poeta que lo cite tanto, siquiera que lo mencione. Incluso ha titulado usted un libro con en el de un ensayo de Hume[6]. ¿Por qué?
j.m.a. Podría resumirle mi pasión con una sola palabra: Placer. El placer de su lectura. Escribía muy bien, con una ironía extraordinaria, una elegancia suprema. Y está lo que nos dice, a donde nos lleva, qué reflexiones nos regala y nos invita a seguirlas. Yo llevo cuarenta años leyéndolo, y como con Gibbon, al que por cierto se parece bastante en esa elegancia y esa ironía que le digo, siempre me ha dado más y más. Y también es uno de mis maestros, fíjese bien, en lo que pudiéramos llamar mi “política”, mis ideas sobre la gobernación de la sociedad. Mire, podríamos hablar días y días sobre la obra de Hume; pero voy a decirle solamente tres cosas que para mí han sido fundamentales: La Ley es anterior al Estado. Esto ya podría darnos tema suficiente, porque pone en cuestión todo el aparato perverso que hoy nos somete. Otra cosa, muy conocida además, espero: Las reglas de Moral no son conclusiones de nuestra razón. Lo que enlaza perfectamente con lo que él consideraba las tres leyes fundamentales de la Naturaleza: estabilidad en la propiedad, transferencia mediante consentimiento, y cumplimiento de las promesas hechas. Pero en fin, todo esto quizá para el vivir día a día, para saber uno qué debe hacer, acaso me haya conformado menos que su idea de la Virtud. Porque a diferencia de otras concepciones, entre ellas la Cristiana, donde siempre está teñida de cierto velo sombrío, con implicaciones de sufrimiento incluso, en suma, algo forzado, en Hume no he encontrado sino precisamente lo encantadora, lo agradable —Hume recuerdo que habla de una preferencia por la felicidad más grande—, lo estimulante, lo alegre, y eso es lo importante, la inmensa alegría de la Virtud, tanto para uno como para los demás. Los mismos elementos que deben según él definirla, ya lo establecen: Lo que es útil para uno y al mismo tiempo para los demás y al mismo tiempo agradable para uno y al mismo tiempo agradable para los demás. Los demás siempre están presentes en Hume, y en los beneficios de la Virtud. Y la suma de esas cualidades no tiene pingajos sucios, tenebrosos, sino alegres. En fin… También me ha formado mucho en mis ideas sobre el suicidio, sobre qué somos, sobre cómo escribir, sobre la Historia. Y hablando de la Historia, recuerdo como uno de los días más hermosos de mi vida uno en Barcelona, una tarde con mi amigo Javier Roca, que encontramos en una librería de viejo cerca de la Universidad, la edición que hizo la imprenta de Francisco Oliva, en 1843, allí en Barcelona, de su Historia de Inglaterra. Es uno de mis tesoros. Estuve todo un Verano solo con esos volúmenes. Me ha enseñado mucho. Como también Macaulay.
a.r. ¿Y cómo es eso, que decía Hume, de encarar el final “sin ansiedad ni arrepentimiento”? Son los versos finales del libro Los obscuros leopardos de la luna.
j.m.a. Así deseo el mío. Y tengo la sensación de que así será.





[1] Voy a reunirme contigo, Cleopatra
[2] Multicolor.
[3] El ruido y la furia
[4] El tesoro de mi cama.
[5] Otros aguardan nuestra pregunta. / Tú eres libre. Nosotros interrogamos sin pausa. / Tú sonríes y guardas silencio, más allá de todo saber. (Del soneto Shakespeare, de Matthew Arnold)
[6] Sobre la delicadeza de gusto y pasión.

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