domingo, 7 de diciembre de 2014

LA VIE EST ONDOYANTE (I)


alfredo rodríguez. En su poema, de 1991, titulado Recuerdo de la niñez e integrado en su obra Museo de cera, compara usted su experiencia de deseo con una muchacha, con aquella otra que gozaron los jóvenes Angélica y Tancredi de la novela El Gatopardo de Lampedusa; y al final de ese poema que es la celebración del instante, de un momento concreto maravilloso de su vida, nos dice: “…acaso eso es lo único / que se nos concede: ese contemplar el vuelo / del éxtasis…” Me gustaría que me hablara de eso, de ese éxtasis.
josé maría álvarez. Quizá mejor sería decir la invención de un deseo que es una suma de rostros en la memoria, a veces ni eso; de situaciones —¿y acaso alguna de ellas no sería también una invención de la memoria, otra transformación?—. Y claro, esa referencia que me sirve para sintetizar, ese recuerdo de la notable y saludable experiencia de Angelica y Tancredi. ¿Y ese éxtasis? Es ver el Paraíso —o la Nada— como un relámpago, sentir de pronto algo que será inolvidable.
Penumbra de persianas
bajadas, lienzos blancos
de encaje y lino, movidos
por el aire de una siesta
de Verano.
En el silencio ardiente
una muchacha y un muchacho se persiguen
jugando por pasillos, sus
cuerpos sudan, su piel está caliente, se
besan, se tocan, juegan, se desean
apasionadamente
en esa tarde abrasadora.
Una alegría cómplice, un vigor sensual
más fuerte que ellos los
guía.
    Y esas horas
cómo están ahí, en el corazón,
ascuas como aquella tarde; cuántas veces
evocas esa dicha, el brío
de aquella delicia. Que hoy encuentras
de nuevo en esas páginas
tantas veces leídas: otros jóvenes,
Angélica y Tancredi,
corretean también plenos de ardor
por las salas vacías de un palacio, se
persiguen, se
desean
con la furia de la carne joven.
Cómo arden esos besos, la huella de unos dedos
en el sudor de un cuello
desnudo.
     Ellos también
—como tú aquella siesta—
creen que ese gozo es el preludio
de una ventura que no ha de tener fin.
Ni ellos ni tú sabíais
que esa sería la única dicha,
que esos días no habrían de repetirse,
que esa emoción ya estaba herida
de muerte.

Y sin embargo, acaso eso es lo único
que se nos concede: ese contemplar el vuelo
del éxtasis. La intensidad de ese momento
como las chispas de una hoguera en el aire,
inasibles, brilla por un instante.
Un instante tan sólo. Que toda nuestra vida
no basta para olvidarlo, para agradecerlo.
a.r. Hay una cita magnífica de Yeats, en un viejo poema suyo de 1977, que dice así: “Homero es mi ejemplo, su corazón sin bautismo”. Usted alguna vez ha dicho que el cristianismo oscureció el mundo. En otro poema de 1981 ahonda usted en el tema desde otro punto de vista, diciendo “Llevaba razón el viejo Nietzsche: / Qué error esto de Dios” y reivindicando los dioses grecolatinos.
j.m.a. Yo no me siento muy Cristiano, aunque me parece una Religión superior, puede que la más considerable. Pero hay en mí, y desde niño, un poso pagano. Será como hijo del Mediterráneo. O afinidades electivas.
a.r. Sin embargo, lo que sí es cierto es que para usted la Religión es algo muy importante, se diría una de las cimas del pensamiento humano. Acuérdese de aquellos versos suyos, en el poema Sicelides musae (1993), hablando de una de sus certezas en la vida:

la capacidad de amar,
de sentir piedad ante el dolor humano
es
con la Religión, la Música, la Poesía
lo más alto que hemos conquistado.

j.m.a. Pero para mí es Literatura Fantástica. Literatura Fantástica con un plus. Además, yo el sentimiento Religioso, la trascendencia, la adoración de lo Sagrado, lo veo como un espacio que podemos decir es del Arte. Yo creo ser agnóstico, es lo que soy verdaderamente. Lo que acaso el ejemplo de mis mayores me ha dejado es un gran respeto por la Religión, por todas las Religiones, aunque abomino cuando se impone en su credo un integrismo salvaje; y entre todas las Religiones, el Cristianismo, el Catolicismo, sus formas de adoración, me parecen creadoras de Civilización acaso en mayor medida que otras.
a.r. Volviendo a su poema Sicelides musae en el que establece usted las “certezas” de la vida, descubro un verso casi de poesía social, de principio de solidaridad —es ese que habla de “la capacidad de amar, / de sentir piedad ante el dolor humano”—, que me descoloca un poco…
j.m.a. Hombre. Sentir el dolor humano, quiero decir, sentir una honda y verdadera comunión con quien sufre, sobre todo con quienes sufren injustamente; saber que nada justifica el causarle daño a un ser humano y si uno se ve involucrado en algo que pueda hacerlo, ser capaz de sentir un remordimiento profundo, desgarrador… Yo creo que eso no es lo que ahora se pretende encubrir con esa absurda palabra, solidaridad; hay otras más hermosas, Piedad, compasión. No sé por qué ese verso lo descoloca a usted. Si no somos capaces de sentir como insoportable ese dolor, no somos nada.
a.r. Ya. Si estoy de acuerdo en todo eso. Pero un sentimiento como ese, expresado en un verso suyo… no sé, se me hace raro.
j.m.a. Solidaridad es una palabra que ha sido desprestigiada por su uso actual, sobre todo porque casi siempre la escucha uno en boca de un imbécil y aludiendo a precisamente los aspectos más sórdidos, de beneficio propio, y al servicio de ideologías de una notable vileza. Yo no la empleo; han conseguido que me repugne. Pero por lo demás si quiere le repito lo que acabo de decirle. Si no somos capaces de sentir, de compadecernos por el dolor humano, si ese calor no existe en nuestro corazón, somos basura… Solo habría ese vide affreux[1] que decía Balzac.
a.r. Habla usted, en su poema titulado De la influencia de la literatura en el carácter (1992) de que cuando se es niño —con siete años en concreto, dice—, “es cuando uno lee mejor, cuando siente en su carne / cada palabra”. ¿Cómo es esa sensación, cómo se vive?, ¿qué recuerdos tiene usted de esas lecturas primeras? Y luego, en ese mismo poema, en la penúltima estrofa, dice: “al final he acabado por ver todo / bajo especie literaria…” Hábleme de esto, es maravilloso. ¿Aún sigue ‘viendo’ usted así?
j.m.a. Sí, porque los libros, cuando uno entra en ellos, cuando es “su momento”, son el hachazo que decía Kafka. Nunca se vuelve a leer con tal deslumbramiento. Yo he dedicado poemas a agradecer esa dicha. Claro. Es verle a todo, aún antes de saber qué es, su significado estético, poético. Y sí, sigo —aunque ya no lea con aquella inocencia sagrada—, sigo viéndolo todo bajo especie literaria.
a.r. Ahora precisamente se reedita en Renacimiento su vieja y maravillosa traducción de La isla del tesoro, que fue una de esas primeras lecturas de usted —si no la primera— que tanto le fascinaron de niño…
j.m.a. Bueno, no sé si maravillosa. Es lo mejor que pude hacer, y espero no haber defraudado mucho a Stevenson ni a los lectores. Pero sin duda no debe ser muy buena, porque uno es bastante inferior a sus deseos. La isla fue para mí una lectura, una experiencia, un viaje maravilloso. Pero recuerdo otros libros que me apasionaron, y siguen, alguno, apasionándome. Recuerdo el Robinson, La historia de dos ciudades, varios de Tarzán, por supuesto Salgari, al que leí enteramente; mi madre me regaló todas sus obras en aquella colección, que guardo, en pequeños volúmenes amarillos. Y muchos más. Verne, por ejemplo, claro está. Y un poco después, Rebelión en el desierto de Lawrence. En fin… Sí, leer con aquel entusiasmo, con aquel perderse, anonadarse en la lectura. Ah…
a.r. En su poema de 1986 Rühmen, das ist!, ambientado en Budapest —una de sus ciudades amadas— refiere usted el art nouveau como un arte que ama. Me gustaría que hablara de ello, de ese arte modernista y finisecular, cómo se trasluce en su poesía…
j.m.a. Sí, me gusta, he disfrutado mucho con piezas, objetos, muebles, con la decoración art nouveau. Pero no menos que el déco, y posiblemente es éste el que va subiendo en mi admiración. De hecho, si ahora tuviera que amueblar mi casa, lo haría con muebles déco. Tengo algunos. Y figuritas. Y vasos y copas, sobre todo para martinis. De hecho tengo una cubertería preciosa que viene de mis padres.
a.r. Ya, pero en su poesía, ¿no se vierte de alguna manera ese modernismo, ese fin de siglo, ese art nouveau o el déco, en buena parte de sus poemas escritos en los 60’ y 70’?
j.m.a. Puede ser. ¿Usted lo ve? Puede ser.
a.r. En un viejo poema suyo de 1969 —fíjese si es viejo que es el año en que yo nací— dedicado y que habla del recuerdo del amor hacia su segunda mujer, Isabel Martín, vuelve usted de nuevo a una idea suya muy importante para mí, muy significativa: “Hay cosas que no se juzgan. Se / contemplan”
j.m.a. Cuando uno está enamorado, como dicen, “fuera de sí”, vamos, es algo alucinante. Luego eso pasa, y deja lugar casi siempre a la nada y alguna vez, a la amistad, pero es raro. Y claro, cómo juzgar una locura, una locura que a la vez fue placentera.
a.r. Hay un final en su poema Grabado de Istanbul (1981), un sentimiento muy hondo. Dice así: “Un día / el tiempo nos confundirá / al olvidarnos”. Es un tema muy recurrente en su poesía. Ese Tiempo implacable que lo va borrando todo, hasta a nosotros mismos. Luego están esos otros versos suyos magníficos que conforman un viejo poema de 1977 y en los que reniega de su época, la que le tocó vivir: “Antes de levantar los ojos de estos versos / Ya no seré más que el polvo de una época / Que no será recordada”.
j.m.a. Ninguno seremos recordados. Esta época no crea ya hombres inolvidables.
a.r. ¿Pero por qué no?, ¿cuál es el motivo?, ¿tan vulgares y anodinos somos?
j.m.a. Yo creo que el proceso que se pone en marcha con la ingeniería social de la Revolución Francesa, y sobre todo a partir de la Americana; el proceso de sacralización del igualitarismo, no puede acabar sino en el arrasamiento cultural. Hay que leer bien y reflexionar mucho sobre la obra de Tocqueville, que ya lo vio venir. Sí, estamos convirtiéndonos en una masa bastante grisácea, anodina, con un pensamiento lleno de peraltes. Y es difícil que ahí —aunque nazcan— se desarrollen bien lo que yo entiendo por seres excepcionales.
a.r. Uno de sus primeros poemas de Museo, Dibujo de la fábula, fechado en París en 1965, —o sea, usted con 23 años— habla de partidas de cartas y de melancolía parisina bajo la lluvia recordando su tierra soleada del Sur. Hábleme de aquellos años de primera juventud en que aún no había empezado en usted ese desapego, ese desarraigo que años más tarde se desarrollaría profundamente en su vida. Luego, en otro poema aún más antiguo, Ah, la naturaleza! (fechado en 1962, usted con 20) vuelve el tema de esas partidas de póker y de la vida de bohemia bajo la lluvia en París.
j.m.a. Donde más tiempo he pasado jugando al póker no ha sido en París, sino en Madrid y Murcia, y también en Barcelona. Añoro aquellas noches. Pero no crea, ya en esa juventud a que usted alude, yo estaba bastante desarraigado.
a.r. ¿Pero desarraigado de qué?, ¿o de quiénes?
j.m.a. No… de la vida en general a mi alrededor, de las costumbres y forma de relacionarse las personas. España siempre me ha resultado un poco extraña, ajena. Hay cosas que me son muy mías, entrañables, que acaso no encontraría o no he encontrado en otros sitios. Pero son pocas. Y es muy grande la distancia con todo lo demás.
a.r. Hábleme de Sunion, de las columnas del templo de Poseidón, lo que usted sintió allí, lo que ‘tocó’. Luego, en 2004, una legendaria fotografía de Carmen Marí, su mujer, fue el cartel de presentación de Ardentisima, el festival internacional de poesía que usted organizó durante muchos años.
j.m.a. Una fotografía hermosísima. Carmen es excelente cuando se dedica a las ruinas clásicas —yo mismo ya soy casi una ruina clásica—, a fotografiar esculturas. Tiene un ojo especial, sabe sacarles la “leyenda”. Y Sunion… ah. Yo, como apasionadamente propenso al mito, que diría Jaime[2], cuando toco una columna en Sunion siento que me estoy uniendo a su destino, que me transmite algo de su historia, de otras gentes que pasaron por ahí, que se humillaron como yo ante esa grandeza. Al sueño que las levantó.
a.r. Es curioso. Esa misma sensación sentí yo hace años al tocar las columnas del Foro romano. Será que también soy un mitómano como usted…
j.m.a. Sin duda. Pero no es mal caldo de cultivo para ser poeta.
a.r. Me gustaría que habláramos de La educación sentimental, la novela de Flaubert que tanto amó y ama usted. El poema de 1975 que lleva su título original en francés habla de cuando usted adquiere ese libro en aquella librería de viejo inglesa, y al final, en el clímax del poema, habla usted asimismo del final de la novela —ese último, y trascendental al parecer, diálogo entre Frédéric y Deslauriers—, como “aquel final / que bien cierra el de toda juventud / tal como va a permanecer en la memoria”.
j.m.a. Bueno, en realidad creo que no fue en Cambridge —si es Cambridge donde sucede el poema—, el encuentro con ese libro. Tampoco estoy seguro, trato de olvidar mis poemas, pero me parece que fue en Tánger. De todas formas da igual dónde sucedió la realidad, lo que importa es dónde sucede el poema. Y queda mejor en Cambridge, si fue Cambridge, que en Tánger. De todas formas en Cambridge he comprado muchos libros, muchísimos, ¿y por qué no este? Lo importante es el encuentro con el libro. Eso sí fue así. Puedo revivir la situación, incluso el color de la hora. Y la lectura aquella noche. Pero se confunden las habitaciones de hotel. Lo que pasa es que a veces se ha interpretado mal lo que yo quiero con esa cita, como si aludiera a un “gran” momento de Frédéric y su amigo, de su pasado. Porque lo que Flaubert nos dice es que la referencia es a lo anodino, sin atributos, de sus vidas.
a.r. No me diga usted que trata de olvidar sus poemas. Porque yo algunos de ellos no me los puedo quitar de la cabeza…
 j.m.a. Pues quizá sería mejor que recordase usted, aunque imagino que se los sabe de memoria, a Manrique, a Quevedo, a Borges, a San Juan. Yo creo que he escrito demasiado, y claro, se me olvidan muchos poemas. Hasta los treinta o treinta y cinco años me los sabía todos, pero eran muchos menos y los recitaba con mucha frecuencia, las lecturas eran constantes. Y desde luego, hoy hay muchos que me gustaría olvidar y que los olvidaran ustedes.
a.r. Hay un viejo poema suyo que retrata perfectamente al personaje. Su personaje quizá más controvertido. Ese que a mí me fascinó, me atrapó hace muchos años, al principio, en las primeras lecturas de Museo, cuando nadie era capaz de escribir así —luego todo esto ha sido imitado hasta la saciedad. Es ese personaje suyo que vive al límite. Me refiero al que retrata el poema Glass-glint of wave in the tide-rips again sunlight que usted empezó a escribir en 1961, con 19 años:     

No levanto la persiana por si
hubiera
desaparecido
el mundo. Escucho el ruido que hace el
                                      [hielo en mi vaso la
mano lo mueve mecánicamente Miro
las aspas lentas
del ventilador. Las
gotas
de
sudor resbalan
por mi cuerpo, bajan, desde la frente, el cuello, suaves
barbilla abajo algunas
se deslizan por el
pecho
hasta el vientre. Las
notas.

El decorado es convincente. En
el suelo, junto a la cama, la vida ha situado
un cartón de Habanos roto cuatro o cinco
cigarros apagados cascos de vodka, el volumen
I de LIVES
OF POETS, un plato
con
restos de arroz.                                                        Lo que haya
fuera

hierve.
La caravana de Damasco era un espectáculo
grandioso, escribía
el capitán

Burton.                                                                              Calor
de cristal Exótico Inmensas
Lunas del opio

rajadas

   Las

gotas
de sudor, dan de beber
a las moscas. Las persianas abrasan
como esqueletos de sirenas.

Cuando cierre
el bar
subirá
la mulata.
O su madre.

Acaba la botella. Intenta
dormir.

Por cierto, ¿dónde, en qué lugar está ambientado ese poema? Y, de paso, hábleme del Capitán Burton y de su caravana de Damasco. Porque su aventura hoy no sería posible, está claro. Ese mismo personaje suyo tan espléndidamente libertino, provocador y que usted parecía interpretar muy gustosamente, vuelve a aparecer en su poema Eldorado, de 1971:  

cosas muy importantes en el mundo algunas
                                                      particularmente significativas
           por ejemplo a las 5 1/2 de la madrugada
   muerta ya la fiesta
cuando después uno se acuesta todo huele se
mezclan
en el contrapelo del cansancio

la sonrisa casi estúpida de una joven a quien
       nadie invitó                 algún
                                                        cuerpo de otra
                             fiesta                 más
                     sed
             que al principio                         quiero
                     decir
cosas
en ese filo de ordenar la noche se
revelan
un cuadro de Rousseau los últimos
días de Lester Young la Serva Padrona
Harlem Fuss de Fats Waller un
poema de Kavafis
Borges un
tango                                     Mizogushi
de
pronto bajo esta especie de
Novia desnudada por sus solteros
Sitúa se la noche

entre Li Po

y el lujo

Es sin duda el mismo que habla en el poema Non, je ne regrette rien, el que no se arrepiente de nada:

Luces degolladas en la ventana
Descompuestas como el carmín de una puta
Plumas de saliva las escamas
Perfectas del alcohol
Enormes párpados de aves
Palacios de agua en la desnudez

El poeta que vive al margen de todo, sin límites, sin leyes, el derrotado, el outsider, y que recoge también ese otro poema suyo de 1970 y que lleva un título muy significativo, Todo lo que necesito es dinero:

Vivir Llevar el cuerpo hasta ese extremo
En que todo se revela
Qué importa que el Infierno esté a la vuelta
Si ves la Luna de la vida
Oh luz de la Derrota
              
j.m.a. Es lo mismo que con el poema de La educación sentimental. Este otro sucede y está ambientado en mi cabeza. Claro que esa cabeza almacena muchos lugares y situaciones. Pero al capitán Burton, que es lo importante, hay que leerlo, y admirar su vida. Bueno, hoy, supongo, ese tipo de vida, esas aventuras no son ya posibles. Pero con respecto a Todo lo que necesito es dinero, tengo la sensación de que me ha faltado fuerza, decisión, acaso locura, para llevar la cabeza “allí”.
a.r. Hay un poema en MuseoUne saison en enfer (1992), se titula— en que usted habla explícitamente sobre el personaje de sus versos, ese Álvarez-personaje que a mí tanto me interesa, como alguien creado por usted a lo largo del tiempo y que se va superponiendo en otros muchos personajes sin solución de continuidad. Dice así: “…Quien hoy recorre / mis caminos es, sí, aquel niño cuyos ojos / se deslumbraban (…) / mas no menos / el personaje soñado por aquel niño / y el propio personaje que el personaje ha creado. / Donde no morir. Donde no moriré”
j.m.a. Recordaba ese último verso. Lo otro es como si me leyera usted algo de un desconocido. Sin duda he escrito demasiado. Aún tendría que olvidar más. Bueno… de eso se encargará el tiempo.
a.r. ¿Pero cómo se va a olvidar algo tan grande? Lo que ocurre es que aún no ha sido bien aprehendido. Pero no me rehúya el tema, por favor. Siempre que le pregunto a usted por “el personaje” se me va a otra parte…
j.m.a. Pero ese personaje no es algo creado conscientemente. Supongo que es algo que se desprende de las palabras escritas, y que además da lugar a tantas variaciones quizá como lectores. Cuando yo digo ahí que ese que camina es la suma de quien era y sus sueños y todo lo que esos sueños han engendrado, creo que me refiero a una experiencia común. En un poeta quizá tenga matices diferentes que en un buzo, aunque también me parece un destino bastante poético; pero es una experiencia común.
a.r. No sé yo si muy común… Yo creo que un poeta cuando escribe, cuando lo es de verdad, necesariamente crea un personaje, una máscara desde la que grita al mundo sus poemas.
j.m.a. Yo creo que da igual que hable el poeta o lo haga su máscara. Lo importante es cómo conforma, cómo modela el material de su narración. Una vez, en una conferencia creo recordar que puse el ejemplo del penacho del casco de Héctor en la Iliada. La crin como fuego al viento. Supongo que esa crin existía, que Homero había visto eso. Pero lo que la convierte en Arte es lo que ve Homero en ese verso donde se convierte en una llama, y en una llama al viento. Sin ese viento no existiría.



[1] vacío horrible.
[2] Gil de Biedma.

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