lunes, 8 de diciembre de 2014

LA VIE EST ONDOYANTE (II)



alfredo rodríguez. Rememorando los tiempos de bar de su juventud, titula usted en 1986 uno de sus poemas que yo más he admirado desde hace años, I can only say, there we have been[1]. Ese sujeto plural del que usted habla, y en el que se incluye, yo creo que es el mismo que vuelve a aparecer muchos años después (2006) en la dedicatoria impresa de su libro Sobre la delicadeza de gusto y pasión, que dice así: A todos los que estuvimos allí. Con el “allí” subrayado. Hábleme por favor de ellos y de ese lugar mágico.

josé maría álvarez. “ALLÍ” es “DONDE PASÓ”. Donde hubo algo imperecedero.

a.r. ¿Pero quiénes son los demás, esos que le acompañan?

j.m.a. Ah, de toda la Historia. Y supongo que también incluyo el futuro.

a.r. Solo usted es capaz de darle la vuelta a ese eslogan terrorífico de las autoridades sanitarias que aparece impreso en los paquetes de tabaco: Fumar mata. El verso final en su poema Sacra Lucerna dice así: “Y el humo de ese cigarrillo que te da la vida”.

j.m.a. Creo que mis versos son anteriores al ucase sanitario-estatal.

a.r. También es usted un defensor a ultranza del alcohol, incluso y bien administrado, en su dosis perfecta, como coadyuvante a la escritura poética. Recuerdo unos versos suyos: “…y bebes lentamente, y entras / en esa lucidez alcohólica…” Hábleme de esa lucidez.

j.m.a. Soy un defensor de que cada cual haga lo que quiera con su vida, siempre que no dañe a nadie o trate de imponerle algo. Es lo mismo que pienso sobre las drogas.

a.r. Ya. Pero para escribir. El alcohol para escribir, para que “brille” la inteligencia…

j.m.a. Sí. Sin duda. Y si no brilla mucho en ese momento porque se ha pasado uno, puede quedar algún relámpago que después se pule. El alcohol y las drogas nos han acompañado desde el comienzo de nuestro andar por este planeta. De hecho, hasta hace poco, menos de cien años, muchas de las hoy consideradas prohibidas, hablo de la cocaína, la morfina… eran de venta libre y formaban parte (bueno, aún lo hacen) de muchos medicamentos. Yo no he escrito nunca con drogas, pero sí con alcohol.

a.r. En su poema Bizedi, de 1995, que trata sobre la opción de las drogas —opción que usted siempre ha rechazado para sí mismo aunque la respeta en otros—, toca una reflexión que me parece muy interesante: habla de que, sí, es necesario de vez en cuando “entregar cuerpo y alma a los abismos / de eso que hay en nosotros escondido (…) / tocar el esplendor de ese misterio / salvaje, que jamás descifraremos”, pero siempre que al fondo nos iluminen “las columnas ardientes de la sabiduría, / el Arte” o “el ejemplo indeleble de los grandes”.

j.m.a. Todas las culturas, por decirlo de alguna forma, se han drogado. Porque los estados de la mente a donde conducen algunos productos, no son sino otras formas de conocer, de ver, de sentir, y por supuesto, la “otra” idea del mundo que puede descubrirse es lo no tolerable para el poder, sea el que sea. Yo no he tenido contacto con el mundo de las drogas; cuando era joven fumé alguna que otra vez marihuana, pero no me produjo mayor felicidad que la que ya me regalaban Mozart o Verdi o tantos libros y ni siquiera —al menos a mí— mejoraban los placeres digamos de la carne. Lo único que para mí tiene interés es el opio. Pero no soy un habitual de sus infinitas blancuras. Podemos decir que no es un mundo que me interese ni que pasee por él. Pero lo que sí soy es un defensor convencido de la necesidad de “legalizar” las drogas, no sólo las que llaman “blandas” sino todas. Que se puedan vender normalmente. Quien quiera usarlas, aunque sea sin sentido, por moda, que las use. Eso —sin ser una situación buena— me parece la menos mala. Descenderían seguramente los consumidores, la sociedad ahorraría una cantidad impensable de dinero, que podría usar mejor; las cárceles sin duda se quedarían para lo que verdaderamente deben estar. Y desde luego cuántas muertes por sida y otras enfermedades nos habríamos ahorrado.

a.r. ¿Pero no le parece que esos estados causan accidentes u otras cosas?

j.m.a. Castíguese eso. Como sucede con el alcohol. Castíguese el delito, pero no el consumo que lo haya provocado.

a.r. Me gustaría que me hablara de aquella mañana de invierno de su infancia en que su madre le llevó al Museo del Prado y que usted recuerda con tanto amor en algún poema suyo.

j.m.a. ¿Ve? Esa imagen sí es lo que fue. Recuerdo aquella mañana. Era Invierno, porque recuerdo el frío y mi abriguito. Me vi ante un edificio enorme. Y de pronto, ese cuadro, esa tela que no me ha abandonado ya nunca[2].

a.r. Usted habla en un poema de la grandeza de la basílica de San Pedro en Roma como de algo que inevitablemente ha de ser destruido —“…el hombre / destruirá esta belleza”—, u olvidado, por ser “incomprensible el alto espíritu / que la alzó”, aquellos hombres, aquellos artistas para los que aquello sólo fue, según usted, “una sombra de sus sueños”, porque la habían planificado en sus mentes aún más hermosa, más grandiosa… Ese olvido paulatino e inexorable del Arte y de su belleza por parte de la sociedad actual es algo en lo que usted insiste. Así ese final tremendo en su poema Moralidades (1979): “Y durará más el banco en que te sientas / para escribir que las palabras escritas”.

j.m.a. Hay dos hechos: la ruina total y natural por efecto del tiempo, y la amnesia de la sociedad. Creo que la segunda precede a la primera.

a.r. ¿Pero a qué se debe esa amnesia colectiva sobre el Arte y la Belleza y cómo y cuándo empezó?, ¿existe alguna manera de paliarla? …o es ya todo irrecuperable.

j.m.a. La amnesia colectiva es el fruto de la evolución de nuestra sociedad. El Arte y la Belleza son muy peligrosos. Yo no sé si existe alguna forma de modificar ese lamentable proceso, me inclino antes por creer que, al menos en cuanto vamos a ver, es irrecuperable.

a.r. ¿Muy peligrosos en qué sentido?

j.m.a. Hombre, nos pone delante ejemplos que nos dicen que somos mucho menos de lo que podemos ser. Y eso es peligroso para el Poder, que en cualquiera de sus formas, hoy, lo que pretende es el asentimiento, una sociedad exangüe, un rebaño poco conflictivo.

a.r. Dentro de esa larga defensa suya del Arte y de la Cultura a través sobre todo de su obra poética, hay unos versos que desearía me comente: “…seremos juzgados / por el gesto de los mejores, / y contarán… /…aquellos / que mantuvieron viva y limpia, / …la cultura que ennoblece / nuestro destino.” ¿Quiénes son?, ¿dónde están hoy esos mejores? …si es que aún queda alguno.

j.m.a. Nos medimos por el ejemplo de los mejores. Últimamente tengo dificultad para localizar alguno. Pero guardo las suficientes referencias para lo que me quede de vida.

a.r. Luego, en otro poema, Arenas de Iona (1989), en que usted aparece visitando las ruinas de un templo o un cementerio en una playa de Escocia, un poema de altísimo vuelo, aparecen unos versos hacia el final tremendamente conmovedores, muy definitorios suyos, que inciden en el tema:

El rostro indescifrable del Arte,

la única esperanza,

nuestra única afirmación

contra un Destino atroz.

j.m.a. Lo de Iona es verdad, me parece: es nuestra afirmación frente a un destino atroz, porque sobre el de la especie humana habría mucho que decir.

a.r. Y luego está ese verso final, esa imagen precisa y preciosa sobre el Arte: “como una sortija de oro entre cenizas”.

j.m.a. Es un verso que suena bien, me parece. Sí, el Arte, al menos para mí, es esa esperanza —seguramente hay otras, depende de la persona; hay quien diría el rostro indescifrable del Amor, o ¿por qué no de la bondad? Para mí, era, y es, el Arte.

a.r. La aceptación y la derrota son sin duda dos grandes temas que salpican su poesía. A este respecto hay una estrofa en su poema Cristalería de seda —uno de mis favoritos— que deseo comentar:          



Sé lo que nunca

he de tener La página

que nunca será escrita

La mujer que nunca será amada

Los afectos perdidos



¿Qué es eso que nunca ha de tener? ¿Está usted aquí otra vez hablando de su “fracaso” como artista? Y luego está la estrofa final del poema, ese concepto, esa fascinante aceptación:



Al tiempo que ha pasado por mi cuerpo

madurándolo abriéndolo

a la sabiduría amor belleza

encomiendo esta hora

Acepto



j.m.a. ¿Lo qué no he tenido ni tendré? Muchas cosas. Personal y literariamente. Todo artista de verdad —y eso sí creo serlo— se siente fracasado ante lo que sueña, ve su obra como un fracaso en comparación con lo que había querido lograr o alcanza sin darse cuenta. Aceptar es lo único honorable, ¿no le parece?

a.r. Perdóneme, pero yo nunca he sentido que usted hubiera fracasado, ni mucho menos que su obra haya sido un fracaso. Antes al contrario, donde sí he visto fracaso es en la recepción, en la percepción que de ella han tenido algunas personas. Será que estoy “engullido por el mito” de usted, como me dijo una vez un amigo…

j.m.a. Yo le agradezco esa pasión por mi obra. Pero debe comprender que yo no la comparta. No vamos a entrar en los fracasos “personales” que serían muchos. Pero los artísticos son evidentes. Desde luego, uno no alcanza jamás lo que quería, lo que había sentido, lo que había, podemos decirlo así, “tocado”. Y se queda en las cercanías. Ya depende del talento que esa cercanía sea mayor o menor. Pero tampoco vivimos ni una vida ni una época que propicie el “gran” Arte. Bastante tenemos si, como aquellos viejos monjes, conservamos, legamos a alguien —¿a quién?— todo el pasado, o lo mejor de él.

a.r. En Nebelglanz, su poema de 1991 que canta a la amistad, recordando un momento mágico de comunión entre poetas amigos, me quedo con el final: “…esperando ya sólo / la sonrisa de Atenea / la Diosa de claras pupilas”. ¿Por qué esa imagen?

j.m.a. Bueno, uno puede esperar muchas cosas. Yo me contento con esa sonrisa.

a.r. La alegría de vivir, de estar vivo y disfrutar de la vida, es otro de los temas recurrentes en su obra poética. Recuerdo ahora su poema Estampa de Murcia, en que usted aparece sentado en la terraza de un bar junto a una iglesia y llegan a sus oídos las risas de jóvenes, y luego ese final magnífico: “como si Venus se desperezase, / se hace voz que susurra en tus oídos: el Arte / de vivir.”

j.m.a. Sí. Es el Mediterráneo. Sus costumbres quizá no llevan a un gran progreso económico. Pero son la dicha, el estremecimiento de vivir.

a.r. Sí, le entiendo. Lo que yo hubiera dado por haber nacido ahí…

j.m.a. Le advierto que en España, bastante metido uno en su interior, está en el Mediterráneo. Yo creo que en usted hay muchos rasgos “mediterráneos”, si no todos, para que pueda sentirse hijo de ese Mundo.

a.r. Bien pues… El orgullo de su libertad, de esa independencia de que ha hecho gala a lo largo de su vida, ese haber hecho y haber dicho siempre lo que ha querido y le ha venido en gana, es algo que a usted le ha traído alguna vez más de un problema. Porque eso, esa libertad, tiene un precio, claro. Hay unos versos que culminan un viejo poema suyo de Museo que lo corrobora: “Corona / La soledad con todo el horizonte / De tu lucidez / Y aguarda solamente / Ya vivir y morir como has querido”

j.m.a. Me refiero a mirar a los ojos de la muerte y saber que uno no ha sido indigno.

a.r. ¿Pero esa libertad extrema suya le ha traído problemas o no?

j.m.a. ¿A usted qué le parece? Me ha traído problemas siempre. Acaso nunca tantos como ahora, porque el Poder actual en el mundo llega en sus intenciones de dominio donde no soñaron totalitarismos ya difuntos. Y tiene medios de los que antes se carecía, entre ellos la sumisión de la sociedad.

a.r. El final de un mundo, de un modo de vivir, lo que llama “el fin de raza”, algo que usted pudo llegar a ver, fue testigo, por ejemplo en el recuerdo de su abuela materna, es también otro de los motivos que aparece en diversos lugares de su obra. Es algo de lo que le gusta hablar, algo que ha llevado a la crítica a tildar las suyas de ideas aristocráticas, aunque usted ha insistido repetidamente en que de aristocrático no tiene nada y que los aristócratas de hoy tiene bien poco de ese mundo que usted refiere y ama. Así aparece el tema en su poema de 1985, Soleils couchants, que narra su primer viaje a Istanbul, junto al periodista y escritor Eduardo Chamorro, cuando habla del último emperador otomano que salió a la batalla “…para morir como uno más / en el ocaso de su mundo, después alcé mi copa / por el final del mío, y / por mi fortuna en contemplar la maravilla”. ¿Cuándo empezó ese final?, ¿y cuáles fueron a su entender los motivos del mismo?

j.m.a. Ese poema también, y puede ser un error mío, es una, digamos, crónica bastante fiel a la realidad, a lo que fue. Seguramente porque casi al mismo tiempo trabajaba en su relato en prosa. Quizá el poema crea poco por sí mismo. Fue muy divertido, muy agradable, y quería ese tono narrativo. De todas formas, el fin de como usted dice “un mundo”, no es algo que haya sucedido así, de improviso, tan rápidamente; y tampoco es un final, el mundo sigue, con otras máscaras, pero sigue, y nadie sabe si no asistiremos, o después de irnos nosotros, seguramente, haya otra cosa que resulte aceptable. Lo que hay ahora verdaderamente es poco gratificador. Es, está siendo, un final sin dignidad, muy pobre, muy sórdido, muy barato. Vamos a irnos con la cabeza gacha, como disculpándonos de haber sido lo que fuimos cuando fuimos algo importante. Cuándo empezó este final quizá haya que remontarse más de doscientos años; ya sabe usted lo que pienso sobre la Revolución Francesa, cómo infectó nuestro pensamiento de todo lo contrario a ciertos ideales que la habían traído, me refiero al progresivo abandono de la Libertad y el triunfo de lo que ahora llaman ingeniería social, o algo así. Desde luego, la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, cambió el mundo por completo, ya nada fue igual después.

a.r. Hombre, es la primera vez que le escucho hablar del futuro con un poco de optimismo, como vislumbrando una lucecita al final del túnel: dice usted que cuando ya no estemos aquí quizá venga algo que resulte aceptable…

j.m.a. Bueno. Si no podemos predecir lo que sucederá esta noche —puede pasar algo que cambie el escenario de nuestras vidas; recuerde usted cuando el ataque a las Torres Gemelas— mucho menos lo que venga dentro de… no sé, muchos años. Lo mismo puede suceder una mutación donde se recobren formas de vida honorables. Una de las mejores frases que conozco sobre la Vida, es de Montaigne, lo que no es raro, porque no paró de reflexionar excelentemente toda su vida sobre todas las cosas. Y Montaigne dijo que la Vida… La vie est ondoyante[3]. Ese ondoyante no se puede haber elegido mejor.

a.r. Pero ahí Montaigne hablaba contra los dogmatismos, contra la intolerancia, ¿no?

j.m.a. Bueno… Ondoyante es mejor entenderlo como variable, inconstante, sujeto a variaciones no siempre comprensibles… Y en Montaigne, además, tiene un matiz muy especial, muy referido precisamente a esa vida cuyo caminar no es predecible y que puede esconder todo tipo de sorpresas, y éstas no muy previsibles, una inseguridad misteriosa… Es una hermosa palabra, con más matices que en español. Y en fin. Como dice Macbeth: All is but toys.[4]

a.r. Shakespeare una vez más. Siempre vuelve usted a él.

j.m.a. Bueno… Si lo piensa usted, uno podría estar con Shakespeare continuamente. Y de hecho, acaso lo estamos sin darnos cuenta. Como con Homero, o con Dante, o con Manrique, no sé… con Juan de la Cruz… Repetimos en nuestra memoria para acompañar esta o aquella cosa, versos de ellos. Los respiramos. Como a Tácito o a Virgilio. Supongo que nuestros sentimientos, nuestras emociones están teñidas con palabras, en el caso de Shakespeare mucho, para mí, con palabras que él fijó ahí para siempre, como si tuviéramos por espejo o por modelo esas criaturas que creó. Hasta en quienes no lo hayan leído, que ni siquiera conozcan su lengua, que ni siquiera sepan quién fue Shakespeare. Como Cervantes. A veces te sorprendes cuando, por ejemplo, un hindú, o en Kenya, o yo recuerdo de mi niñez muchos campesinos analfabetos, españoles, y que para establecer un parangón podían decirte: Es usted un Quijote… O reírse… ¡como Sancho Panza! ¡Como Falstaff!, justo de las mismas cosas y en el mismo sarcasmo.

a.r. Bueno, hace poco leí que ni Wittgenstein, ni Tolstoi, ni Voltaire, ni incluso Borges, amaban a Shakespeare. El primero decía no hallar en su obra ningún atisbo de verdad ni sacar nada en limpio. A Tolstoi le parecía pueril, zafio e insensible. Y Borges dudaba de su perdurabilidad. ¿No le parece increíble?

j.m.a. Steiner comentó muy bien lo de Tolstoi. Aparte que el viejo era un novelista sin igual, quizá el más grande, pero cuando empezaba a “filosofar”, sobre todo al final de su vida, lo mejor es pasarlo por alto. Pero no es, me parece, el caso de Borges o de Voltaire. En Voltaire, a la admiración es verdad que le cuelgan ciertos flecos de una incomprensión, por otra parte muy siglo XVIII, de digamos “la desmesura” de Shakespeare. Pero le aseguro que lo admiraba. También el Dr. Johnson está lleno de reticencias. Pero Borges… creo que hay suficientes páginas suyas como para saber cuánto lo admiraba, y esta vez sin flecos.

a.r. Cuando llegué esta tarde estaba usted leyendo El siglo de Luis XIV de Voltaire, y me ha hecho recordar que habla de ese libro en el poema que le dedica en La lágrima de Ahab. ¿Ha sido un libro importante para usted, no?

j.m.a. Por supuesto. Es un gran libro. Debo haberlo leído dos o tres veces, y en muchas ocasiones páginas sueltas, momentos que me gustan particularmente. Pero, es curioso, es un libro que sin bajar nunca de un nivel muy alto en mi interés, en estos últimos tiempos me resulta menos digamos “subyugante”. No sé cómo decírselo; a veces —lo que jamás había sucedido— me aburre un poco. Es como si me faltase algo, lo encuentro muy pasando por encima de los hechos, como un catálogo de acontecimientos… Pero echo en falta eso que me atrae cada vez más en Saint-Simon, esa pincelada definitiva en los retratos de los personajes. Echo en falta esa profundidad y al mismo tiempo esa transparencia yo diría que velazqueña de, por ejemplo, la Marquesa du Châtelet de Madame Du Deffand, o el retrato del regente de Saint-Simon… no sé, muchos. Quizá sea porque he leído páginas tan extraordinarias sobre esto, o que la forma de contar de… no sé, Sainte-Beuve, o pienso en el Mirabeau de Étienne Dumont, o el Sieyès de Talleyrand, el Talma de Constant, están más cerca de como ahora siento. En fin, que Voltaire no es que se me quede por debajo en ese aspecto; es que echo en falta esos retratos, es como si hubiera huecos en la lectura. No he encontrado en el El siglo algo como el Luis Felipe de Tocqueville o el Marat de Brissot, o volviendo a mi amada Madame Du Deffand, su asombrosa Duquesa de Chaulnes.

a.r. Una vieja fotografía de un antiguo amor, una hermosa joven, en una playa francesa, en el poema Coral (1995), con esos versos clarividentes “…ahora / que esa fotografía te devuelve / me doy cuenta de cómo la memoria / generosa / te había guardado sin decírmelo / para darme algún día / este regalo…”, le sirve a usted para una reflexión bellísima sobre uno de los temas que inundan sus poemas: la meditación sobre la memoria, que en usted parece fluir de un modo insistente. Y luego esos versos que hablan de ese regalo: “la posibilidad  / de que viva en alguien el que fui”

j.m.a. Suena un poco egoísta, ¿no? Parezco muy preocupado por permanecer, que es algo que no conseguimos jamás. Bueno, dejando la broma aparte, no es de los poemas que me avergüenzan. Y sí, puede que esa meditación sobre la memoria sea uno de mis temas recurrentes. Pero ¿tenemos otra cosa?

a.r. “Hay —me aseguran— hasta quien divulga / que un artista es una persona como otra”, dice usted en los versos finales del poema sobre la muerte de Zweig, Homenaje en Petrópolis. Es algo en lo que usted ha hecho hincapié en muchas ocasiones, recuerdo ahora esos versos fundamentales de su poema de poemas, Signifying nothing: “¿Sabes cuándo nos derrotaron? / Me refiero a nosotros, los artistas, (…) Cuando aceptamos / ser y vivir como los otros”. Me interesa también resaltar y que me hable de algo que dice en el poema de Zweig: “…también es página cada decisión, / …uno también firma su vida.”

j.m.a. Me resulta difícil separar la experiencia digamos “personal” de la “literaria”. Si todo lo veo “literariamente”, mi propia vida también. Soy parte de esa Literatura. Por eso digo que también es página cada decisión. Desde luego, lo que sigo pensando es que nos derrotaron cuando aceptamos que nuestro destino era como un destino —quiero decir, una vida— “no artístico”.

a.r. ¿Pero cómo nos convencieron de eso?, ¿cómo lo lograron?. ¿Qué fue lo que hicimos para merecer un destino tan mundano?

j.m.a. Es la trituradora igualitaria de esta Democracia. No sé si ha leído usted a Tocqueville, que ya avisó de esta lamentable evolución.

a.r. Pues no. Tendré que empezar… En el larguísimo poema Apoteosis de Adriano, de 1992, unos versos me llaman la atención porque recogen una idea suya que yo amo mucho: “…Cuando ni miras algo, / es que ya está en tu sangre, tan tú como tu carne.” Ahí usted se refería al antiguo mausoleo del emperador Adriano, la torre circular, la Moles Hadriani, pero es algo que le he escuchado decir también sobre Notre Dame, o sobre el palacio Topkapi.

j.m.a. Demasiado largo, ¿no? Es un poema que acaso podado, hubiera sido mejor. Hoy lo escribiría teniendo en cuenta las posibilidades de la jibarización. Hombre, lo que digo sobre que llega un momento en que ya No Miras, tiene que ver con la fidelidad a un sitio, con la cantidad de veces que has pasado por ahí. Aunque puede que exagere, porque aún por lugares, calles, fachadas ante las que he pasado miles de veces —pienso en Roma, por ejemplo, o en Venezia, o aquí en París— la verdad es que sigo Mirando. Sigo asombrándome.

a.r. Hay en Museo, hacia la mitad del libro, una serie de cinco auténticos poemas de amor —templanza única en usted por no ser muy habitual—, bellísimos, dedicados a su mujer, María del Carmen Marí, y escritos a finales de los setenta, durante su noviazgo con ella. ¿Cuándo volverá a escribir en ese tono? ¿O es que es preciso estar apasionadamente enamorado, como se está durante los primeros años en una pareja, para escribir así?

j.m.a. Supongo que la pasión tiene que ver con eso.

a.r. No sé. Yo creo que usted ha evitado casi siempre escribir poemas de amor. Como si escribir sobre el amor fuera mostrar debilidad.

j.m.a. No. En absoluto. Y sí he escrito poemas de lo que usted llama Amor. Lo que sucede es que casi siempre mis poemas cantan el Deseo. Y en español no tenemos las posibilidades que en otras lenguas. Amor vale para todo, incluso ya desde “enamoramiento”, que no es precisamente la fase más amorosa del Amor. Tengo mucho interés, y no he podido aún tratarlo bien con algún amigo chino o japonés, en los matices “orientales” de Amor, pero estoy convencido de que los chinos pueden disfrutar de más palabras, de palabras más adecuadas para cada “fase” de la relación.

a.r. Usted hizo en Museo de cera una lectura propia, relectura o reescritura, del famoso poema de Kavafis —que también tradujo— El dios abandona a Antonio. Además el poema de Museo —titulado igual— está fechado en 1976, que es cuando se publicó su famosa traducción kavafiana para Hiperión. ¿Se trata de una variación sobre el poema traducido o una continuación del mismo o todo viene del mismo trabajo o es fruto del influjo del poeta alejandrino en su obra? Hábleme de ese poema, porque a mí me gusta más que el de Kavafis, me parece más interesante su mensaje.

j.m.a. No recuerdo ese poema. Pero lo que sí puedo asegurarle es que sea como sea, será muy inferior al de Kavafis, entre otras cosas porque es uno de los tres o cuatro mejores poemas que él escribió. Y ahora el que exagera es usted. Si yo hubiera escrito ese poema, seguramente ya no escribiría más.

a.r. Ah, eso no es problema. Yo se lo recuerdo con mucho gusto. Es una recreación magnífica del poema original de Kavafis, una especie de reescritura, como le digo, del mismo:



Cuando de pronto a media noche oigas

esa música que entierra tu fortuna,

  y más allá

de las murallas, las enseñas

de Octavio , el acre olor

de los conquistadores



                                       —Pide a tu esclava

más vino. Mira esa copa

donde mañana él beberá, la ciudad

que ha de glorificar su paso como antes

el tuyo,

            el mar y los desiertos

a los que rendirás tu espada y tus legiones.



Bebe sereno,

                         y mientras noche y alba se disputan

su reino, encomiéndate

a cuanto has tenido, acepta,



no desees otra estela

que los días por el amor ennoblecidos,

el tesoro fundado en la memoria

de haber vivido así.



j.m.a. Ah, era ese poema. No está mal, ¿verdad? Pero yo no lo veo una recreación del poema de Kavafis, que además es mucho mejor. El mío creo que va por otro lado.

a.r. Hay otro poema en Museo kavafiano total; vamos que lo habría firmado el propio poeta alejandrino. Se titula El oro de los tigres (1978) y participa también del mismo tono, el mismo “aire” que su querido y legendario El dios abandona a Antonio. Dice así:



Cuando la edad, como el Infierno

del Libro VI, a Eneas,

entre el lento cortejo de los días

perdidos

    a Dido  te señale



                              —No intentes

llamarla.

Contempla su pasar majestuoso,

mírala con orgullo.



Mas deja que tu corazón escuche

otras voces también en esa hora.



Vuelve la vista hacia tu flota,

al mar que hacia otras costas te destina.



Condenado a errar como Ulises

y al exilio con Dante ,

hijo de esa otra raza que levanta

los Anales  o Macbeth,



siente el viento en tus velas,

los hombres que te siguen desde Troya.

Ellos combatirán contigo en la mañana.



j.m.a. El final, fíjese, qué curioso, está mucho más relacionado con la película de Vidor sobre el Guerra y paz de Tolstoi que con otra cosa. Es lo que el Príncipe se dice antes de entrar en batalla. Sé que es lo que tenía en la cabeza cuando lo escribía.

a.r. Pero la estructura del poema…, no me diga usted que no tiene el mismo “esqueleto” que el famoso poema de Kavafis…

j.m.a. Yo no lo veo así. Ojalá tuviera, no ya el esqueleto; la sombra del esqueleto.

a.r. En su poema titulado E non ho amato mai tanto la vita! (1992), escrito en primera persona y hablando claramente y sin máscaras sobre usted mismo, parafrasea a Milton algo que dice haber hecho usted en su vida: “…alejarme del inmenso engaño / con las sabias reglas de la antigua Libertad (…) / …no envilecerme demasiado, / tener aún capacidad de asombro y gozo”. ¿Ha sido así al final su vida? ¿Y fueron ese engaño del que habla, las ideas comunistas que tuvo en su primera juventud?

j.m.a. Bueno, es lo que he intentado hacer toda mi vida. Creo que desde niño. Y espero no desmentir en lo que me queda esa intención. Lo que dice usted de que tuve ideas comunistas… No, no las tuve. Como casi todos los jóvenes, fui “izquierdoso”, aunque tampoco mucho. Pero el Comunismo, aunque entonces no sabía lo que luego supe, siempre me resultó repulsivo. Lo que sucedió es que en el Franquismo, la única oposición decidida, y en muchas personas que luchaban bajo esa bandera, honrada, eran los comunistas. Y por eso colaboré con ellos en la clandestinidad.

a.r. En su viejo poema de 1975, Anales, habla usted del general Franco en estos términos: “…la vileza / De su mundo, es y será la nuestra. / Pues cuanto de más noble hubo en nosotros / Secó hasta la raíz”. ¿Fue así de verdad?, ¿tanto nos impregnó su abyección?

j.m.a. Y es un poema publicado en vida de Franco. Claro que aquello no era la Rusia de Stalin o la Alemania de Hitler, ni algún país de los que ahora nos rondan desde Oriente. Es un poema sobre la necesidad de juzgar a los poderes que se constituyen engañando o con violencia y que sobre la violencia o el engaño, persisten. Creo que si no se les juzgan, si la sociedad no asiste a ese juicio, que a la vez es también un juicio a la sociedad, ese cáncer progresa, hace metástasis en todos los poros de nuestra moral. Y eso vale lo mismo para gente que toma el poder por la fuerza o para aquellos que utilizan vilmente el sistema de elecciones de las que llaman libres, pero forman parte de la misma mentira. Creo que debemos enfrentarnos a esos poderes. Yo lo hice contra Franco y su Régimen; como ahora no acepto lo que se nos pretende hacer tragar por Democracia. Y eso que el Franquismo en general fue mucho menos corrupto, menos dañino para la salud moral de la sociedad, que los actuales poderes, su control de la sociedad fue infinitamente menor, y los márgenes de libertad individual mucho más grandes que hoy. Este mismo poema lo he leído en Caracas hace un par de años, ante un público universitario, aunque bien es verdad que de la Universidad Católica. Creo que el destino más seguro para el Bien social es que todos esos impostores y poderosos cuelguen de las murallas, como advertencia.

a.r. Pero, hombre, era una dictadura…

j.m.a. El problema del Franquismo no era su abyección, sino su sordidez, su cultivo de la mediocridad. Venturosamente Franco tenía pocas ideas, tomaba aquí y allá las que le convenían, pero afortunadamente no tenía un credo político. Lo único que tenía claro, aunque con rotundidad castrense, eran las causas, errores trágicos en los que de vez en cuando cae España. Pero en vez de hacer lo que hubiera debido, una vez eliminada una República perversa que conducía a España al Horror del Comunismo, y que acaso no tenía otra solución, y además aquellos tiempos propiciaban esas salidas, eran digamos “normales”, lo que hubiera tenido que hacer después de limpiar los establos era devolver a la nación el derecho a elegir su futuro. Pero no lo hizo. Se apoltronó y todo fue envileciéndose en un mantenimiento de lo más sórdido de nuestro carácter y el humo del incienso de una religiosidad también sórdida, de beata vieja, tenebrosa, de silenciamiento de toda alegría, o al menos de su intento, con un fondo de Rosarios de la aurora y cerramiento de España a cualquier aire fresco de fuera. Menos mal que, gracias a que carecía Franco de esa pretensión, que sí la exhiben nuestras Democracias, de pensamiento unánime, de Estado terapéutico, ese mesianismo que suele acabar en las cámaras de gas, aceptó, cuando la situación económica lo obligó, cambios que estoy seguro de que aborrecía. Y supongo que sin pretenderlo, modernizó un poco España. De hecho su sombra llegó a sus partidarios, que no dudaron en hacerse el harakiri cuando se les dijo. Sobre todo hasta los años Sesenta, se respiraba un olor agrio de sotana rancia y un autismo intelectual, autismo hoy bastante más grave, que nos llevó a muchos a regalar nuestro enfrentamiento, nuestra rebeldía, nuestra generosidad y nuestra ceguera juvenil, a quienes como la oposición comunista —porque no hubo otra; los socialistas ni siquiera se les suponía— luchaban, bien aureolados por la propaganda internacional, contra aquel Régimen. En fin… Sigo pensando que hay que juzgar a los culpables de engañar a sus compatriotas, que es muy peligroso no hacerlo, y juzgarnos nosotros mismos también. Mire usted lo que ahora está pasando. Y cómo obedece la sociedad y aguanta la destrucción del Estado de Derecho sin rebelarse.

a.r. Le veo a usted como a Andrés Trapiello —no sé si ha leído su ensayo Las armas y las letras—, un defensor de la llamada “tercera vía”, como en su día lo fue Manuel Chaves Nogales, y que descarta todo aquello de las dos Españas…

j.m.a. Dos Españas siguen existiendo, por desgracia. Y las dos rumian la simiente de Caín.

a.r. Hay una reflexión altísima a mi entender en su poema de 1981, Retrato de Mozart, que habla de este óleo inacabado y a la vez el más fidedigno sobre el aspecto real del compositor: “…acaso amamos / lo único que debe / ser adorado: / lo que hace el Arte / con la realidad”. Me parece un tema apasionante…

j.m.a. Eso es lo que yo he tratado de hacer.

a.r. Ya, pero necesito que me concrete, que me desmenuce más el tema…

j.m.a. No sé qué decirle. Me refiero ahí a que el Arte está lleno de rostros de esa realidad, pero los pasa por un destilador que sólo al Arte pertenece, y donde todo —creo que esto ya lo he dicho alguna vez— se funde con significaciones estéticas.

a.r. Otra cita magnífica sobre la muerte, antesala de su poema Midnight, Forecastle, es ésta de Sexto Propercio, poeta latino, que termina así: “…no ha de perderse en el tiempo / el nombre ganado con inteligencia: porque la inteligencia tiene la gloria que no muere”.

j.m.a. Llevaba razón Propercio, ¿verdad?

a.r. ¿Y usted sinceramente cree que su nombre se perderá en el tiempo?

j.m.a. Todos nos perderemos. Como decía Borges, los menos grandes llegan antes.

a.r. Hay una cita de Bernard Shaw —usted la utiliza para encabezar uno de sus mejores poemas, Elogio de la embriaguez (1979)— que dice así: “Yo no deseo la felicidad. La vida es más noble”. Luego, al final del poema, hay unos versos que yo siempre recuerdo: “Acepta tu destino como el precio / de tu palabra. Escribe.”       

j.m.a. Claro. La obsesión por la felicidad, que yo no la entiendo ni en la Declaración de Independencia —puede que otra palabra hubiera sido mejor—, nos roba el saborear otros muchos momentos de no menor intensidad. Y lo del destino como precio, es obvio, me lo podía haber ahorrado. Siempre pagamos por nuestras elecciones.

a.r. ¿Y qué me dice de la carcajada de Falstaff? “Esa fuerza salvaje y sabia de la vida” como usted la define en su poema La Civilization, de 1993. Ese personaje shakesperiano es el suyo preferido. Parece que le veo reírse ahora mismo a Orson Welles en Campanadas a medianoche, la película que usted tanto me recomendó.

j.m.a. Yo la he visto muchas veces. Es magnífica. La rodó en España. Comiendo sin parar unas fuentes de jamón fabulosas y bebiendo sin cesar, y siempre con la caja de Habanos junto a su mano. La carcajada de Falstaff es lo que digo en el poema, y ya sabe usted cómo la agradezco.

a.r. En De vita beata (1979) —homenajeando el título de Gil de Biedma— habla usted de sus “dioses nocturnos”, en un poema que se opone claramente a los dictados de su educación católica, preconizando la vida hedonista del poeta, los placeres diversos y la Cultura.

j.m.a. Ya le he dicho, creo, que mi ser Mediterráneo y algo de pagano que hay en mi alma, me ha librado de muchos errores intelectuales.

a.r. Pero luego está su “lado inglés”, ¿no? Porque usted es muy mediterráneo y lo que quiera, pero siempre está reivindicando la cultura inglesa como la más alta cultura y civilización de la Historia.

j.m.a. Cada día me gusta menos lo de separar culturas, sobre todo literariamente, o con respecto a la Pintura, y hasta podemos decir que en el cine. Hay una sola Cultura universal, con ciertos matices, pero lo que tenemos en la cabeza, en la memoria, nuestro “iconostasio” es Toda la Civilización. Lo que sucede con Inglaterra es que, dentro de ese Universo, sí, tiene ciertos rasgos muy suyos, sus aportaciones a esa totalidad han sido muy importantes. Hay algo que siempre me ha asombrado, y es su continuidad, los escasos baches que registra, cómo un altísimo nivel literario se mantiene siglo tras siglo, hasta hace muy poco. Y luego, también me resulta admirable algo que constituye, no sé si aún, el “espíritu inglés”, su determinación, su enfrentarse al discurso de su Historia con seguridad, con firmeza, sin aspavientos.

a.r. En su poema Diamante (1996) se dirige usted a John Silver el Largo, el fascinante personaje literario de Stevenson, a quien usted parece sin duda que le hubiera gustado conocer “en persona” y sentarse a beber con él, para —como dice al final del poema— “salir y prenderle fuego a todo”.

j.m.a. Ah, eso lo pienso continuamente. Sin duda, Silver hubiera sido un extraordinario compañero de noches de juerga. Y prenderle fuego a todo es pura salud. En verdad siempre he preferido tratar con hombres así, más enteros, más recios, más seguros que la piara de intelectuales. Aquellos Strong Men[5] que también admiraba Kipling, who had done his work and held his peace and had no fear to die.[6] Esos que saben cómo es verdad lo que también Kipling canta en otro verso: “If you can meet with Triumph and Disaster and treat those two impostor just the same”[7].

a.r. Uno de esos poemas cortos suyos incendiarios, escritos en mayúsculas, en que todo el poema es una frase tajante: NO HAY HUMANISMO CONSECUENTE / SI NO TIENE EN LA MANO / UNA PISTOLA. Explíquemelo.

j.m.a. Eso tiene difícil explicación. Pero se intuye. Podría decirle que no creo en un Humanismo light.

a.r. O sea que usted cree necesarias las armas…

j.m.a. Siempre han existido guerras abominables y guerras justas. Defenderse si uno es invadido, creo que puede ser justo. Como alzarse en armas contra un tirano. Yo admiro esa firmeza de los norteamericanos en defender la tenencia de armas en su domicilio, “para defenderse del Rey”. Pero claro está que odio la Guerra, creo que es lo peor que puede suceder, que habría siempre que intentar evitarla hasta que no fuese posible otra salida. Aunque hay ocasiones en que pienso si no sería mejor, algunas veces, en dejarse invadir sin destrucciones y esperar que el invasor se diluya en nuestras costumbres, si son mejores, o nos convierta a las suyas, si son superiores, más civilizadas.

a.r. Como ocurrió en la Historia, por ejemplo, con su tierra natal, con toda la zona de Cartagena.

j.m.a. Sí, todo ese Mediterráneo, el español, el francés —piense en Marsella—, Italia, Grecia, todo… Cartagena y lo que fuese antes ha sido tierra de invasiones constantes, unas comerciales y más pacíficas y otras más duras. Allí estuvieron hasta los Bizantinos. Cuando uno ve, porque hay algún sitio donde las excavaciones permiten ver las sucesivas capas, cada ciudad destruida por la siguiente, hasta varios metros por debajo de la actual, puede sentir ese paso de la Historia.

a.r. En su poema Gulliver’s travels (1978) pone en práctica su técnica del poema escrito en segunda persona y en tono de admonición —una forma poética que me atrae especialmente—, para llevar de nuevo el tema a su terreno, la defensa a ultranza de la Cultura aun en situaciones límite, apocalípticas, como la que se describe ahí: “hazte de libros, pon en pie / el antiguo templo de la Sabiduría”, es el consejo que le da —que se da a sí mismo— al personaje del poema.

j.m.a. Todos los días tratamos no sé si de poner en pie, pero al menos de sostener un poco, ese edificio. Hay demasiadas manos a la labor de asolarlo.

a.r. En uno de sus mejores poemas sobre Venecia —ciudad que ha marcado su vida y por la que usted siente una profunda debilidad—, el que lleva por título Heart of darkness (1986), en que usted mismo, instalado allí como residente, aconseja a una joven que le visita, y le habla sobre ‘su’ Venezia —como usted prefiere escribirla—, aparecen estos versos que me interesan mucho y que apuntalan su sentido de la ciudad, el que usted le da: “…Véala / cómo muere. Como un animal. / Es la mejor metáfora / del destino de nuestra Cultura, / de los mejores de nosotros”.

j.m.a. Esa historia es “verdad” en el sentido que usted le da a la veracidad poética. Fue una joven me parece que catalana. Y no creo que usted, que ha paseado mucho conmigo por Venezia, tenga dudas sobre su destino. Está muriéndose. Lleva muriéndose mucho tiempo. Pero cada vez los estertores son más angustiosos. Lo que pasa es que sigue siendo tan bella y misteriosa como siempre. Por eso tiene sus “enfermos”, entre los que me cuento.

a.r. Y yo… Pero la metáfora de la que habla, la del destino de la Cultura y de ‘los mejores’, es ahí donde quiero que llegue…

j.m.a. Ojalá muriésemos con la belleza, el estoicismo y la indiferencia con que está muriendo Venezia. Nosotros no mantenemos el tipo así. Lo de la metáfora quiere decir, me parece, que igual que la gente abarrota Venezia porque les han dicho que hay que ir, y se pasan dos días caminando y ensuciándolo todo, y verdaderamente no ven nada, entre otras cosas porque no saben lo que ven ni les interesa… Esto es: que ese decorado magnífico está ahí como telón de fondo del viaje de los zombis. Y al mismo tiempo, ese decorado está destruyéndose lentamente. Incluso ya empieza a no haber nadie detrás de esas paredes, porque la población de Venezia ha decrecido mucho y constantemente. No creo que hoy pase de 50.000 habitantes. Bien, pues nuestra Civilización es ya igual. Un decorado ante el cual pasa la gente hacia otras cosas, y sobre todo dándole a todo la misma importancia: un cuadro de Leonardo y unos bolsos de tal o cual, esta exposición por supuesto “solidaria” y aquella fachada de Maderno. Todo es Cultura, según dicen. Y en ese adormecimiento bien dispuesto por los embaucadores, a dormir tan felices pensando que son cultos mientras el decorado se cae.

a.r. Eso es buenísimo, eso que dice usted es buenísimo. Daría para un libro… Bien, sigamos. En su poema sobre Voltaire, Bezaquid o piedra de la serpiente, concebido durante un viaje a San Petersburgo en 1996, una larga meditación sobre la libertad y la conciencia, enmarcada dentro de los consejos de índole política y social que usted dio allí, en persona, a jóvenes universitarios rusos, habla entre otras cosas de “esa sonrisa de comprensión total” que se dibuja en el rostro del filósofo en el busto de mármol de Houdon en el Hermitage, “esa sonrisa que nos dice: / Olvida esto, pasará, como pasaron / todas las monstruosidades de este mundo”. Luego, hacia el final del poema, les dice usted a esos jóvenes que escuchaban su conferencia algo tremendo: “tenemos el deber / de traicionar a nuestras patrias (…) / desobedecer a todo / cuanto no seamos nosotros”.

j.m.a. También es verdad. En algunas conferencias, tanto en Moscú como en San Petersburgo, les aconsejé eso a los estudiantes. Cada uno debe traicionar a su patria, en el sentido de no traicionarse a sí mismo, a su conciencia, y a los demás. La sonrisa de Voltaire no está solamente allí. Usted la ha contemplado conmigo en París. Es la sonrisa, puede que algo amarga, o un rictus, que sigue a la comprensión de nuestro destino.

a.r. Hábleme de ese sentimiento, ese deseo suyo ante la muerte, ese reto magnífico que aparece reflejado claramente en su poema Beruth (1995), apoyándose en la épica antigua del héroe anglosajón Beowulf :  



               La Muerte. Ahí.

Poder decirle

como en el BEOWULF: en el Canto de Fin,

el reto de Sigeferp:



Sigeferp is mîn nama

Héroe lleno de fama

Que en tantas batallas

Famosas combatió



Y entonces ese: ¡Sabedlo!



Por si me vences

o por si caes ante mi espada.



j.m.a. bueno. Es decirle a la Muerte: Soy yo.




[1] Sólo puedo decir, allí hemos estado.
[2] Se refiere a Las Meninas, de Velázquez.
[3] La vida es ondulante.
[4] Todo es juguete.
[5] Tios duros
[6] Que habían hecho su trabajo y aguardaban en paz mirando sin miedo a la muerte.
[7] Si puedes enfrentarte al triunfo y a la derrota y comprender que no son sino dos impostores.

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