sábado, 13 de diciembre de 2014

Presentación de ALQUIMIA HA DE SER




Buenas tardes y muchas gracias a todos por haber venido. Gracias, querido Luismi, por tu amistad, por tus palabras y por tu magnífico prólogo por supuesto, que es un auténtico trallazo, ya te lo he dicho varias veces, un rayo de diamante para abrir los poemas de este libro y lanzarlos.
Bueno, es un placer estar aquí, en Walden, esta hermosa librería que os recomiendo a los que no habíais estado aún, porque es un sitio magnífico para pasar un rato agradable, al que yo suelo venir a menudo; para conversar con Dani, con Dani Rosino, que siempre es un placer, porque él es un auténtico enamorado de los libros, de la Literatura en general y de todos sus mitos –es el librero de verdad que necesitábamos en Pamplona, amante de los libros- y bueno, podéis tomaros un café también; y además aquí tenéis una cuidadosa selección de libros, literatura de verdad, de la buena. Nada de best sellers baratos.
Pues vengo hoy aquí sobre todo a recitar poemas de este nuevo libro, Alquimia ha de ser, recitar que es lo que más me gusta hacer, y esta vez junto a Miguel Antonio Goñi, que nos va a deleitar con su arte, con su laúd maravilloso del Renacimiento y la música hipnótica, hermosísima de John Dowland, el compositor inglés renacentista. Y sucede que esta misma música, la música de Dowland, es la música que sonaba siempre de fondo cuando fueron escritos y pulidos estos poemas en su día.
No quería dar esta vez muchas explicaciones sobre este libro, o ninguna, no porque no las tenga, sino para dejarlo todo ahí, como diría mi maestro José María Álvarez, dejarlo todo en una nebulosa; pero algo tengo que decir, claro. Y así diré que, bueno, hay un espacio temático concreto al que mi poesía vuelve siempre como en un eterno retorno: y no es otro que la reflexión, la autorreflexión sobre el propio proceso creativo en sí de la poesía, sobre la propia experiencia poética en mí, en mi caso, el impulso poético cómo se produce, de dónde viene, cómo nace el poema, ese misterio. En este libro —aunque, en realidad, yo creo que en todos mis libros— he tratado de hallar una forma de explicar ese misterio, el misterio que se celebra en el acto de la creación poética. Porque la poesía es eso: un misterio inexplicable y también una verdad. Sin misterio ni verdad no hay poesía. La poesía o es verdad o no es nada, es cartón piedra, no se sostiene. Y a la poesía (como al arte en general) hay que pedirle la revelación de ese misterio, el establecimiento de una verdad del espíritu. Esa verdad es al mismo tiempo una emoción, debe serlo para el lector, y esa emoción engloba necesariamente también la belleza. Y la belleza inesperada suele ser doblemente bella.
Pues bien. A la manera de los viejos alquimistas medievales que trataban de convertir el plomo y otros metales impuros, en oro puro, a través de un complejo proceso repleto de rituales y conjuros (aquella célebre transmutación de los metales impuros en oro, que constituía el fin de la alquimia, uno de los fines) el poeta ha de convertir a belleza el cieno de la realidad que nos rodea cada día, el fango de la absurda realidad cotidiana. Y el poeta, como otro alquimista, ha de buscar una superior integración de la vida, una transformación de lo cotidiano. Cambiamos, nos transformamos mediante la poesía, y ese cambio equivale a un paso adelante en el proceso de autoliberación.
Y nada más, estos son a continuación algunos de los poemas de este libro, aquí van, y espero que os gusten y que mi voz quebradiza llegue bien hasta el final.



***


Praeludium (laúd John Dowland)

I

Mariposa nocturna,
has venido hasta mí para quedarte
porque estabas conmigo, como punta de plata
en dibujo preciso. Derrotado en la liza,
bella esfera del alma, fuego lunar secreto.


II

Arribar a los sitios antes de que ningún
mensajero anuncie nuestra llegada;
por caminos enlosados y tierras
bajas, en una estela tallada en que admirar
signaturas eternas,
las artes naturales de este mundo.
Y tan sólo esperar, sin signo definido,
el beneficio de una vida hermosa.


III

Asciende de los chakras y se eleva
al puro conocimiento. E imprime
al alma siete sellos, su química analítica,
la lengua de Babilonia, la patria
divina con la plenitud del Uno,
las torres de asedio, el carro del Sol,
oh bruma de la que brota una fuente
que conduce a la duda.

IV

Qué suerte el que de ti no se enamora,
pues no tuvo señor a quien rendir sus cuentas,
su azarosa vida con tal hechicero encanto
que pudiera beberse en abundancia.
Pues que nada nace de la Nada, todo cuanto
ocurre, el gozo de los sentidos, la ignorancia
y sus temores, buscar el placer
y huir del dolor, el bien fácil de conseguir,
malvasía de aroma embriagador,
todo perturba la mente en reposo.


What if a day (laúd John Dowland)


V

Como si hubiera sido rozado por el ala
de un bello ángel o por la túnica de un dios,
con dignidad de púrpura,
las fuerzas de la Luna,
los siete chakras, el Ojo de Shiva,
el fuego oscuro o la sombra del sol,
serpiente antigua que enciende el Deseo
hasta la disolución de la piedra,
manantial en que las náyades bailan,
maquinaria de asedio de leyes nunca escritas,
virtudes primitivas,
ondas de luz germinan mi semilla.


VI

Dijiste que me amabas, lo veía en tus ojos,
bajo el dominio de la noche y el de la Luna
su reflejo invertido iluminaba.
Rocío de los alquimistas, aire
ígneo, estratos del alma.
Dijiste que después de la privación vendría
la abundancia, con túnica de púrpura.
Cielo sereno y suave,
fénix que emerge, vetado a otros ojos
que no fueran los míos.
Toma ahora la forma que tú quieras,
rosa blanca lunar, rosa roja solar.
Que el mundo no retenga prisioneros.
  
  
VII

Nada se sigue tras el cuerpo sin placer puro,
magnífico y vibrante,
límite de su grandeza. Felices,
inmortales, ajenos al odio y al amor,
en paz completa, indiferente al curso
del mundo, fácil de satisfacer.
Nos da la libertad,
tierras donde vivir,
sin levantar sospechas atrae pretendientes,
nos proporciona la salud del alma,
leyes escritas en una columna,
la sabiduría de los misterios antiguos,
el arte de la vida.
  

Fortune (laúd John Dowland)


VIII

Al alma de la alquimia, al aire ardiente
auscultando el destino, las esquinas del cosmos,
salvaje río, al ocaso del sabio,
en la barca de fuego tu memoria
esperando su mítico retorno.
Claridad y penumbra, esencia y calma,
la forma más perfecta, la sutil quintaesencia
su saber primordial, la mazmorra del cuerpo,
su alimento de ambrosía y de néctar,
oh turbación que ensombrece la vida.
Con la lengua secreta
en sintagmas oscuros,
esforzado y sin tacha
se fabrica en tu mente el oro espiritual.

IX

Invítala a venir
por tener tan alto honor de besarla,
que no te esté negado nunca el supremo don
ni que ese triunfo deba ser precario.
Y sentirte enteramente feliz,
sin experimentar sorpresa alguna,
un guerrero avezado, alquimista errabundo,
como quien oye la voz del Arcángel
para comunicarle nueva tan agradable.
Vino y oscuridad alegran el momento,
reserva el goce siempre
de su milagro, la celestial gracia,
el privilegio de poder oír
y aun ver su bien amado.
Déjala que emprenda bien tu destino.


X

Hasta que todo el cuerpo sea llevado a agua,
se redima a sí mismo,
a fuego lento de cenizas venga.
Es el estado puro del que un día partimos.
Los peldaños del orden.
Ahora cuando hables,
qué es lo que viniste a hacer —pregúntate.
Esparce a tu alrededor armonía,
tu centro luminoso y tan oscuro
a la vez, el sí y el no.
Ven, solve et coagula, ven, disgrega y reúne.
Porque no habiendo una causa, tampoco
habrá nunca un destino.


Mr. Dowlands Midnight (laúd John Dowland)


XI

A ti, esta mandala que llamas rueda del tiempo,
a ti, alma del mundo, mediadora,
disolución del cuerpo para borrar mi nombre,
el rocío te lava tu negrura,
con las bayas de muérdago
te hace ascender del lucero del alba.
Eres la plata líquida
entregada a los cuidados del Mundo,
la playa protegida donde varar mis naves.
A ti, águila que une los contrarios
en el latido perenne de Oriente,
redoma sobre el fuego.
Como la piedra hecha y acabada
con cuya piel se cubrirá el poeta
hasta borrar su rastro.
En las dulces aguas de tu matriz me recibes,
simiente de la Luz.


XII

Deja que venga el sueño,
que libere tu espíritu
como la noche al día, jaula de oro,
transformadas tus lágrimas en ámbar,
y aprende a controlar sus briosos corceles.
Recuerda cómo debes aceptar
su desafío, invocar a los vientos
hasta los lóbregos campos de asfódelos.
Haberlo vivido así es haber
transformado la sangre
de quien podría volver a ser joven,
armadura forjada por Vulcano,
elixir de larga vida, agua regia.
Como vencer y no hacer prisioneros.
Ahora vives en él,
la flor que lleva tu nombre
te rocía los ojos con veneno
—tu pensamiento es denso.
Escribe, para robarle un abrazo
encadenado, escudo con escudo,
imaginatio vera et no phantastica.
Sabiéndote tocado, ¿quién podrá
arrebatarte ya la juventud?


XIII

Será un último ardid que consuma lo impuro,
con el estímulo de su apetito
las pasiones más bajas,
como un pájaro que vuelve a la Vida,
el azogue que mata, atiza el fuego,
alquimia ha de ser.
Será la perfección o si no, no será nada,
en la quimera de luz y tinieblas,
el espejo de fuego revelado,
el poema será en su doradura,
y de dos cosas, sí, hará una sola,
la esencia de su credo.
Heme aquí, puro, sin tacha de amor
al despuntar el día,
como quien lava suelos con el agua de rosas.
  Tengo el poema omega,
alquimia ha de ser.


Lacrimae (laúd John Dowland)

Pues muchas gracias, amigos. Ha sido un placer.


Librería Walden, 
Pamplona 12 de Septiembre de 2014

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