jueves, 4 de diciembre de 2014

Presentación de LA PASIÓN DE LA LIBERTAD



H
e vivido durante muchos años fascinado por la mítica figura del poeta novísimo José María Álvarez, hombre de espíritu brillante, exquisito, pues las artes constituyeron toda su vida, dedicado de lleno a escribir en París, la ciudad sensual, suntuosa y hedonista hacia la que todos los hombres experimentaron siempre una innegable atracción. Muy imitado aunque inimitable, su poesía culta, letrada, de personalísimo cuño, consagrada a un ideal de sabiduría ha quedado pasaportada ya a la inmortalidad. De gusto por lo señorial y refinado, el amante apasionado de la belleza física, el personaje espléndidamente superior, el hombre que de veras asimiló la Cultura y el Arte antiguos había marcado, sin duda, un antes y un después en mi vida.
Pero fue durante mi estancia en la ciudad de Córdoba a finales de Septiembre de 2012 para asistir al congreso de los Novísimos —programado dentro de los actos del festival internacional de poesía Cosmopoética— que pude convencer a Álvarez para continuar con nuestras Conversaciones, las que habíamos iniciado cuatro años atrás en París, y que quedaron plasmadas en un primer libro bajo el título, Exiliado en el Arte. Era una oportunidad magnífica para ahondar aún más en cuestiones que no habían quedado, a mi parecer, suficientemente desarrolladas sobre su obra y su vida, el brillo de su personalidad, la medida de su genio, su itinerario vital y artístico desde casi su infancia. Siempre he pensado que me hallaba ante un poeta, que quizá no ha sido bien comprendido aún por sus contemporáneos, cuya poesía alcanzó en la mayor parte de su obra poética —recogida en el libro Museo de cera, su indiscutible obra maestra— una altura como pocas veces se había alcanzado antes o después en Europa.          
Se recogen aquí, pues, las Conversaciones que mantuvimos, con un recorrido minucioso por la mayor parte de sus libros, en el periodo comprendido entre ese mes de Septiembre de 2012 y el de Abril de 2013 —fecha en que las dimos por terminadas—, y que fueron llevadas a cabo de diferentes formas: algunas de ellas en persona, en su casa de París o paseando por la ciudad durante algunos días de Navidad y Semana Santa, otras por correo postal, algunas por teléfono, e incluso otras utilizando un método novedoso que la tecnología había puesto a nuestro alcance: la tablet y su sistema de escritura con reconocimiento de voz, transcrita y viajando al instante a través del misterio del correo electrónico.
Los desvelos del poeta por la Cultura y por la belleza quedan reflejados al detalle en las páginas que siguen; también su actitud escéptica y tolerante ante la vida, o su veta de poesía sensual, a veces de majestuosa grandeza, el refinamiento —la dicha mundana en su forma más refinada—, la aplicación de la inteligencia libre al servicio de su poesía, de su prosa o de su pensamiento, la mirada de despego de sí y la espiritualidad en el Arte.
Intelectual liberal, comprometido con la defensa de las libertades individuales y cuya actividad literaria ha sido silenciada en España durante años, su mundo es no sólo el de un escritor sino el de un modo de concebir la escritura. Sincero amante de las artes y de las viejas libertades, con una inteligencia nutrida de Literatura antigua, experto conocedor de lenguas, la fascinación personal que ha ejercido y ejerce sobre amigos y enemigos, la elegancia de su estilo, la coherencia de la totalidad de su obra creativa, no encajan ya en ninguna categoría. Muchos lectores como yo aprendimos con sus versos a conocer y admirar aquel Mundo antiguo, el declive lento pero irremisible de los gloriosos días, el implacable y devastador olvido de la Historia.
Cada vez que vuelvo a ver París, esa ciudad que se construyó cuando los arquitectos eran también artistas —los amantes de la Belleza se han extasiado ante su noble sensualidad—, Álvarez me sonríe siempre con nueva frescura, consagrado al placer del ocio, su inquietud intelectual, su independencia, su desbordante vitalidad me acogen de nuevo. Luego paseamos por aquel esplendor de París que él tanto ama, o visitamos los museos como una curiosidad ya del pasado ajeno y lejano.
Sus versos contienen una bibliografía oceánica, expresan un sentido estético profundo —la eternidad de la obra de Arte—, evocan a la perfección el refinamiento, un resto oculto de aquel mundo perdido. Todo lo cual me asalta una y otra vez tras la lectura o relectura de cualquiera de sus libros. Es la Poesía entendida como una de las expresiones más puras del Arte, como la única realidad —junto con el Arte— que merece ser salvada de la realidad.



Alfredo Rodríguez
Pamplona, 5 de Abril de 2013

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