sábado, 6 de diciembre de 2014

Prólogo de JMA a LA PASIÓN DE LA LIBERTAD



E
n cierta ocasión leí que en las salvajes tierras de Escocia, perdura un mito celta, el “fetch”, que sería ese su doble que los hombres alcanzan a ver antes de morir.
No es que yo imagine cercano tan fausto momento —hasta puede que lo viese con malos ojos—. Pero de adelantarme esa contemplación sobrenatural se ha encargado mi buen amigo el poeta Alfredo Rodríguez, quien desde hace años, además de ocuparse ansiosamente de mi obra, ha soportado largas tardes, y alguna mañana, de conversaciones conmigo sobre todo lo que iba ocurriéndosele. Varios meses, hace ya algún tiempo, de esa dedicación obtuvieron un libro que debe estar en las mesas de las librerías y, desde luego, en Internet. Pero no habiendo disminuido su curiosidad, en Septiembre pasado, coincidiendo en Córdoba (de España) por cierto congreso, volvió a tentarme con un segundo volumen que cubriese, me dijo, lagunas del primero.
            La idea de seguir comprobando por mí mismo ese curioso fetch, me hizo convenir con Alfredo Rodríguez en esa continuación de nuestras Conversaciones. El problema —ya que para mí era primordial la espontaneidad de las respuestas— estaba en que, mientras que para el primer libro Alfredo Rodríguez pudo pasar mucho tiempo en París, para este segundo las visitas deberían limitarse, pues su trabajo en Pamplona le impedía largos desplazamientos. Entonces trazamos un plan que incorporase a las conversaciones cara a cara otras mediante el teléfono y hasta el envío de cuestionarios, que yo he respondido dictando a uno de estos aparatos modernos que transforman en escritura la voz del interesado.
            No sé si pueden notarse diferencias entre aquellas conversaciones que tuvieron de marco la fría técnica, con su ración de soledad, y las que sentían el sol de alguna terraza de café cerca del río, o envuelta en las bellezas del Luxemburg o hasta entre los libros de mi casa junto a Notre Dame. Esperamos —él y yo— que no.
            Con todo ello, Alfredo Rodríguez ha consumado el libro que ahora tiene usted en sus manos. Y debo decir que no me desagrada, es más que si es capaz de revelarle al lector aspectos de mi vida, mis conjeturas y mi trabajo, que puedan interesarle, ha hecho lo mismo conmigo permitiéndome verme y, en ocasiones, discutirme. O discutir con ese fetch. Y como, según dice Flaubert, Je suis convaincu que nous entrons dans un monde hideux où les gens comme nous n’auront plus leur raison d’être[1], acaso no sea mala idea dejar estos testimonios de cuando todavía cultivábamos esa razón.



José María álvarez
París, 30 de Marzo de 2013




[1] Estoy convencido de que estamos entrando en un mundo horrible donde las personas como nosotros ya no tienen su razón de ser.

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