sábado, 27 de diciembre de 2014

VIVIR SÓLO PARA CELEBRAR LA BELLEZA (I)




a.r. Sí que considera usted grande el poema de Kavafis, El dios abandona a Antonio. Hasta lo puso encabezando su Museo de cera y en el griego original…
j.m.a. Es uno de los poemas que más amo, que me acompaña constantemente, que hubiera dado lo que fuese por poder escribirlo yo.
a.r. Y justo en la segunda cita del libro, la que va a continuación, esos versos tan significativos de Villon: Soy un libertino, el libertinaje me va… ¿Es usted en verdad también un libertino?
j.m.a. Qué más quisiera. Poder vivir como aquellos magníficos… ¿libertinos? Bueno, hay que darles un nombre y ese es el consagrado por la Literatura. Sí, grandes vividores. Grandes buscadores de placer. Y coincidía que eran cultos, inteligentes, con una vida muy plena.
a.r. ¿Es Ambroise Bierce quien habla en el primer poema de Museo, el titulado Oh, hazme una máscara (1969)?
Descanso sin bajarme del caballo
El calor destroza cuanto se ve
Ante mí la Frontera
Una voz me dice No cruces nunca esa Frontera
Fumo un cigarro
Sacudo mi uniforme de 35 campañas
Indiferente como un caballero
Que lo ha perdido todo y no espera ganar nada
Cruzo el río.
j.m.a. El que habla es el poema. Pero si tiene alguna referencia determinada, no es Bierce, de eso estoy seguro. Puede ser cualquier soldado de Stuart.
a.r. ¿Y qué es ese “algo, que sólo tuviste en el principio y verás al final”, eso que usted busca en la casa de su niñez y de lo que habla su poema Paseos de un solitario (1961)?
j.m.a. ¿Una cierta imagen de la dicha? ¿Inocencia? ¿Esa luz que lo baña todo convirtiéndolo en “asilo”? No lo sé.
a.r. El parque del poema Recuerdos de un parque (1962) imagino que debe ser el que existía justo enfrente de la casa de su abuelo en la que usted vivió unos años tras la separación de sus padres, ¿no?
j.m.a. Volvemos a lo mismo. Es el parque del poema. Quizá tenga árboles de aquel que usted dice. Quizá sea el Montsouris. ¿Por qué no alguna senda cerca del Pincio? En cualquier caso, es el parque del poema. Existe en el poema.
a.r. Ese mismo poema tiene un final, hablando de sí mismo, como poeta, como aquél que solo ha de vivir para celebrar la Belleza. Es hermosísima en verdad esa idea…
j.m.a. Celebrar es lo que hace la Poesía. O debe hacerlo. Recuerde usted a Rilke.
a.r. El poema Enanos bailando al son de castañuelas clásicas, de 1986, en que usted contempla un bajorrelieve en un Museo de Túnez, restos arqueológicos del naufragio de un barco romano, contiene una reflexión muy interesante sobre el Arte: “qué puede la Muerte / contra el destino que el artista / les concedió”
j.m.a. Cuando algo pasa a ser Arte, ya no muere. Y como digo ahí, el poeta les regaló a aquellos enanos esa suerte sagrada.

Bailan. Nacieron para
bailar e invitarte a la fiesta.
Alborozados exaltan la delicia
de vivir, y sólo piden
que te unas a ellos.
A qué fiesta irían
cuando su navío naufragó
en Madhia. Pero qué puede la Muerte
contra el destino que el artista
les concedió: danzar,
recordar la alegría.
Nacieron para cautivar
corazones, y la suerte
les ha permitido quedarse
para siempre entre un pueblo
que también ha hecho del placer,
del abandono y del amor
el sol de su vida: un pueblo sabio.

a.r. ¿Diría usted que hay ‘despedida’ en los versos de Museo de cera, que uno de los temas principales del libro, y de toda su obra poética, sea quizá la despedida, un poco a la manera de Brines?
j.m.a. ¿Despedida de qué? ¿De escribir, de vivir? En cualquier caso no creo que Museo tenga un tono de “despedirse” de nada. Creo que es una apuesta. Como en el póker. Pero uno juega contra la muerte, y no está seguro de que gane el farol.
a.r. Sí, claro que hay despedida. La despedida agridulce de un mundo que usted llegó a saborear —acuérdese de aquello de “The odds is gone, and there is nothing left remarkable beneath the visiting moon”[1]— y el tener que acostumbrarse a vivir ahora en este otro mundo que desprecia…
j.m.a. Ese mundo que usted dice, mi niñez ¿no?, donde seguramente cristalicé… bueno, era bastante espeso, casposo. Como la luz de las bombillas de la época. No en mi familia, y tampoco en otras personas, pero en general era un mundo, Jaime Gil lo define muy bien con la imagen de las gabardinas, no para recordar precisamente con nostalgia. Lo que sucede es que estaban mucho más vivas emociones respetables en las relaciones de la gente, y desde luego lo que podemos llamar vínculos con la herencia cultural, eran considerables todavía. Todo era más cálido, más “humano”. Y, por ejemplo, la sexualidad, mucho más ardiente.
a.r. Pero yo no me refiero a eso, José María. No me refería al mundo de su niñez. No es esa despedida —o no es la fundamental— la que se contiene en Museo. Mire, hay un momento al final de Signifying nothing, es una noche magnífica en Esmirna, usted está bebiendo y contempla a su mujer bailando, y roza con la mano “un mármol de eternidad”, y habla de eso, “la emoción de ese ensueño / como la mejor despedida al mundo que amamos”. Esa es la Despedida a que me refiero: la del poeta despidiéndose de un mundo donde era comprendido, donde tenía sentido amar la belleza…
j.m.a. Los poetas estamos siempre despidiéndonos, o con demasiada frecuencia.
a.r. No sé, creo que no toma usted en serio lo que le digo. Pero para mí es una de las claves de lectura de toda su obra poética. La Despedida de un mundo maravilloso que ya no volverá.
j.m.a. Bueno, pues se ve que me despido más de lo acostumbrado. Pero no olvide que también “la despedida” es un recurso poético. Y desde luego lo que esas despedidas mías no creo que tengan, ojalá, es ningún tono patético. Le digo adiós a horas hermosas y a un mundo que pienso que ha desaparecido y donde esas horas tuvieron su morada. Y puede que aún más: donde esas horas fueron posibles. Pero no quiere decir que deje de estar abierto a que situaciones tan hermosas, quizá con otro decorado, puedan tener lugar en mi vida.
a.r. Bien. Hábleme de Lester Young, el viejo músico de jazz que acompañó a veces a su amada Billie Holiday, y que fue también y ha sido uno de sus grandes mitos. Su música era poesía, ¿no?
j.m.a. Sigue siéndolo. Cada vez encuentro más profunda su música. Más misteriosa. Cuando toca acompañando a Billie Holiday, es una unión perfecta. Es música de altas horas. Se oye mejor algo bebido. Hay muchos saxos admirables, insuperables. Me pasa lo mismo, o casi, con Webster, con Parker —aunque este va por los caminos de San Juan de la Cruz—, con Hodges, con Hawkins… no sé, muchos. Pero con Lester siempre ha sido un viaje muy especial, por territorios como diría Dylan Thomas, con luz de alabanza.
a.r. ¿Y Villon? ¿Qué le llevó a traducir El legado y el testamento? Creo que se lo recomendó Carlos Cano, ¿no?
j.m.a. No. Yo lo llevé a él hasta Villon, que lo deslumbró. Fue cuando estábamos cumpliendo el servicio militar en aquella Batería de Artillería de Campaña. Gran persona, Carlos. Lo echo de menos. Pero con Villon, lo que sucedió es que había poemas que lo conmocionaron, y se pasaba el día recitándolos, recitándomelos. Villon está unido a mi vida desde mi juventud. Y cada día me parece más grande. Por eso decidí alguna vez, ya no recuerdo cuándo ni dónde, traducirlo. Pero no se puede traducir aceptablemente a Villon salvo algunas baladas.
a.r. La verdad es que su obra, por lo menos en España, no ha sido muy conocida ni estudiada…
j.m.a. Seguramente no. Algunas baladas sí son conocidas, hasta algún verso se repite incluso por quienes no lo han leído, lo de “las nieves de antaño” y algún otro. Pero desgraciadamente no es un poeta muy leído. A mí me ha interesado siempre mucho, muchísimo.
a.r. Y de Stendhal. Hábleme de él. ¿Qué “vio” usted ahí, en su obra? ¿Tanto se reconoció?
j.m.a. Fíjese, a Stendhal lo conocí por Stefan Zweig. Siendo yo casi niño todavía. Yo creo que ya desde los quince años no he dejado de leer a Stendhal constantemente.  No es que me reconociese en sus personajes, sino más bien en muchos detalles de su infancia, de su manera de ver el mundo. Sobre todo me “reconocía” en el Henry brulard. Los amantes de Stendhal somos un poco una especie de club privado, porque no crea que hay muchos admiradores de su obra.
a.r. ¿Y Li Pao? ¿Cómo y cuándo entró usted en su poesía?
j.m.a. Cuando hablamos de Li Pao verdaderamente no sabemos muy bien a qué aludimos, porque hablamos de un poeta, esto es, de Poesía, que suele ser intraducible. Y aquí tenemos un poeta chino, cuya belleza, la de sus versos, se nos escapa por completo. Leemos bajo su nombre una serie de poemas que otras personas han traducido y ni siquiera podemos cotejar con el original —yo al menos, que ignoro el chino, ese chino, además— si es eso lo que quería decir Li Pao, y en el mejor caso podemos llegar cerca de lo que quería decir, pero nunca de cómo lo decía. Pero es tan grande, sus versos deben ser de tal belleza, y tanta enseñanza sobre la vida y el Arte, que esa excelencia ha traspasado todas esas fronteras imposibles y nos permite aún encandilarnos, emocionarnos… Yo no sé qué leo cuando leo a Li Pao, pero me resulta suficiente para admirarlo sin límites, para volver una vez y otra a buscarlo, a que me lleve con él a la Maravilla. Pero hay otros muchísimos poetas chinos que yo admiro, a los que leo también frecuentemente. Muchísimos. Y por lo que usted pregunta, yo creo que a Li Pao llegué sobre los veinte años. No recuerdo cómo; creo que fueron unas versiones al español, a máquina, no sé de quién. Fue en Madrid.
a.r. También los japoneses tienen mucha importancia para usted…
j.m.a. Para mí la Literatura de Japón ha sido, es, muy importante. He aprendido mucho de ellos. Lo que sucede es que, como con los chinos, con los árabes, con tantos, ¿qué es lo que nos llega de lo que fue escrito? Porque no hablo de las distancias o diferencias de sensibilidad; eso no existe entre escritores: Ki no Tsurayuki o la divina Ono no Komachi son tan digamos “actuales”, “dialogas” con ellos, conversas con ellos como ayer con Kundera o como lo haces con Sófocles o con Jorge Manrique. No existe el tiempo. Se cambia el decorado pero las grandes preguntas, el gran sueño, es el mismo. Yo me refiero a lo que podemos “ver” en el placer de la lectura, la intensidad de la emoción, porque ahí, sobre todo en Poesía, sí tiene mucho que decir el que uno conozca y bien esa lengua o no. Los japoneses siempre me han atraído. Desgraciadamente es poco lo que he podido conocer, lo que he podido leer, en español, hasta que pude hacerme con las ediciones que debemos a Munárriz, sobre todo. Al Manyoshu, que para mí es fundamental, no llegué sino ya en los años ochenta, el 80 o el 81. Como a los Cantares de Ise. Yo había leído a Bashõ en la versión de Octavio, la que editó Carlos Barral; en los setenta, Basho fue bastante leído por todos nosotros. Pero por ejemplo para la Kokinshuu y la Hyakunin Isshu he tenido que aguardar hasta hace nueve o diez años. Pero, mire, un libro que para mí es importantísimo, absolutamente, es la versión española de las traducciones que hizo Hoffmann —en España creo que lo sacó DVD[2]— de ese último poema que algunos monjes zen escribían en el instante de su muerte. Algo asombroso.
a.r. ¿Y la novela de Genji?
j.m.a. Bueno, claro. Pero también he llegado muy tarde. Yo había leído un poco, pude digamos entreverla, en la edición de Waley; y también en la francesa de Sieffert —Sieffert por cierto editó un buen Bashõ—; esto fue hace lo menos veinte años, puede que algo más. Y luego he recordado que siendo niño leí algunas páginas, y me deslumbraron por su estilo, muy artístico, de un Genji Monogatari que tenía mi madre, y que se ha perdido, y que luego he descubierto que lo publicó Juventud. Pero el Genji completo, o así lo creo, no he podido leerlo hasta hace seis o siete años, cuando salió en España. A los que sí había leído bastante es a Tanizaki, a Mishima, aunque no es el que más me gusta, y sobre todo a Kawabata. Kawabata fue una revelación, un milagro. Lo descubrí en 1978 con La casa de las bellas durmientes, que luego he releído muchas veces, y después ya todo lo suyo en español. Y estuve buscando bastante tiempo obras de Saikaku, hasta que en Tokyo, Javier Sologuren, que lo había traducido, me regaló Cinco amantes apasionadas, que luego vi que lo había publicado Munárriz y se me había pasado. También los cuentos de Ooka. Y Murakami. Bueno, otros como Akutagawa. Pero mi conocimiento de esa gran Literatura es fragmentario, muy incompleto. Hace no mucho encontré en Gibert una antología, Haiku érotiques, interesante.
a.r. Pero su interés por Japón no es solo literario…
j.m.a. No. El cine me interesa muchísimo. Ya sabe usted, porque hemos hablado muchas veces de él, que para mí Mizogushi es como Shakespeare. Y otros muchos. Y también me apasionan formas de vida japonesas, su sentido del honor, aunque su sentido del honor es diferente del español, del europeo. Yo creo que se equivocan algunas introducciones por ejemplo a ese gran libro que es El Bushido, cuando se equiparan los conceptos de honor, etc, japoneses y los de la Caballería europea —supongo que sobre todo porque deben haber tenido muy en cuenta aquella magnífica Caballería normanda—. Pero bueno, para entendernos, sí, digamos el honor, el buen nombre, la lealtad, la elegancia en el trato, la cortesía. Y sus creencias religiosas. El Shintõ. También me apasiona su pintura. Y la caligrafía.
a.r. Hay un poema precioso, Piedra del sueño se titula, de 1994, que es por cierto uno de los preferidos de mi mujer, en el que nos habla de un pasador de oro para el pelo que usted está contemplando en algún museo, y hasta le hace hablar al propio objeto, insuflándole vida, en una reflexión crítica precisamente contra los museos y su afán por conservar, congelar, el Arte.
j.m.a. Dígale a Mamen que me hace feliz que le guste ese poema. Lo de mi rechazo de los museos es complicado. Yo me paso la vida en museos. Debo haber recorrido el Louvre, cuántas, trescientas, cuatrocientas veces… Más. O el Orsay. O tantos otros, de Italia, de Alemania, de Rusia, de Inglaterra, de Hungría o de Viena, de Estados Unidos… Me fascina poder contemplar esas obras. Pero siempre tengo una sensación de tristeza, como si esas telas, esos objetos, ahí, perdieran mucho. En primer lugar porque, sobre todo los cuadros, no estaban pintados para esa luz ni esa colocación. Por eso me gusta tanto Venezia; en las iglesias y en algunos palacios todo está allí para donde fue hecho. Y sobre todo en los últimos tiempos, los museos sí tienen mucho de congelación, porque ya no se limitan a “atesorar”, dejando en absoluta libertad al que entra para que vea lo que quiera y como quiera, sino que pretenden dirigir el gusto. El resultado de lo que la mayoría de los gestores consiguen, es muy discutible, cuando no absolutamente repugnante. Fumaroli lo analiza muy bien cuando habla del proceso moderno de “barnumización”[3] del arte. Yo prefiero sitios pequeños, donde cuelga una tela que el pintor sabía que tendría la luz de aquellas velas, o esa penumbra. Como creo que ese collar o aquel prendedor donde realmente alcanzaría su cima es sobre el cuello para el que fue soñado. Los museos, y le repito que yo soy visitante adicto, tienen algo de acuario muerto.
a.r. El poema Reino de juventud, de 1991, en que usted recuerda la belleza de una puesta de sol junto al mar, termina con unos enigmáticos versos: “esa imagen, ese gozo / que se te ha dado contemplar. / Sabes que es la moneda / que se pone en la boca de los muertos”.
j.m.a. Bueno… es para el viaje.
a.r. En el poema The river, de 1971, aparece por primera vez un término, una palabra, ‘ennoblecer’ —“Ennoblezco mi hora”, dice en concreto— que va a ser una palabra constante a lo largo de toda su obra, y de su vida me atrevería a decir…
j.m.a. Bueno… a lo largo de nuestra vida estamos siempre eligiendo. Esto o aquello, adentrarnos por ese camino o no, o por aquel otro. Comprometernos aquí o allí, apostar por esta causa, negarnos a estrechar según qué mano. Y cada decisión es moral. Somos libres y responsables, y por lo tanto lo somos para ser honorables o viles. Yo creo haberme esforzado por lo primero.
a.r. Quiero que me dé su opinión sobre la novela moderna, la que se ha venido haciendo en nuestra época. Usted ha sido un gran lector de novela clásica, pero la de hoy día creo que ya no le interesa, salvo algunas excepciones, imagino, como Vargas Llosa, Milan Kundera, o el género menor de la novela policiaca o de espías, a lo John Le Carré…
j.m.a. Milan Kundera tiene para mí una categoría stendhaliana. No sólo porque es el escritor extraordinario que lo es, sino porque en una hechura muy concreta de la narración, que podemos llamar “stendhaliana”, yo veo como un finísimo hilo de inteligencia e imaginación que los une a los dos. Milan es para mí una lectura importantísima. Vive aquí cerca, en la rue Récamier, una casa espléndida, con un jardín maravilloso que es público pero que es como si fuera privado. Milan es una de las mejores cabezas que hoy tiene la Literatura. Y… bueno… hay más escritores que me apasionan. ¿Qué decirle de García Márquez? No hay un relato más maravilloso en español desde El Quijote que Cien años de soledad. Yo siento como una de las muchas pérdidas de mi vida no haberlo leído a los doce años. Pero desde el 67 creo que no ha pasado uno sin volver a leerlo. Y El otoño del patriarca, que no entiendo cómo no le gustó a mucha gente, y me parece extraordinario. Y Mario. Y LeCarré. Con LeCarré lo que sucede es que me gustan más sus primeros libros que los últimos. Pero por ejemplo El topo debo haberlo leído seis, siete veces. Y otros muchos. Pienso en Musil. Aunque Musil es anterior a lo que usted llama “de hoy”.
a.r. Sí, bueno, pero El hombre sin atributos es una obra muy actual; y usted creo que es un devoto de ella, ¿no?
j.m.a. Lo he sido siempre, desde la primera vez que tuve esos libros en mis manos. Los tres primeros volúmenes, porque para el IV, el IV español, quiero decir, hubo que esperar algunos años. Sí, Musil ha sido muy importante para mi entendimiento del mundo, de la vida. Hace poco he hecho otra lectura completa. Aunque es un libro que uno puede leer hoy este capítulo y mañana aquel otro, sin orden. Pero una lectura completa y seguido no viene mal cada cuatro o cinco años.
a.r. Recuerdo que le pregunté una vez por el sentido, el significado de su poema Veinte mil leguas de viaje submarino (1976), aquello de ver la Historia “como el paso de la Luna entre la Horda y la Horda”, y usted me habló de ese espacio de tiempo entre la bestialidad histórica inicial y la que viene, la de los bárbaros actuales…
j.m.a. Esto no creo que requiera muchas explicaciones. Yo me refiero a la Historia “de verdad”, cuando pasaban cosas, muchas de ellas espantosas, pero, digamos, de consistencia. Quiero decir que si hay un momento en que nos damos cuenta de que el ser humano está ya edificando algo que va a ser grande, no es desde que está sobre el planeta. Pasan millones de años y no hace otra cosa que matar mamuts e ir detrás de la caza. Luego llega Egipto, y llega Israel, y Grecia, y Roma, y todo lo que viene después, y el Renacimiento, etc, y así llegamos hasta el XIX, que ya empieza a declinar. Y lo que veo venir es otra vez la horda del principio. Para mí, en los últimos tiempos, hay dos fechas, porque para entendernos ponemos fechas, donde está claro el crujetazo de la Civilización: la Revolución Francesa, que al olvidar su lado podemos decir de libertades inglesas, abre las puertas al horror de la ingeniería social, y luego la Gran Guerra del 14, que parte en dos la Historia.
a.r. ¿En verdad “los Dioses habitan en el vino, en la embriaguez” —como dice usted en su poema La lágrima de Ahab, de 1996?
j.m.a. Bueno, en algún lugar “embriagado” deben habitar.
a.r. ¿Cuándo se debería poder decir de alguien que es un poeta verdadero y cuándo no?
j.m.a. Creo que el tiempo sirve para medir esa grandeza. Digamos que cuando un poeta, su obra, sobrevive algunos siglos. Cuando sigue emocionando.
a.r. ¿No sería posible, factible, preparar una nueva edición de Museo de cera, pero prescindiendo esta vez de algunos poemas, aligerando el libro de páginas que sólo contienen citas, e incluyendo los poemas de los tres libros publicados después de la última edición de 2002?
j.m.a. Sería otro libro. Pero yo creo que ese Tiempo de que hablamos ya se encargará de aligerarlo. Ya estaría bien si en una imaginaria Palatina futura quedase algún poema, o unos versos.
a.r. ¿De verdad ha entendido usted a Hölderlin?
j.m.a. Creo que sí. Hasta donde puede entenderse a un Poeta. Pero Hölderlin es en ese sentido, clarísimo, transparente como el aire griego que tanto cantó y nunca sintió en su rostro. Además, ¿qué hay que entender en un Poeta? Uno siente o no una emoción muy intensa. Eso es todo.
a.r. Ya, pero usted utiliza a veces esa expresión, ‘entender’ o ‘comprender’, para referirse, creo yo, a cuando ha leído tantas veces a un autor, una obra, que ya lo ha aprehendido, ya se ha hecho carne suya de usted para siempre…
j.m.a. El Arte alcanza su plenitud en nosotros cuando podemos llevar en la memoria versos, poemas, imágenes de estas catedrales o aquella ciudad. Cuando ya no se precisa el libro para revivir esas emociones, ese placer, esa plenitud.
a.r. Sí, ahora que recuerdo, en algún sitio dice usted aquello de “comprender el Partenón”…
j.m.a. Quizá no usé la palabra que debía. Pero me refiero a comprender en un sentido “total”. O quizá, si lo pienso, sí es la palabra. Comprender “eso”.
a.r. Hábleme del señor de Talleyrand. Usted escribió unas divertidísimas memorias apócrifas de este personaje único, con las que además fue finalista del premio Planeta en 1993.
j.m.a. Fue un hombre excepcional. Me divirtió mucho escribir El manuscrito de Palermo. Me hubiera gustado conocerlo. Un hombre de una inteligencia superior, de excelente educación, con una idea muy clara de qué es el Poder, de sus mecanismos, sus bajezas y en ocasiones su grandeza.
a.r. ¿Y aquello que decía de que los que no han vivido antes de 1789 nunca supieron lo que fue la dulzura de vivir?
j.m.a. Se refería a un equilibrio mozartiano, eso que se respira en Las bodas de Fígaro. Sabían vivir. Nosotros ya hemos olvidado qué era eso.
a.r. “Ya todo lo que amamos / se quedó entre dos copas de champagne”, dice usted en un viejo poema de 1966, Prodigio amoroso o carta de una desconocida. ¿A qué se refería?
j.m.a. Una forma de hablar. Pero, sí; muchas veces ni nos damos cuenta, pero al mirar atrás vemos que ha desaparecido algo, o alguien que hemos sido, y como decía aquella película, “fue en Nimega, no, fue después de Nimega, no, fue antes de Nimega… en todo caso era un puente demasiado lejano”. Lo de las copas de champagne, es retórica. Queda.
a.r. ¿Qué tiene el último concierto para piano de Mozart, el 27, que tan insistentemente es proclamado por usted como una de las obras cumbre de la Música?, ¿qué siente usted ahí?
j.m.a. Lo tiene todo. Todo lo que fue Mozart y todo lo que yo quiero ser. Es una obra madura, sencilla, que toca al mismo tiempo el corazón y la inteligencia. Creo que Mozart puso ahí —bueno, y también en algunos cuartetos, y en Las bodas o en Così— todo lo que sabía, no sólo de música, sino de vivir.
a.r. Tengo entendido que Jimmy Giménez-Arnau fue un amigo suyo de juventud. ¿Qué le parece cuando le ve hoy por televisión?
j.m.a. Ah, yo quiero mucho a Jimmy. Lo hemos pasado tan bien tantas noches. Un tipo espléndido, muy simpático, alegre… y escribía bien; y digo escribía porque ya no creo que lo haga. Ahora no lo veo, porque creo que ha hecho programas en televisiones que nunca conecto. Pero si lo hace será porque le divierte y gana dinero.
a.r. “Este siglo no tiene solución”, es un viejo verso suyo refiriéndose al siglo XX, ¿cree que es aplicable también al XXI?
j.m.a. Si el XX no tenía solución, qué decir del XXI. Pero no es el siglo. Es el ser humano el que no tiene solución. Pero esto ya lo sabía Tucídides.
a.r. Un tema ciertamente controvertido en su obra y que aparece tanto en su poesía como en su narrativa, memorias, diarios, es el de su pasión por las Lolitas. Sé que le ha traído alguna vez algún problema…
j.m.a. Yo no tengo pasión por las Lolitas. A mí me gustan las mujeres ya maduras, en sazón, de treinta y cinco para arriba. Lo que sucede es que en muy contadas ocasiones, hay mujeres que a los 14 años, son criaturas excepcionales, ligheas como la de Lampedusa. Y cuando sucede uno de esos monstruos, se entra ya en el terreno del Arte, un arte supremo. Pero problemas nunca he tenido, porque cuando he conocido a alguna, la diferencia de edad era muy poca. Lo que no debe usted es confundir esa admiración —y por supuesto, excitación sexual— por la lighea, y lo que le pasa a mucha gente, que le gustan las niñas. A mí las niñas me aburren, salvo cuando tienen interés por la Literatura, quiero decir, cuando leen, cuando son esponjas. Lo que no me gusta ni me ha gustado nunca son las jovencitas, digamos las diecinueve, veinteañeras. Son insípidas. A mí me gusta una buena, una real hembra hecha y derecha, con eso que se llamaba “pasado”, sabiendo ya lo que quiere y cómo. Y en ocasiones, el deslumbramiento por la Lighea. Y también una cosa es la vida de uno y otra la Literatura. Nabokov escribió mucho e insuperablemente sobre niñas, porque esas sí eran niñas, tanto en Lolita como en Ada o el ardor, y en otros libros, y dice que jamás sintió ese estremecimiento. De todas formas, vuelvo a decirle que a edades muy tempranas pueden darse, muy excepcionalmente, casos de ese milagro que es la Lighea, y a él han sucumbido muchos. En algún libro mío y en mi conferencia sobre las Lolitas tiene usted una lista impresionante.
a.r. Claro, Nabokov…, hábleme de él y de la admiración que usted siente por su obra.
j.m.a. ¿No tiene usted preguntas pequeñas? De Nabokov tengo dos memorias: la de su lectura y la de las interminables conversaciones con Chamorro sobre Nabokov, porque Eduardo era otro lector apasionado de sus obras. Bueno, de Nabokov puedo decirle que jamás he leído una página suya sin sentirme deslumbrado por su inteligencia, casi insoportable, y por su escritura, absolutamente perfecta. Y lo he releído, y lo releo, muchísimo. Hay libros como Ada o el ardor que debo haber leído diez u once veces. Y no sólo es para mí un maestro como escritor, sino sus opiniones —que en muchos escritores aunque grandes pueden ser muy peregrinas—, magistrales, incuestionables. Nabokov es de los escritores que uno puede pasar su vida leyéndolos una y otra vez.
a.r. Con respecto al final de su poema Retrato de niña con «Vingt mille lieues sous les mers» (1995) en el que usted habla de una de sus queridas nínfulas, final que dice así: “Sé /como Shakespeare decía, / a rebel’s whore, / la puta de un rebelde.”, uno de sus compañeros de generación, Guillermo Carnero, por quien usted no siente precisamente devoción ni mucha simpatía, escribió en 1999 una crítica más bien negativa sobre La lágrima de Ahab, en El Cultural del diario La Razón, en la que venía a decir que alguien —sobre todo, alguna mujer— podría sentirse molesto, y que cabría preguntarse por qué debe una mujer acompañar a un hombre en calidad de puta, añadiendo que no podemos asumir hoy el concepto masculino de mujer del siglo XVI.
j.m.a. Bueno, Guillermo tiene ideas diferentes sobre muchas cosas. A mí, lo de “puta de un rebelde” sigue pareciéndome un destino altísimo. Realmente ahí la invité a la jovencita a tocar la gloria.
a.r. En aquel viaje a Sicilia, junto a sus amigos Salvador Montesinos y Dionisia García, que aparece en sus Diarios y también en su poema Hierofania o ceremonia de la sirena, le sucede a usted al parecer una historia, una anécdota increíble, en la piscina del hotel con la aparición estelar de una de sus nínfulas maravillosas. ¿Es real, quiero decir, sucedió así de verdad, con todos los detalles, o todo o parte es fruto de su imaginación?
j.m.a. Sí. Es una historia que parece inventada, pero, ya ve, fue así. Hablo de ella más extensamente en el Diario y creo que también en Los decorados del olvido. Fue asombroso. Ni un detalle imaginado. Verdaderamente fue brutal, me dejó écrasée[4].
a.r. ¿De verdad hubo un tiempo en que era usted capaz de leer todos los días a Tácito?
j.m.a. Mire, hay escritores que uno debe leer constantemente. Yo lo hago sobre todo por el placer de su prosa, por cómo escribían, por intentar aprender de ellos cómo no debo escribir. También está su enseñanza sobre cómo vivir. Sucede con Tácito, en mi caso; y con Montaigne, con Shakespeare. Pero también leo una vez y otra las páginas de Stevenson, o de Borges. Pero sí, a Tácito aunque sea quince minutos, lo releo casi a diario. Abro el libro por cualquier parte, al azar. Y me dispongo a la felicidad.
a.r. Yo a quien he llegado a leer casi a diario ha sido a usted. No creo que haya pasado nunca más de un mes sin que vuelva sobre sus libros. Y lo he intentado. He intentado leer a otros muchos poetas, pero siempre acabo volviendo a usted…
j.m.a. Mal hecho. Pierde usted un tiempo que le sería más enriquecedor con Tácito, y con otros, por supuesto.
a.r. ¿Por qué cree usted que en los gobiernos moderados le faltará quizá al artista un poco de aire?, ¿a qué se refiere?
j.m.a. Porque el artista necesita la excepcionalidad, y la vida normal de la sociedad, todo lo contrario. Y los gobiernos moderados serían los que tratarían de que esa normalidad funcionase. Y hoy es peor, porque son al mismo tiempo aparentemente moderados pero totalitarios en su alma.
a.r. O sea, que los mejores artistas salen cuando las cosas van, o muy mal, muy mal —como en el caso de la mayoría de grandes poetas españoles—, o muy bien, muy bien, como con Shakespeare, Casanova o Rilke.
j.m.a. Sí, claro. Pero no se trata de que las cosas vayan bien. Los tiempos de Shakespeare fueron excepcionales. Pero él lo pasó mal muchas veces. Cuando lo del motín de Essex estuvo cerca de que le costara caro. Y Casanova sabía muy bien lo que era escapar a uña de caballo y lo que era la cárcel. Y Rilke, porque tuvo mucha suerte con las damas. Pero no es que cuando va mal los artistas florezcan, y al revés. Sino este “ir bien” nuestro, esta nada, esta sociedad inerte.
a.r. ¿Cómo tuvo que ser escribir y vivir en la época de los grandes Papas del Renacimiento?
j.m.a. Fue un tiempo de poderosos latidos. Imagínese usted haberle caído bien a Julio II. Eso sí era inmunidad diplomática y no esto de ahora de que no te multen el coche.
a.r. Como ya hemos hablado en otras ocasiones, no es usted precisamente un amante de la Democracia, ¿no?
j.m.a. Hombre, uno, como viejo liberal a prueba de bombas es natural que prefiera una forma de gobierno donde podamos elegir a nuestros representantes, y todo sometido al poder de las leyes, con unos controles absolutos del Ejecutivo, del que nunca hay que fiarse por supuesto. Yo no puedo aceptar unas formas de gobierno sin el máximo posible de limitación del poder del Estado. Tucídides ya dejó claro que el hombre no tiene remedio… De no creer en eso, no necesitaríamos haber salido por ejemplo de lo que llegó a organizar la vieja Venezia, aquella oligarquía sabia, educada, con una devoción sin límites por servir a la Serenísima honradamente, con inteligencia y vigor. Y aun así, contando con la lealtad y experiencia de aquellos gobernantes para hacer-lo-mejor-posible su gobierno, no dejaron de protegerse de todo abuso de poder con contrapoderes muy eficaces; piense usted en la Señoría, en el Consejo de los Diez, en la ley que obligaba a todo responsable, civil o militar, a tener, y con su mismo poder, una vigilancia constante. En fin, eran muy inteligentes. Pero nosotros hemos llegado a otras formas de regirnos. Lo que sucede es que a mi entender esta Democracia que vivimos ahora en Occidente, no es precisamente una lección ni un ejemplo de respeto a las libertades, ni de control de los gobiernos, ni de selección de los mejores para esos cargos. Por eso no creo en esta Democracia y no puedo llamarme demócrata cuando lo que empezó bajo la luz de la libertad ha terminado en una orgía de partidos políticos, de poderes ilimitados, todos ansiosos de llenar su bolsa, ofreciendo irresponsablemente lo que no es sino destrucción a cambio de unos votos que les permitan seguir extorsionando a la sociedad.
a.r. Pero todo aquello de Venezia no dejaba de ser al final sino un reparto del Poder, no entre los mejores, sino entre los miembros de unas pocas familias, ¿no?
j.m.a. Los mejores. Sin duda.
a.r. ¿Los mejores, o los más ricos? Porque a veces hay mucho tonto con dinero… j.m.a. Allí tuvieron mucha suerte: eran los mejores y además muy ricos.
a.r. “Brilla Macao en la noche / Y estás / Anestesiado”. Es el final de su poema de 1970, Al sur de Macao. ¿De verdad estuvo usted en la China o es sólo el nombre de algún local?
j.m.a. No. No estuve en China. Tengo que ir, y quizá junte el viaje a China con el de Japón que tengo que hacer en Primavera. Pero se me ocurrió Macao porque creo que le da una fuerza al título que hubiera faltado si escribo un nombre menos conocido. Macao es lo suficientemente famoso y lo suficientemente exótico para lo que quería. Imagine usted que hubiera dicho Al sur de… Castellón de la plana, o de Logroño.
a.r. Hizo usted un viaje a Japón hace unos años por primera vez y le impresionó muchísimo. Sé que era algo que llevaba muchos años deseando…
j.m.a. Me había invitado unos años antes la Japan Foundation, pero no pude ir por problemas de enfermedad de mi padre. Luego la Universidad de Sofia y la de Kansay en Kyoto, me volvieron a invitar. Fue un viaje maravilloso, porque aparte de lo bien que te consideran y tratan, el ambiente intelectual era muy propicio. Y sobre todo Kyoto, poder recorrer todos aquellos templos, era algo en lo que había soñado mucho. Templos, bosques… la ciudad extraordinaria. Estuvimos en Tokyo, en Nara, en Kyoto, como le digo, en Osaka… Espero repetir dentro de poco aquellas emociones, y ahora creo que estoy más preparado aún.
a.r. En su poema titulado Historia de España (1981), donde varios personajes —el bufón Calabacillas, Lope de Aguirre, el Quijote, Hernán Cortes, Durruti— se dan cita, aparece perfectamente definida la esencia de un país...
j.m.a. Puede que desafortunadamente la Historia de España sea ese camino árido y tantas veces cruel. Machado, Antonio, lo dijo con mucha claridad y con más intensidad poética que yo. Y sí, creo que esos personajes que cita, son rostros muy definidores de España.
a.r. Del bufón Calabacillas usted tiene sobre su mesa una reproducción, excelente, por cierto. Y tiene también otros cuadros: Las Meninas
j.m.a. Sí. Bueno, en realidad tengo cuatro láminas muy hermosas. El bufón Calabacillas es para que no se me olvide España. Lo que somos. Las Meninas, claro, que para mí es quizá el cuadro de los cuadros…
a.r. ¿Cuál es el cuarto? Porque el otro es un Rembrandt magnífico: Jeremías lamentando la destrucción de Jerusalem.
j.m.a. No sé si “lamentando” o “previendo”. Yo prefiero previendo. Lo tengo ahí porque es de los cuadros que más me impresionan en este mundo y porque de alguna forma confirma mis previsiones. El cuarto como dice usted es el de Lautrec, El salón de la rue des Moulins.
a.r. Son pintores fundamentales para usted, hasta para entenderlo a usted…
j.m.a. Supongo que sí. Desde luego me han acompañado, como Mozart, toda mi vida.
a.r. Usted ha dicho a veces que Velázquez y Rembrandt son los dos pintores más grandes que conoce…
j.m.a. Sin duda. Pero ¿y Rafael? ¿Y Leonardo? Aunque, sí, Rembrandt y Velázquez me emocionan como ningún otro. ¿Sabe usted que hace poco estuve pensando en hacer un pequeño ensayo, parecido a lo que hice con Velázquez y que está en Los decorados del olvido; una especie de paseo por sus cuadros? Sería sobre sus autorretratos. Porque siempre me han impresionado y porque además en Rembrandt fueron una obsesión. Es curioso la cantidad de autorretratos que hizo. Yo no conozco otros pintores con esa dedicación. Una vez que intenté seguirles la pista, me salieron sobre cuarenta, o más, y eso sin contar los grabados. Es insólito. He contemplado muchos, he tenido esa suerte. Los que están en New York, tanto en el Met como en la Frick. El de la casa de Frick es extraordinario, puede uno pasarse horas delante. Conozco bien los de la National de Londres, el que está con una blusa bordada no sé si no será el mejor. Y también ese asombroso con cadenas de oro y pelliza de la Wallace. Pero no he podido ver los de la Colección Real, el de Windsor, ni el de Kenwood House, que me interesa mucho; solo conozco reproducciones. Conozco bien los de Viena, los que están en los Uffizi, me gusta mucho el de la Pitti… Ah, ese autorretrato de medio busto del Kunsthistorisches Museum; es difícil ir más lejos. Bueno. Y los de Liverpool, los del Louvre, los de Berlín… Pero me “faltan” dos que hay en Kassel, los de Boston y uno que creo que está en Aerdenhout, en Holanda; y también los de La Haya. Se “me pasó” —no sé qué me distrajo, me ocupó por completo y me hizo olvidarlo— el de Edimburgo, pero será lo primero que haga en cuanto vuelva allí, porque he visto muchas reproducciones y creo que es de los más importantes para lo que quiero hacer… Como en Múnich. Me pasó lo mismo, y precisamente con uno de los que más me interesan, que es el autorretrato con cuello blanco. Y hay otro en la National de Washington que no pude ver, y tampoco he visto nunca el de Otawa, ni el de Glasgow, ni el de Dresde. Me gustaría repasar uno que hay en Estocolmo, el del birrete, y un estudio de rasgos que está, o estaba, en Amsterdam. El que no quiero escribir nada sin verlo es precisamente el último que pintó, y que también está en La Haya. Hoy es fácil localizar con Internet dónde se encuentra una u otra tela. Y hay posibilidad de estudiar con detalle un cuadro no solamente viéndolo ahí colgado, sino en detalle, en reproducciones extraordinarias. Pero siempre siento que no es lo mismo. Las reproducciones, sí, me permiten aislarme en la soledad de mi estudio, fuera del embrollo, el absurdo de los museos, la gente que pasa, de la luz, muy mala casi siempre. Pero en fin…
a.r. “Sobrevive al Poder” es el único verso que forma su poema Epitafio de Sinuhé el egipcio, de 1981. Me pregunto si eso es posible y si es lo más recomendable para un poeta…
j.m.a. Al menos que nos quede sobrevivir, contemplar las ruinas de este o aquel Poder, quiero decir la desolación que dejan. Si encima de soportarlos no podemos verlos morir… Le crime avec tous ses leviers[5], como dice Rivarol.
a.r. Su poema Persecución y asesinato de Billie Holiday (1966) en el que responde al género clásico del ‘ubi sunt’, preguntándose por el paradero de varias divas de la canción admiradas por usted, me parece a mí que está inspirado en una de las baladas de Villon, ¿no es así?
j.m.a. Sí. Es un homenaje. Calco la balada de Villon.
a.r. Hábleme de La flauta mágica. Usted me la recomendó para iniciarme en la Ópera, junto a Las bodas de Fígaro, y el Don Giovanni. Me dijo, una fría mañana mientras paseábamos frente a la Ópera Garnier, que eran tres obras que yo ya debería poder escuchar enteras.
j.m.a. Sí, claro. La flauta, Don Giovanni y esa portentosa Così fan tutte. Supongo que cuando las escuchó me habrá dado la razón.
a.r. No sé, sigo sin “hacerme” a escuchar una Ópera entera, de principio a fin. Tengo muchos discos de Ópera en casa, pero todos son de fragmentos, de selecciones de los mejores momentos…
j.m.a. Entera, supongo que la mayoría de las Óperas le cansarían. Pero le aseguro que con Mozart, no. Y puede atreverse también con Rigoletto, con Tosca, con La Traviata, con Falstaff… con Cavalleria rusticana, que además es muy corta.
a.r. Hábleme de “la monstruosa Luna del insomnio”; es un tema recurrente a lo largo de su obra, ese insomnio, bañado a veces en alcohol, en el que usted parece encontrar tanta creatividad poética...
j.m.a. Bueno, sobre todo esa “monstruosa Luna del insomnio”, es un verso. Y no muy malo. Desde luego el insomnio, aunque no siempre, es un buen espacio de reflexión.
a.r. Estos versos de su poema Las flores del insomnio, de 1977, “Sé que el olvido se encargará / de mis páginas Mas otras / que he leído le bastan / a mi vida” me recuerdan mucho a aquello que decía su maestro Borges, tantas veces repetido, de que estaba más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito…
j.m.a. Borges lo dijo antes. Y otros. Pero es verdad. El olvido se encargará de mis páginas mucho antes que de las de mis maestros. Y es verdad que con muchas de las que he leído, me basta.
a.r. Esto de que “La Muerte guarda las Puertas de la Modernidad”, en su poema El triunfo del barroco (1969), tiene que explicármelo usted, por favor…
j.m.a. No puedo. Es lo que hemos comentado en ocasiones. Sobre todo son palabras en un orden. Y usted sacará las consecuencias si ese verso lo merece.
a.r. Pero es que ese verso está solo, quiero decir, todo él constituye un poema, el poema. No hay ninguna referencia más… No sé, tengo la impresión de que cuando sale el tema de la muerte en nuestras conversaciones usted lo evita. Es como aquello que decía también Borges, de que la muerte era una vieja cortesana, que todo el mundo frecuenta, pero de la que nadie habla en sociedad.
j.m.a. Borges llevaba razón.
a.r. ¿Cómo fue aquella época suya en que amaba usted vivir en hoteles? ¿Pueden ser el hogar ideal del poeta?
j.m.a. Quizá. Yo he vivido años en hoteles. Y sigo amándolos. Hay una libertad que es de los hoteles, no de una casa propia. Y la movilidad.
a.r. Al respecto dice usted que “son ese lugar que no pregunta, como una buena amante”…
j.m.a. Sí. Un hotel tiene más de amante que de esposa, que sería la casa.
a.r. Hábleme de su amigo Onetti, el escritor uruguayo, que estuvo viviendo una temporada en su casa de Cartagena.
j.m.a. Puedo contestarle con pocas palabras: Un escritor muy grande, inmenso. Un hombre extraordinario. Y un amigo muy querido. Yo había leído sus novelas y lo admiraba; una admiración teñida también de cierta complicidad con su mundo, con su forma de contar. Entonces, debía ser la Primavera del 75, cuando pudo salir de Uruguay y se refugió en España; Dolly estaba buscando un lugar donde poder descansar, a ser posible con buen clima y alejado de Madrid. Yo estaba entonces en Villa Gracia. Me enteré y les dije que podían venir a mi casa. Y allí se presentaron. Y se quedaron hasta que en Diciembre Juan Carlos y yo —porque Dolly no pudo venir; creo que tenía que volver a América para resolver algo— fuimos a Cuba, donde estuvimos hasta casi Febrero. He contado muchas cosas de nuestra relación en Los decorados del olvido y creo que por algún otro sitio. En fin… Sólo puedo decirle que después de aquel encuentro, mi admiración aumentó, y mi respeto, y ya se fundió todo en una gran amistad.
a.r. Luego está su adorado Eliot, “otro de los pocos que vio el desastre”, como lo define usted en su poema Entre aquellas ruinas y despojos (1985). Usted tradujo para Renacimiento The waste land, un poema de poemas, a mi entender, complicadísimo…
j.m.a. Sí, es difícil. Pero no tanto como otros poemas con los que he trabajado. De Eliot… creo que, sin él, sin su obra, yo no entendería —me sucede lo mismo con Pound— el discurso de la Poesía digamos “Moderna”. The waste land siempre he pensado que es “Eso” ahí, delante, esa puerta que, sin comprenderla, sin hacerla carne de uno, no es posible adentrarse hoy en la Poesía.
a.r. ¿Siguen vivos aún “los dioses de la noche, esos que otorgan mujeres y lecturas”? O ya todo aquello pertenece a un pasado remoto en su vida…
j.m.a. Los Dioses de la Noche siguen ahí. Frecuentarlos y recibir sus regalos depende ya de cada uno. Yo no abandono el pasado. El pasado supongo que debe empezar con la muerte.
a.r. ¿Y sigue usted brindando con la última copa, la del desprecio —como la llama en el final del poema Nubes doradas (1969)— por los que aman como usted?
j.m.a. Sí.
a.r. ¿Y cómo es esa forma de amar?
j.m.a. Como yo.

Qué importa ya mi vida.

Cada vez que levanté mi casa, la
destruía. A cualquier país que llego
no amo otro momento
que aquel de divisarlo. Nunca
pude decir dos veces bien venida
a la misma mujer.

Respetarse uno mismo.

Pensar.

Veo crecer los rosales que planté.
Destapo la última botella del último
pedido.

Miro
como mi vida salva cuanto hay de noble.

Por ti, oh cultura, y por todos
los que vivos o muertos me hacen compañía, bebo.

Más allá del tiempo y de mi cuerpo,
bebo. Lleno
de nuevo el vaso. Dejo
que lentamente el alcohol vaya cortando
los hilos que me unen
a esta barbarie.

                            Y con la última
copa, la del desprecio,
brindo por los que aman como yo.


a.r. “Hay lo que hay. / Y bueno puede hacer a lo que venga”, dice usted en su poema A dos días de las minas del rey Salomón (1991). ¿Tan mal está la cosa?
j.m.a. Son frases hechas, ¿no? Pero, sí, pienso que podemos ver cosas peores. El ser humano no tiene arreglo, al parecer. Supongo que queda decir como Madame Roland al Conde de Beugnot cuando se la llevaban a escuchar su sentencia: Du courage![6]
a.r. A veces sus poemas adoptan un tono existencialista, casi desesperado, como en este final de su poema Magnificat, de 1993:

Y me amo.
Amo esta radiante destrucción
más allá de la cual, al fin, ya no veo nada.

               j.m.a. Bueno… puede ser un poema consecuencia de que en un momento dado, la desesperación, o el desasimiento, o yo qué sé, le hace a uno contemplar como un relámpago lo que puede haber más allá. Y yo, al parecer, en ese instante no vi nada, o solo vi Nada.
a.r. Siguiendo con ese tono duro y sin contemplaciones, nos encontramos con uno de los, para mí, mejores poemas de Museo: El cortejo de los magos (1991), una gran alegoría apocalíptica sobre el sinsentido de nuestro mundo, un poema que yo mismo he recitado muchas veces para los amigos al final de alguna cena.
j.m.a. Es un poema que me dio mucho trabajo. No para ir desarrollándolo, sino para podar, eliminar muchos versos y dejarlo en el hueso. A Carlos Marzal le gusta mucho. Pero yo creo que al final de esas noches a que usted alude, que imagino alcohólicas y cálidas como la piel de una adolescente, debería elegir poemas menos… menos devastadores.
a.r. Bueno, esos improvisados recitales míos de poemas suyos al final de una velada entre amigos ya pasaron a la historia. Era cuando aún pensaba que podía convencerles de que usted es y ha sido uno de los mejores poetas que hemos tenido. Ahora ya les he dejado por imposible. Que sigan leyendo a Gamoneda o a Hierro. Como dice usted, “allá ellos”…
j.m.a. No pierda el tiempo con esas bobadas. De verdad, allá ellos…
a.r. Ya pero esas bobadas como usted dice, lo condicionan todo, manipulan a la gente, silencian a los grandes y alzan a los mediocres…
j.m.a. Jamás se ha conseguido silenciar a un gran poeta. Pueden impedir que se le conozca durante cierto tiempo, pero a la larga todos esos manipuladores desaparecen sin que los recuerden ni en su casa, y el poeta sobrevive. Y al revés: puede ponerse al servicio de un farsante toda la batería de medios que se quiera, e incluso hacerlo “famoso” durante unos años, pero después se muere solo. El Arte no perdona. Afortunadamente.
a.r. Uno de los episodios shakesperianos que a usted le gusta más recordar es ese en que el ingrato príncipe Hal, una vez coronado rey, desprecia a su amigo de correrías, el viejo Falstaff, con aquello de «I know thee not, old man[7]». Hay un poema, Lo que el viento se llevó (1976) se titula, en que usted lo extrapola a lo mismo que sucede en la vida con nuestros viejos sueños.
j.m.a. Es una escena inolvidable. Y creo que lo que hice en ese poema, jugando con las palabras de Falstaff y la cuchilla helada de Hall, dio un buen resultado, ¿no cree?

Dichoso corre Falstaff  al encuentro
del Rey. Quien fuera su conciencia
y su alegría, cuando Príncipe,
aguarda en una esquina
el paso del cortejo;
todo lo espera, y hace planes
para brillantes días.
Ya suenan las trompetas. Ya aparece a caballo.
«Dios te proteja, dulce niño», grita
Falstaff, saliendo de las filas
de la multitud.
«No te conozco, anciano»
responde sin mirarle
el Rey.
Como Falstaff,
los viejos sueños
vienen de extraños días
al que ahora somos, recordándole
extrañas horas.
O como él, quien ahora somos
llama lejanos días.
Mas siempre recibimos
la misma seca
respuesta: No
te conozco, anciano.

a.r. ¿Pero cuál es el sentido de esa comparación con los viejos sueños?
j.m.a. Hay tanto, tantos sueños que nos hicieron vivir un día, y que hoy recibirían a su esperanza esas duras palabras.
a.r. Unos hermosos versos de amor, en el final del poema, Acuarela romántica (1966), en que usted rememora a un viejo amor de su infancia-adolescencia, dirigidos a alguna prima suya o a alguna nurse —creo recordar por sus Memorias—, dicen así: “Nos besamos / Y yo cierro los ojos // y es como si ya jamás / hubiera vuelto a abrirlos”.
j.m.a. No. No era mi prima; mi prima fue años después, y de forma mucho más dura. Ahí recuerdo —aunque un poema no se refiere nunca a algo en concreto, “real”, o no debe hacerlo— a una vecina, una niña encantadora que vivía en el mismo edificio, y con la que jugaba mucho. Y sí, cuando en esa edad, yo tendría, no sé, cinco o seis años, asiste uno a un espectáculo sublime como ese, ya queda en sus ojos para siempre.
a.r. Su cita de Schopenhauer, “la memoria reproduce siempre una imagen mucho más bella que el original”, para el poema Baile con orquesta (1966), creo que es muy representativa de lo que ha sido su obra, ¿no le parece?
j.m.a. Ojalá fuera así. Me gustaría mucho también que sucediera con la memoria de mi vida, cuando me recuerdo.
a.r. “Morir por la cultura / es vivir por ella” dicen unos versos de su poema Investigación confidencial, de 1967; ¿sigue usted pensando lo mismo o lo ha pensado en verdad alguna vez?
j.m.a. Pienso lo mismo.
a.r. ¿Pero quién vive hoy así en nuestro entorno? ¿Quién vive o se desvive por la Cultura a cambio de nada? Ya no existe gente como Montaigne o como Borges. Nadie mueve un dedo si no hay un mínimo de dinero de por medio.
j.m.a. Las cosas que hemos visto, ¿no? Ha! Sir John, said I well? We have heard the chimes at midgnight[8].
a.r. Tiene que explicarme aquello de que “la Literatura, como decía Illingworth, es lo inexplicable persiguiendo lo inconcebible”
j.m.a. Hombre… aparte de cierta broma, y el homenaje a Wilde, me parece que no es una indicación incorrecta. Cada vez esto de escribir me parece más incomprensible; y desde luego, lo que “vemos”, cada vez más inconcebible.
a.r. Me gustaría que me hablara de algunos seres queridos que aparecen en sus versos: su madre, que tanto le indujo a la lectura, su abuela materna, que le facilitó de muy joven un ámbito donde escribir, o el recuerdo de su hermana, que murió aquella lejana noche de verano de su infancia.
j.m.a. Mi madre fue, y lo es, una inmensa lección de amor, de dignidad, de enseñanza de vivir con esa dignidad. Me enseñó la gran lección de perdonar, de aprender a perdonar. Y humildad. Y a enfrentar con orgullo la soledad. Hablábamos con frecuencia de libros, de autores que los dos “necesitábamos” para vivir, como Stevenson, Kavafis, Zweig, Cervantes… La recuerdo muchas veces, es una imagen suya que me acompaña, leyendo en paz. Mi abuela, yo la adoraba, y ella a mí. Le bastaba con mirar; sabías que lo había entendido todo. Había sufrido mucho, entre otras cosas el fusilamiento de su marido y la pérdida de gran parte del patrimonio familiar.  Pero era orgullosa, y lista, muy aguda, y con humor. Y mi hermana era muy cariñosa, le divertían cosas de mi vida. Murió tan joven… Bueno, las tres son lo que podemos llamar “el calor humano”, una memoria que en muchos momentos me ha sostenido.
a.r. ¿De verdad cree usted que no será recordada nuestra época?, ¿ni siquiera en la historia de la Literatura?
j.m.a. En la de la Civilización acaso sea recordada con desprecio. Pero en la de la Literatura, sin duda hay nombres que no morirán; piense usted en Borges, en Lampedusa, en Musil, en García Márquez, en Kundera, en Nabokov… en otros. Hay más. Y meto a Musil, porque creo que usted se refiere a estos últimos años, porque su obra no empezó a ser leída fuera de Alemania hasta ya los años sesenta. En Pintura tampoco será olvidada esta época; bastaría con Picasso o con Bacon.




[1] Los seres incomparables no existen ya, y nada queda de notable bajo el influjo de la luna (Del Antony and Cleopatra, de Shakespeare)
[2] Poemas japoneses a la muerte, de Yoel Hoffman
[3] Neologismo con el que designa la trágica banalización de nuestra evolución espiritual, comparándola con los espectáculos circenses de P. T. Barnum en el siglo XIX.
[4] Arrasado.
[5] El crimen con todos sus servidores.
[6] ¡Valor!.
[7] No te conozco, viejo
[8] ¡Ja!, sir John, ¿digo bien? / Hemos oído los carillones a media noche (Del Enrique IV, Segunda parte, de Shakespeare)

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