viernes, 2 de enero de 2015

Alquimia ha de ser (III)





No tuvo comienzo ni tendrá ningún fin, forma
ni dimensiones. La prima materia
nodriza de todas las cosas, su fuego etéreo
bellasombra, de palabra en secreto
con la armonía oculta del poeta.
Una vida en el mundo que despertó el Deseo,
seres antaño puros, envolturas del alma,
su alquimia natural, la verdadera Piedra
en movimiento eterno,
opus consumado.








Es el Antiguo, el que Todo le hablaba,
lo que gustosamente padecía,
las dos alquimias. Piedras y metales
en idéntico grado de pureza,
magnum chaos, los círculos del Tiempo.
Todo un castigo. Todo recompensa,
un temor reverente,
abstinencia perpetua, la dolencia tan larga.
Como el ágil Mercurio, como olas de luz,
la miríada de flores,
madre de Todo lo vivo contiene
enseñanzas secretas.
Todo lo vivo, de su propio fin la semilla,
el asiento del alma que surgió de la sangre
por la infinita lección del silencio,
la verdadera Alquimia.





Luz divina en la sal.





Sabed que fuera de la vida solo
la bonanza espera. Su venero de la muerte
dando pábulo a rumores y coplas
principio sea de todo.
La placa de esmeralda que fue hallada en la tumba,
una lámpara de vidrio esmaltado
que alumbra el nombre más antiguo conocido,
el nombre y el renombre dando al través la nave,
flecha de plomo que conseguirá
hacer desaparecer el amor.
La espada en la piedra, su reino como un espejo.






Al tránsito de ésta a la otra vida,
sencillez de su culto,
a su brillo aparente
sobre un podio elevado.
Sede de la verdad, mantia de los espíritus,
el arma de la palabra quedó
decidida, dejando tras de sí
una herencia enigmática.
Privaciones y pérdidas,
distinguir lo fingido de lo que es verdadero,
derruir las murallas entregando una flota.





La alquimia se practicó, lo celeste
y lo natural, la plata con la Luna,
la ciencia o el placer. Su Belleza era noble,
disolución del alma por los caminos nuevos,
su extinción verdadera.
El desprecio al dolor y el desprecio a la muerte
como todas las cosas
vanas, urgía sus preparativos,
porque era en la memoria en donde ardía.
Con estos mimbres frágiles,
tiaras y joyeles del tesoro secreto,
estatuas que derraman lágrimas infinitas
para acoger en su seno a los muertos.





Esponsales del mar, su visión luminosa,
brasas del fuego sagrado, un espejo
para incendiar los barcos.
Ajeno a desastrosos avatares,
con el alma manchada, color del lapislázuli.
No por ello cesaron
conjuras, lo precario del favor.
Y con esa curiosidad solícita
como tengo por costumbre, anegar
en llanto los ojos, lo que produce
dentro de los apuros, una vida tan suave.





Para que hoy la memoria pueda evocarte debe
retornarse uno a las formas más puras,
continuar derrota barajando la costa
y carenar las naves en audiencia secreta,
si la vigía fuera permanente.
Hombre de reconocida piedad
y con cuánto de gracia valerosa,
herencia que pervive,
códice que contiene el suave tacto.
Con tu existencia plácida y libresca,
tu espíritu que prefigura el Arte
hasta imprecisos límites.





Si somos lo que somos, vidas y hechos
con la oportunidad de revivir,
caminos impenetrables de un bosque,
jirones de la niebla.
Con ojos bien distintos no cuesta imaginar
belleza de Estatira,
mujer en fresco arrastrada al suplicio,
su figura tallada,
la presión incontenible en el pecho.
Fue al levantar la máscara,
en la cabeza corona de mirto.





Será un último ardid que consuma lo impuro,
con el estímulo de su apetito
las pasiones más bajas,
como un pájaro que vuelve a la Vida,
el azogue que mata, atiza el fuego,
alquimia ha de ser.
Será la perfección o si no, no será nada,
en la quimera de luz y tinieblas,
el espejo de fuego revelado,
el poema será en su doradura,
y de dos cosas, sí, hará una sola,
la esencia de su credo.
Heme aquí, puro, sin tacha de amor
al despuntar el día,
como quien lava suelos con el agua de rosas.
Tengo el poema omega,
alquimia ha de ser.
 
 

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