martes, 6 de enero de 2015

OLIENDO A BREA



Sí que sirve Internet, sí. Sirve y para mucho. Mucho y bueno. La información privilegiada que arroja sobre el tema que desees no tiene precio. Es sólo cuestión de paciencia y de saber buscar.
Sin ir más lejos, yo que me he convertido en un auténtico rastreador indio navajo, para los menesteres cibernético-poéticos que me atañen y apasionan he descubierto la ubicación de todos los artículos para Revistas Literarias que escribió y publicó en vida el poeta Miguel Ángel Velasco, la mayoría de los cuales lo fueron para la magnífica Revista Archipiélago, en cuyo consejo de redacción se encontraba su gran amiga , la poeta, Isabel Escudero.

Después he ido solicitando los ejemplares a las respectivas librerías de viejo y editoriales en cuyo depósito se encontraban, y ya los tengo  casi todos felizmente por casa. Me han ido llegando por correo postal  las revistas hasta casa en estos días tan felices para mí en que me encontraba ausente de casa y ausente de mí mismo, de tanta felicidad.

Ahí va la lista completa y definitiva con todos los artículos en Revistas Literarias de (o sobre) Miguel Ángel Velasco, por si alguien quiere buscarlas. Le antecede también el listado con su obra en verso. 
Para mí para siempre.

Obra en verso:
  • Sobre el silencio y otros llantos (1979)
  • Las berlinas del sueño (1981)
  • Pericoloso sporgesi (1986)
  • El sermón del fresno (1995)
  • Bosque Adentro (1997)
  • El dibujo de la savia (1998)
  • La vida desatada (2000)
  • Amonites (2001)
  • La miel salvaje (2003)
  • Fuego de rueda (2006)
  • La mirada sin dueño (Antología) (2008)
  • Memoria del trasluz / Minutario del agua (2008)
  • Ánima de cañón (2010)
  • La muerte una vez más (2012)
Artículos de revistas:





Oliendo a brea (Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 63, 2004 (Ejemplar dedicado a: Claudio Rodríguez: pulso y revelación del verso), pags. 43-46)





Memoria del trasluz (Cuadernos hispanoamericanos, Nº 694, 2008, pags. 55-62)

...¿Y si la primavera es verdadera? (Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 1, 1989, pags. 134-135)

La mirada sin dueño (Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 15, 1993, pags. 117-120)

El dibujo de la savia (Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 20, 1995, pags. 101-102)

Conjuro y otros poemas (Clarín: Revista de nueva literatura, Nº 79, 2009, pags. 18-19)

La mirada sin dueño (Cañamo: La revista de la cultura del cannabis, Nº. 30 (junio), 2000, pags. 76-77)







Transcribo a continuación el artículo que Miguel Ángel escribió para ARCHIPIÉLAGO, en el monográfico homenaje a uno de sus queridos maestros, el gran poeta Claudio Rodríguez:

OLIENDO A BREA
Miguel Ángel Velasco

     
     La otra noche soñé con Claudio: braceaba con esfuerzo, buscando alcanzar la orilla, y cuando parecía avanzar, la marea lo arrebataba de nuevo mar adentro. Se organizaba un dispositivo de rescate, y allí no faltaba ni el perro Catón, que fue el espíritu de la sierra, y nos acompañó a Angélika y a mí en las noches de Hoyo de Pinares, mientras mirábamos arder en el hogar la piña de oro. Si duda me acudiría, al hilo de esta semblanza, el relato que Claudio me hiciera de cuando sus veraneos en Jávea, mi lugar de residencia de los últimos diez años, de cómo le gustaba perder tierra, en ese vuelo del nado, y de las amonestaciones de los javenses ante su osadía; no sabían de la buena brazada de aquel zamorano, acostumbrado a medirse con los ímpetus del mar de Zarauz, al que acudía todos los veranos con Clara, sue esposa. Fue en Jávea donde escribió "Amarras", de El vuelo de la celebración: "Cómo se trenza/ y cómo nos acoge/ el nervio, la cintura de la cuerda,/ tan íntima de sal,/ y con esta firmeza temblando de aventura,/ bien hilada, en el puerto".
      Conocí a Claudio en el invierno de 1981, cuando quiso el azar que se me concediese un premio en el que él oficiaba de jurado. Fue en Oliver, aquel clásico de la noche madrileña. De allí seguimos la ronda, por aquello de bienvenida la noche con su peligro hermoso, hasta desembocar en una taberna donde nos vimos envueltos en una trifulca con un paisano d esos de los que se dice que tienen mal vino. Yo terminé con un ojo morado. Al despedirnos, Claudio me dijo: "Iré a la presentación de tu libro". Unos días más tarde, al final del acto, en la Biblioteca Nacional (también estaba allí aquella bella persona que fue don José García Nieto), los conocidos me felicitaban, sobre todo por haber convocado a Claudio, poco dado a dejarse ver en actos sociales. Sólo él y yo sabíamos la verdadera razón de su asistencia, limpia de literatura. Aún tardaría algún tiempo en iniciar el largo trato con su poesía, y cuando lo hice me vi cautivado, más que por el sentido, apenas entrevisto, por el arrastre vehemente de su decir, y por ese mecimiento suyo bien ceñido a la respiración. "Sin ritmo no hay emoción", le oí decir a Claudio más de una vez.
     A aquel primer avatar de poetas alquiladizos le siguieron unos cuantos encuentros salpicados en el tiempo: en Melilla, poco antes de que mi estrella me llevara por derroteros de vida perdidiza que me harían descuidar el trato con las gentes de letras. Nunca me perdonaré el haber sido incapaz de madrugar la mañana en que habíamos convenido visitar el mercado de aquella ciudad, de haber dejado pasar la ocasión de ir de escudero del poeta por sus dominios, en lo que era su verdadero ambiente. Pero estoy viendo a Claudio apuntalando el paso con aquel endecasílabo rotundo de Blas de Otero: "Parece que nos vamos a caer", o entonando su elogio de la sopa de ajo, o con ese mirar de sus ojos voraces, en el ansia de "acuñar las cosas/ detener su hosca prisa/ de adiós", queriendo retener el tránsito portuario cuando nos despedía a Isabel y a mí. O, unos años más tarde, en la casa de Lagasca, al visitarle para ver si me daba el visto bueno a una carpeta; recuerdo cómo me impacientó tener que soportar la retransmisión de una corrida, pero al final allí tenía a Claudio animándome: "Así me gusta, un poema largo, un sermón, a lo Leopardi..." o: "No hagas caso a Carlos (Bousoño), ¿¡cómo que 'hiel'!? déjalo como está, 'en la miel', 'en la miel de sus nichos'", o bien: "¿¡Adónde vas con eso de 'podre', hombre!? ¡Pus! ¡Pus!. O en una visita al hospita, donde convalecía de una operación de ciática (me decía en aquella ocasión algo que con el tiempo se cuajaría en unos versos de Casi una leyenda, que la mayor injusticia de la vida es el dolor del cuerpo), y allí estaba Claudio, en el lecho del dolor, y en la mesa de noche un libro sobre los pájaros de la Península Ibérica, y era como si en aquella estampa se cifrara su oficio de altanería, su lección clara de vuelo. O ese último encuentro en el piso de Santa Hortensia, llevándole unos versos que hablaban de nubes y de telarañas, de rocío y beleños, de perderse bosque adentro, por entre la arboladura de los pinos, en pos de esas orejas muy atentas del bosque como son los níscalos, todo ello en una atmósfera muy claudiana, en versos que el daban mucho a su poesía; y, con los versos, una primicia de setas de los bosques de Hoyo de Pinares, y Claudio, mirándome por encima del canasto: "No me habrás colado un hongo alucinógeno de los tuyos, eh, Miguel...".
     Pero de entre todos los Claudios que me fue dado conocer, yo quiero acordarme de aquel que nos cantaba en la noche de Melilla: "Dichoso el que tiene/ su barca a flote/ y el viento le mece/ su camarote/, oliendo a brea/ oliendo a brea", mientras mecía su corpachón y desplegaba sus brazos como para volar, como el gran albatros que es de la poesía, sobre la espuma del destino.

Revista Archipiélago, 
Cuadernos de Crítica de la Cultura, 
Nº 63, 2004

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