sábado, 3 de enero de 2015

VIVIR SÓLO PARA CELEBRAR LA BELLEZA (III)




a.r. Hábleme de su relación con María del Mar Bonet, a quien usted dedica un espléndido poema, Los ojos del placer (1975), en que rememora “el abandono supremo de sus ojos / una vez que el deseo fue cumplido”. ¿Eran acaso los ojos de la cantante?
j.m.a. Siempre me ha fascinado mucho. Pero… un poema “de ella” no recuerdo haberlo escrito. Creo que ese poema puede tenerla en cuenta, como a otras muchas miradas gloriosas, pero no es “la suya”.

Conserva cuanto puedas de aquel día,

la luz espléndida naciendo
por los enormes ventanales,
o las manos del Príncipe entregándote
su libro, los jardines, la voz
de Callas en «L’altre notte in fondo
al mare», las copas
de vodka
adorablemente frías,

mas sobre todo guarda
el cuerpo inmaculado que gozaste,
el abandono supremo de sus ojos
una vez que el deseo fue cumplido.

a.r. ¿Y las putas? Usted ha hablado de ellas en su obra, de su experiencia con ellas, sin ningún pudor ni tapujo. Es algo que a mí me atrapó desde el principio… Como aquella historia con Ramona, la que le costó a usted la expulsión de un Colegio Mayor en Murcia…
j.m.a. Yo no he sentido jamás por ellas ese desprecio que suele, y yo creo que mintiendo, expresar la mayoría de la gente. Hablo sobre todo de lo que era ese mundo antes. Pero esa Ramona que usted me indica, no era una puta; era una jovencita de un colegio de Murcia. Esa sí existió como a usted le gusta que existan las criaturas de mis poemas. Pero Ramona no me costó ninguna expulsión. Una puta muy célebre de Murcia, sí. Pero de esto también hablo en Los decorados.
a.r. “La vida es deseo”, dice una cita de Charles Chaplin —imagino que de sus memorias— que usted incorpora a uno de sus viejos poemas…
j.m.a. Bueno, no es una cita extraordinaria. ¿La vida es deseo?... Sí. Y también Voluntad, y también un Valle de lágrimas, y también a tale told by an idiot, y desde luego full of sound and fury, y sobre todo signifying nothing[1].
a.r. Hay una constante en su obra poética, algo en lo que a usted le gusta insistir, que es el hecho de que el poeta pueda parar el tiempo en sus versos, “detener aquellas horas. / Y fijar para siempre con los versos”
j.m.a. Sí… suele hacerlo. Lo que sucede es que no siempre acierta.
a.r. ¿Y piensa usted, con Montaigne, que el fin último de la vida sea el placer?
j.m.a. Sí en el sentido que Montaigne le da. Digamos un placer con mayúscula.
a.r. Hábleme de aquella mujer “muy cristiana y pecadora” —aparece en su poema Femme se promenant dans la forêt exotique,[2] uno de los que a mí personalmente más me han excitado— que usted amó en París en el Verano de 1961. ¿La recuerda aún?
j.m.a. No. Piense usted que fue una época donde los “encuentros”, las relaciones, incluso las liaison[3] algo más intensas, duraban poco, como la cabra sin bautizar de Picasso. Realmente era una Forêt exotique, por supuesto divertida, y de ahí quizá el título del poema. Pero ese Verano, así por encima, pude tener relaciones, no sé, con treinta chicas, de muchos países. Pero puede que…, sí, la referencia a esa “cristiana pecadora” como usted dice, seguramente se refiere a una joven italiana que conocí una tarde en la Maison Internationale, en la cena; aunque me pasó algo parecido con una escocesa. Pero creo que tuve más presente a la italiana, porque ese rasgo la guarda en un rinconcito especial de mi memoria; aunque no recuerdo ni su nombre ni cómo era. Sin duda era muy joven y bella.
a.r. En su poema Blason du corps féminin (iniciado en 1984), uno de sus mejores “poemas de la experiencia”, en que usted relata un encuentro furtivo en un hotel de París con una dama al parecer casada o ya comprometida, aparecen unos versos que quiero que me comente, porque forman parte de una de sus maneras de poetizar la realidad que yo más amo, como refugiándose en un recuerdo de sí mismo. Es cuando dice aquello de “…pides otro trago y brindas / por el que fuiste entonces / por como ardió tu carne aquella noche”
j.m.a. Hombre, hay noches en que uno brilla de forma especial. Y eso lo ves en la mirada de la mujer con quien estás. Dado que tal momento te regala un importantísimo sentirte vivo, sentirte vulnerable, sentirte ¿por qué no?, glorioso, eterno, pues no está mal saludar esa memoria con un trago de altura.
a.r. Quisiera que me hablara, si es posible, de la enigmática señorita T.G., una antigua amante suya —la imagino adolescente—, quizá inspiradora de la historia que se narra en La esclava instruida. ¿No fue aquella con la que se encontró usted un día cuando ya habían pasado muchos años y todo se le vino abajo?
j.m.a. No, hombre, no. TG no tiene nada que ver con esta otra que dice usted. TG era —es, aunque ya bastante madurita— como ese verso de Jaime: “arisca, vil y bella”. Pero no tiene que ver con el rostro de La esclava.
a.r. En Theory of moral sentiments (1999), un poema con aire muy mediterráneo sobre la alegría de vivir, habla usted de unos cuerpos mojados al sol en la playa y les dedica estos versos: “…agradezco / que estéis ahí, ofreciendo / vuestra belleza, que tanto me consuela, / que me hace amar el mundo / aún.”
j.m.a. Bueno, es un canto a la Belleza. Acción de gracias.
a.r. Y en el poema de los Ojos verdes atigrados que le miraban desde una máscara de carnaval en un país africano del que no se nos dice el nombre, hay unos versos hacia el final, una frase, que a mí en particular me seduce. Es cuando dice, refiriéndose a esos ojos, aquello de “…cómo te hacen amar / la vida.”
j.m.a. Ese poema sí recuerdo de donde viene. Fue una impresión, pero no “africana”. Es del Sur de España.
a.r. Amar el mundo, amar la vida, usted a veces me desconcierta, tan pronto desprecia el mundo con todas sus fuerzas, como lo ama profundamente…
j.m.a. Pues no tiene nada complicado: amo lo que creo que debo amar, o mejor, porque ese “debo” parece que implica una obligación; no, amo lo que me hace sentir ese amor, esa adoración. Y desprecio lo que me parece miserable, despreciable.
a.r. ¿Recuerda a Nuria Mulet? Era una joven lectora suya con la que usted se citó una vez en Barcelona para que le conociera, y a quien usted dedica un precioso poema sobre la juventud, El octavo pilar de la sabiduría (1992), en el que habla de ella.
j.m.a. Ah, Nuria…, una criatura muy hermosa y muy agradable. Se merece el poema.

Qué joven eres, Dios mío, qué joven
Eres.
Como la luz que se filtra en la lluvia
y abre con manos puras paso al sol.
Como esas noches largas, cuando ya
uno no espera nada, y suena el timbre.
Como a quien hacen un regalo,
Sonreír,
no preguntar, no decir nada, sino
agradecer su favor a la vida,
y como el limpio placer de quien da
de comer a un pájaro, no intentar
atraparte, sino verte, verte y después
si vuelas y no vuelves,
que tu vuelo sea dichoso.

a.r. En su poema de 1986, Dama de la Literatura, en el que usted habla al parecer de una prostituta con la que se acuesta Shakespeare, hay una emocionantísima estrofa final que lo dice todo. Dice así:

  Y carne de esa otra
dama, sublime, invulnerable,
ya Literatura, ésta atravesará los siglos perpetuando
su poder sobre los hombres, encantando,
viviendo eternamente bella en las palabras
de unos sonetos, maravillosa sobre escenarios
que repetirán el milagro.

j.m.a. ¿Ve? No murió. Sigue en el poema. Imagino que lo que quiero decir es que, lo que sin duda ella jamás hubiera soñado, por obra y gracia de unos versos, esa criatura perecedera se convierte en inmortal. Es un poder que tienen los grandes escritores, me parece.
a.r. ¿Qué fue de Virginia Careaga, aquella bellísima escritora vasca, que durante años fue casi la musa de los Novísimos?
j.m.a. No sé si es escritora “vasca”. Pero lo que sí sé es que era bellísima, un atractivo devastador. No fue la Musa de los Novísimos; fue el objeto de deseo de algunos que luego estuvimos en esa antología. Por aquellos años Virginia era novia de Félix de Azúa. Como Félix era el más guapo de todo el grupo de amigos, cuando estaban juntos en cualquier cena o reunión, resultaban una pareja espectacular. Yo estuve muy fascinado por Virginia. Y me duró.
a.r. Hay unos misteriosos versos al final de su viejo poema Meditación amorosa (1979), dirigidos a alguien —un hombre, imagino— que desea fervientemente a una mujer, en los que dolorosamente le dice: “Solo tu placer es tuyo. / Nunca traspasarás el velo.”
j.m.a. Son “muy suyas”.
a.r. ¿Pero qué es lo que quiere decir exactamente?, ¿que nunca se entregan del todo?, ¿que siempre se guardan algo?
j.m.a. No. No sé hasta qué punto se entregan. Lo que sí sé es que son “otro mundo”, otra forma de sentir.
a.r. Siempre me he preguntado a quién, a qué mujer va dirigido el poema Responsorio de tinieblas (1976), uno de los mejores, sin duda, de Museo de cera. ¿A su primera mujer?
j.m.a. Ese sí es un poema de Amor. Uno de mis pocos poemas de Amor. Y no, no está “dirigido” a alguien determinado. Canta una sensación… cuando el amor se ha ido.
a.r. Ya. Pero esas “sensaciones” no se pueden cantar, no se pueden sentir, si uno no está pensando en ese momento en una persona en concreto. Yo creo que no es posible…
j.m.a. Yo no sé, de verdad, si en el momento de escribir ese poema, pude recordar, o evocar, algunas imágenes de mi relación con Aline o con mi segunda mujer, Isabel; o si fue otra cosa. Lo que estaba más cercano en el tiempo era la separación de Isabel. Pero no sé… yo creo que es un poema de Amor, ese sí lo es. Al Amor que se ha ido.
a.r. Hábleme de la decoración de la «casa» de rue D’Amboise, que figura como uno de los capítulos de Museo. Tengo entendido que era un prostíbulo, ¿no?
j.m.a. Sí. Un, parece ser, muy entrañable prostíbulo de París. Yo no lo conocí, obviamente. Era muy famoso. Se habla de él como del que estuvo abierto durante más tiempo, ya hasta casi nosotros, el de Madame Martoune, el Sphinx, aquí cerca, en el boulevard Edgar-Ouinet, junto al cementerio de Montparnasse. Pero el título de ese capítulo se refiere a que no es mal destino decorar, como hizo Toulousse-Lautrec, un burdel. Los temas y el ambiente pueden ser muy propicios. Yo recuerdo que Faulkner decía que le hubiera gustado ser contable de un burdel, un buen trabajo con mucho tiempo libre para escribir, buena compañía y diversión asegurada.
a.r. Los títulos de varios de los poemas que van en una de las secciones de Museo de cera son versos correlativos que conforman uno de los sonetos de Baudelaire en Las flores del mal que usted más ha amado. Me refiero a ese que lleva por título Brumas y lluvias.
j.m.a. Sí. Un soneto que amo mucho. De lo mejor de Baudelaire.
a.r. ¿Pero qué es lo que encuentra usted ahí? Yo es que a Baudelaire no acabo de pillarle el tranquillo. Me resulta un poco frío, ¿sabe?
j.m.a. Baudelaire ha sido un maestro para mí desde mis catorce o quince años. Y en crescendo. Inmenso. Lo que no entiendo es lo que me dice usted de que le resulta frío. ¡Joder, frío Baudelaire! Aproveche usted el Verano que se acerca, tome su obra y empiece a leer; cuando algún poema le parezca digamos difícil, déjelo y siga. Y si encuentra usted, porque estaba en Austral, la biografía que hizo César González Ruano, léala también.
a.r. Lo haré…, sí, esa biografía la tengo por casa. Hábleme de Alfonso Reyes y de su obra que usted tanto ha leído y releído. Creo que es alguien no muy conocido, no muy leído en España.
j.m.a. Es como con Nabokov. ¿Qué voy a contarle? Reyes no ha cesado de enseñarme desde hace más de cuarenta años. Lo leo sin cesar. Es, con Borges, la cima de la prosa en español. Sabía de tantas cosas, sus reflexiones son tan acertadas, y lo exponía con tal sabiduría que… Bueno… Lea usted a Reyes. En FCE[4] tiene usted diecinueve volúmenes que pueden ser la mejor adquisición de su vida. Entre ellos está la traducción, lo que pudo traducir, porque no está completa, de la Iliada. Sobre Grecia, por ejemplo, no puede uno hablar sin haber leído a Don Alfonso. Y sobre otras muchas cosas. Pero “su” Grecia es fundamental. Yo no sé si ahora lo leen a Reyes o no. Puede que no. ¿Pero qué se lee ahora, así, en plan “mucho”?
a.r. Las sombras de Grey, se lo aseguro. Bueno, sigamos… Usted ha reflexionado mucho sobre el suicidio —“misterioso y claro como cualquier senda del vivir”— en sus versos, columbrándolo como un acto digno.
j.m.a. Puede serlo. Conozco casos. Yo sobre el suicidio pienso como mi maestro Hume.
a.r. ¿Y qué es lo que decía Hume?
j.m.a. Bueno, se refiere varias veces al suicidio, y hasta tiene un breve ensayo. Hume se centra mucho en el derecho de un ser humano a quitarse la vida si quiere hacerlo y si ésta es desdichada, unhappy[5] creo que dice él, y que de seguir vivo sería una existencia absolutamente indeseable. Y hay un aspecto en las consideraciones de Hume, también muy interesante, porque ya no se trata de que el suicidio pueda ser consistent[6], dice, con el respeto a nosotros mismos, sino que añade que puede justificarse, siempre en el uso de nuestra libertad, con lo que llama el public interest, esto es, para evitar a la sociedad un daño mayor. Para ilustrar esto se sirve del recuerdo de Strozzi el florentino. Que de seguir vivos pudiéramos, por presiones muy fuertes o torturas, hacer algo que pueda perjudicar gravemente a los demás.
a.r. Habla Bertrand Russell, en una de esas estupendas citas seleccionadas por usted para Museo de cera —cabe una lectura muy provechosa de Museo ciñéndose uno exclusivamente a sus citas (yo la he hecho y merece la pena)—, habla, digo, del hombre como “una débil mota, rodeado de insondables abismos” y habla también de su pensamiento como algo “ilimitado, audaz y libre; la luz del mundo y la gloria principal del hombre”.
j.m.a. Son dos pensamientos magníficos, y muy bien expresados, ¿no? Yo estimo mucho a Russell, y también lo he leído desde muy joven. Sus últimos años… bueno, ahí… se dice que “forzado” por un secretario que tuvo y que era comunista, hizo algunos disparates. Pero ahí está. Ahí está toda su obra. Borges dijo una vez que si tuviera que llevarse a una isla desierta —esa isla desierta que siempre se nos pone como destino donde estar solos y con solo un libro— un libro, sería la Historia de la filosofía occidental de Russell. Yo creo que ahí Borges exageraba, pero en fin, le da a usted una idea de su importancia.
a.r. ¿Quién es el personaje “oculto” en su poema Dans cette grande plaine (1978)? Quiero decir, ¿de quién está hablando usted ahí? Parece algún Emperador, pero nunca he sabido quién.

Sentado en una roca contemplo el sereno
Mar Y en la azul lejanía
El paso de las naves

                              Qué lejos está Roma
Mas también la crueldad
De los Césares el miedo

Ah Roma... El viejo mundo se deshace
Por el Norte tribus de bárbaras costumbres
Asolan las fronteras Y luego como un cáncer
Las maquinaciones de esos hombres
«de misantropía  general»
Adoradores de un judío ejecutado 

He visto tanto Mi obra está acabada
Pero no deseo morir
Escribir ya es inútil
Pero escribir es sólo
Un lado de la vida

                                Sentado en una roca
Contemplo el paso de los barcos el vuelo de las aves
Leo un poco como duermo bien
De vez en cuando me traen una mujer preferentemente
De las colonias En su cuerpo fatigo
Mis miembros y mis ojos
De noche sigo el curso
De las estrellas oigo a los músicos oigo al mar
Espero el olvido 

j.m.a. No está oculto. Está sentado en una roca. Es Tácito.
a.r. Y habla usted ahí, en ese poema, de que “escribir es sólo / un lado de la vida”…
j.m.a. Claro. La vida tiene muchas caras, como los diamantes.
a.r. Sobre Montaigne, uno de sus maestros principales, cuyos famosos Ensayos son sin duda uno de sus libros de cabecera, tengo que permitirme recomendarle un libro que estoy leyendo y no sé si usted conoce. Se titula Cómo vivir. Una vida con Montaigne, y su autora es una tal Sarah Bakewell. Si no lo tiene tengo que regalárselo… Es estupendo.
j.m.a. Ese libro no lo conozco. Pero de Montaigne podemos hablar mucho; creo que aburriríamos al posible lector de estas Conversaciones. Basta con decir que es raro el día que no vuelvo a él, aunque sea por unos minutos. Hasta cuando viajo llevo los Ensayos conmigo, y muchas veces cuando paseo, sobre todo el libro III. Es un amigo.
a.r. Hábleme del Sur, ese Sur que tanto amaba Goethe —y que usted también ama—, donde perviven aún los vestigios de la Antigüedad, sus “ruinas hechas ya Naturaleza”…
j.m.a. Es Sicilia. Esa imagen creo que viene de Sicilia. Cuando hablo del Sur me refiero a un mundo donde ha nacido casi todo lo que me importa.
a.r. ¿Quién habla en el poema Mieux q’au temps du tiède renouveau (1972)? ¿Es Casanova? Me refiero a ese que dice:

Podéis cerrarme las puertas de Westminster 
Las putas de Venezia me consagran

Míos son la pasión y el amor
Y el lujo y la aventura

Meteros Westminster en el culo

Todo vuestro mundo no vale una copa bien bebida
El fuego de la carne el placer de una noche

Sólo mi vida arde con el rayo del siglo

Adorad la Vida

j.m.a. No. Es Byron.
a.r. Hace suyas, usted, supongo, las palabras del parlamento de Jacques en As you like it de Shakespeare, en esa cita que se incluye en Museo, en la que habla de su melancolía como el “resultado de la contemplación de los diversos espectáculos que me depararon mis viajes, que, rumiados sin cesar por mi pensamiento, me envuelven en una tristeza sombría.”
j.m.a. Podría hacerlas mías. Aunque a mí no me envuelven en esa tristeza sombría. También en ese rumiar vive la alegría.
a.r. Pero usted es un poeta romántico en el fondo. Usted empezó como “moderno” pero se ha acabado convirtiendo, como Colinas, en un neorromántico…
j.m.a. ¿Usted lo cree? Yo no sé qué soy, e incluso empiezo a no saber quién.
a.r. “Europa será pronto una cárcel inmensa. / Y Libertad, Cultura, Inteligencia, / llevarán a la muerte”. Se reafirma, usted, imagino, en estos versos suyos escritos en los Setenta…
j.m.a. Sí, lo creo. Creo que estamos ya muy cerca, más que ayer; y dentro de un minuto, más que ahora mismo. Los actuales poderes no tienen otro final que la Muerte. Desgraciadamente no la suya —la de ellos—, aunque esa vendrá después.
a.r. “Una obra perfecta fue mi vida”, le hace usted decir a William Beckford, el novelista inglés, en su poema Plein de choses funèbres (1986). ¿Es aplicable ese verso también a su vida, José María?
j.m.a. Qué más quisiera yo…
a.r. Bueno…, me encantaría que me hablara de Emilio García Gómez, de su relación con él. Fue uno de los grandes escritores de este país, desgraciadamente ya olvidado, y no muy reconocida su labor abriéndonos los ojos a toda la poesía árabe y andalusí.
j.m.a. Fue, es, uno de los grandes. Me enorgullece haber sido amigo suyo. He aprendido mucho de él, no sólo como escritor, sino como persona, como ser humano: su sabiduría, su humor, su lucidez. Y le debemos mucho en el conocimiento de la Literatura Árabe. Él me llevó a al-Mutanabbi, por ejemplo. Si ahora no se le reconoce, porque olvidado no está, creo que tiene que ver con que fuera un hombre digamos de Derecha, y cuando Franco hasta fue embajador en Turquía. Hablé mucho con él, me ayudó incluso con recuerdos suyos cuando yo estaba escribiendo mi Lawrence de Arabia. Fue una de aquellas cabezas excepcionales, como Pidal, y bueno, otros, no pocos, que florecieron en el antiguo régimen. Y compartíamos muchos amores: por la verdad, por Gibbon, por Esmirna, por Istanbul… También traté mucho a su mujer, que era muy divertida. Estuvieron varias veces conmigo en Villa Gracia. Y en su casa de Madrid. El retrato que le hizo Carmen lo tenía en su sala de estar en lugar destacado. En fin…
a.r. Recuerdo la primera vez que le escuché a usted hablar sobre Cesar Borgia y aquella visita que hizo a su tumba de Viana con Luis Antonio de Villena. Estábamos en una terraza tomando unas copas en un campo de Venecia y usted sacó el tema.
j.m.a. No fue con Luis Antonio. Me parece que venía conmigo Ramón Irigoyen, porque hicimos el viaje desde Logroño, donde él era profesor. Ah, fue una visita magnífica. Tocar la lápida de César Borgia, tocar la tierra donde había caído… ah.
a.r. En su poema La noche americana, de 1985, hay unos versos que quiero que me comente, porque son parte, entiendo, de su esencia de ser: “Alguien que ya no tiene paz que ha aceptado / Que sus ojos se acostumbren / Al caos Y que quizá más tarde / Acepte la insensibilidad”.
j.m.a. Sí, hablo de mí. Y bueno, cuento una sensación.
a.r. Una sensación muy seria. Tremenda, ¿no?
j.m.a. Con los años va uno adentrándose en esa insensibilidad, aunque puede que no sea la palabra que define mejor ese estado. Pero ahora no se me ocurre otra.
a.r. Bien… hábleme de Judy Garland. Es alguien de quien nunca le he escuchado hablar, pero a la que sin embargo ofrece usted una dedicatoria muy especial para uno de sus poemas más significativos, Historia maravillosa a las 5 de la madrugada.
j.m.a. La adoro. Me gusta escucharla. Le voy a contar a usted una historia divertida. Allá por el 68, me operaron de una hernia inguinal. Y bueno, los hospitales no eran esto de hoy, donde ni se fuma ni nada. Así que sabiendo que iba a estar unos días y que lo primero que uno recobra después de la anestesia, es el oído, instalé en mi habitación un aparato de música y me llevé algunos discos. Lo dejé todo dispuesto para que cuando me trasladaran a la habitación, mi madre conectara el aparato con el disco que había yo puesto. Así que me fui despertando mientras la Garland cantaba. Y lo primero que escuché, ya bastante recobrado, fue Over the rainbow, en la versión del concierto del Carnegie Hall. Maravilloso. Eso puede darle a usted una idea de lo importante que es para mí.
a.r. En ese mismo y breve poema, que dice “Solo quedamos vivos / Sobre la ciudad kaputt / Johann S. Bach y yo / Y los dos muy borrachos”, esa expresión, “kaputt”, ¿a qué se refiere?, ¿es a la obra de Malaparte?, ¿o es una manera de calificar a Cartagena, la ciudad cadavérica (como usted la llama en alguna otra ocasión)? Porque la escena de ese poema transcurre cuando usted vivía en un piso de Cartagena, después de una fiesta, ¿no es así?
j.m.a. Kaputt es exactamente eso: Kaputt: muerto, liquidado. No tiene que ver con mi querido Malaparte, que también usó la palabra y muy bien por cierto para título de una novela, más que novela, excepcional. Y no, no alude a Cartagena. Aunque fuera una sensación que tuve en aquella terraza de un piso que por entonces yo había alquilado allí. Va más allá.
a.r. En uno de los poemas “rescatados” de La edad de oro —su antología de apócrifos— para Museo, aparecen unos versos que quiero que me comente porque pertenecen o hablan de una época magnífica para los poetas, se diría un mundo perdido como el de los dinosaurios. Son los siguientes: “…la gloria / de una Corona / es la de los poetas que a su sombra crecieron”.
j.m.a. Hombre, la gloria de una época —ahí digo una Corona porque funciona mejor en el verso— la establecen sus artistas. Hay ocasiones en que un gran guerrero alcanza también Arte en lo suyo, como luchador, como jefe militar, como creador de un Mundo —pienso en Alejandro, en César, ¿por qué no en Napoleón?, ¿por qué no nuestros conquistadores, Cortes por ejemplo; Colón?—; o puedo hablarle de comerciantes fabulosos como Marco Polo. O investigadores, científicos… En fin, grandes hombres capaces de hazañas imperecederas y que cuando mueren dejan un mundo diferente y mejor. Eso es lo que se recuerda, y por lo tanto lo que hace gloriosa una época. Si quien gobierna no lo impide, esa gloria lo incluye.
a.r. Lo asombroso de esos “creadores de mundos” como usted dice es la cantidad de cosas que hicieron, a veces con vidas muy cortas…
j.m.a. Pero esta sensación que puede llegar a ser angustiosa, de que la vida es corta, que no da tiempo suficiente para cuanto uno pueda querer hacer… Yo no creo que se sintiera así en épocas cuando la vida era realmente mucho más corta en general. Cuando lees sobre la vida de… no sé, cualquiera de los “grandes”, y a veces eran cortas, y cuanto pudieron hacer, escribir, viajar. Acabamos de citar a Marco Polo. Él sale con su padre y su tío hacia Oriente cuando tiene diecisiete años, y ya había vivido lo suyo. Viaja por Europa, por tierra y mar, se adentra en el Caspio, cruza Persia, llega a Ormuz, sigue hacia China, ríos, desiertos, y el Gobi no es cualquier cosa… Y cuando por fin toma contacto con Kubilai, allí lleva otra vida, trabaja en la administración de su Imperio, es gobernador de Hangchu, embajador en Birmania, y se le considera tanto que Kubilai lo designa para acompañar el cortejo nupcial de su hija, que debía casarse en Persia. Ese viaje sería ya otra vida para cualquiera de nosotros. Sumatra, Ceilán, la Taprobana de entonces, navega la costa de África occidental, descubre Madagascar para los europeos… En fin… Y después regresó a Venezia, a aún le dio tiempo para estar en la cárcel, dictar sus memorias, que es un libro extraordinario, y vivir todavía cerca de treinta años… Y tantos otros. ¿Y Alejandro? Y Alejandro sí murió joven. Y ahora nosotros, hacemos poco, la vida es bastante más larga, y sentimos que no tenemos tiempo para nada. ¿Qué nos diría James Cook? En once o doce años, o puede que menos, se despachó sus tres viajes inmensos, y porque lo mataron aquellos indígenas de Hawaii… O nuestros conquistadores de América, nuestros navegantes. No sé; supongo que hemos bajado mucho.
a.r. En ese mismo poema que le digo, de 1979, extraído de La edad de oro y titulado Alabanza de Sayf al-Dawla de Alepo por Abul-l-Tayyib Ahmad ibn al-Husayn de Cufa, hay otros versos más adelante también de muchísimo interés para mí. Son esos que dicen: “…Un artista / no ha de tener más patria que su obra”. Y después: “…Nosotros / pasaremos, y tan sólo el Arte / dirá si fuimos / magníficos…”.
j.m.a. Lo último es de lo que hablamos siempre. Y desde luego, un artista no tiene, no debe tener, otra patria que su Arte y las palabras, los colores o los sonidos con que lo crea.
a.r. En Otro poema de los dones (1979), habla usted, en una jocosa nota a pie de página propia, sobre “la brillantez del plagio”, ante las evidentes concomitancias con el poema de Borges.
j.m.a. Sí. Plagio lo uso como broma, aunque en ese poema puedo haber abusado de Borges. Pero él me lo perdona, sin duda. Pero no ya el plagio, sino la creación sobre temas dados, eso siempre se ha hecho, es más, en ocasiones si no existía esa “referencia” se consideraba un mal proceder. Los antiguos sabían muy bien que da igual de donde tome uno su tema; lo importante es qué hace. Y hay ejemplos muy a considerar, como lo que Shakespeare hace con Plutarco. Ahí sí hay —pienso en Antony and Cleopatra— algo más cercano al plagio —recuerde usted la descripción de la llegada de Cleopatra por el río—; Shakespeare toma el texto de Plutarco casi palabra por palabra, pero como un milagro, al versificar, y con la lucidez de Shakespeare, se convierte en otra obra, con su vida propia.
a.r. Pues eso es magnífico… Y entrando de lleno en la carne de ese jugoso poema, me gustaría que me hablase de lo que usted llama “aquel otro sueño helado de Baudelaire”.
j.m.a. Pues ahora mismo no sé a qué me refiero. Pero sin duda debí palpar la frialdad de ese sueño.
a.r. ¿Y qué hay de esa “vida que antiguas minorías consagraron como Arte”?
j.m.a. Bueno… está su memoria. Porque existieron esas minorías y existió esa decisión y ahí están los resultados, lo que fueron capaces de crear.
a.r. Y de Mutanabbi, hábleme de él. Fue uno de los primeros Antiguos a los que usted me llevó. Le recuerdo una noche en Murcia en un bar recitando usted un poema sobre el mayor poeta de los árabes, como lo llamaba Emilio García Gómez.
j.m.a. Ya le he dicho que fue García Gómez quien me llevó a al-Mutanabbi; una de las cosas que no dejaré nunca de agradecerle. Desgraciadamente aunque lo he leído muy bien, solo he tenido acceso a lo que había —y digo había porque hasta hace no mucho, que salió la versión de Clara Janés en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo con 101 poemas[7], teníamos muy poco— en español, y en francés, algo más pero insuficiente. Me interesa mucho el tono, la épica. Creo que fue un poeta extraordinario.
a.r. Luego hacia el final del poema, dice aquello de que “la Poesía... / no llegará jamás al último verso” ¿Será así de verdad?
j.m.a. Hombre, cuando llegue, que avise.
a.r. En el poema de 1988 sobre la Ópera bufa “Falstaff” de Verdi, habla usted de que terminada la representación a la que ha asistido, “uno sale / a la calle, gozoso, con su corazón / latiendo por ese entusiasmo que es la más honda / sabiduría, habiendo comprendido —y esto es de lo que quiero que me hable— / nuestra vida mejor”
j.m.a. Yo cantaba ahí, me parece recordarlo, el final de Verdi. Y el final, pese a todo, era la Alegría. Y desde luego, en la Alegría está una sabiduría hondísima y lo mejor de la vida. Y hablando de la vida: mañana lo invito a usted a comer en un sitio que le va a gustar, Le train bleu, en la gare de Lyon. Luego, si está Jodorowsky, podemos acercarnos a su casa.
a.r. Sí, claro… Y ese mismo poema viene precedido de una cita fantástica de la Yourcenar, que dice así: “Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos”.
j.m.a. Creo que se explica por sí mismo. Y esos ojos abiertos son también un mirar cara a cara a la Muerte.
a.r. Luego está su poema Delfos, empezado en 1978, ese poema que habla de una piedra lisa que usted toma en la mano, iniciando una fabulosa reflexión que le lleva a acabar diciendo aquello de que “pudo no existir Grecia”.
j.m.a. Usted desea que yo recuerde todos mis poemas, y yo, olvidarlos. Además, lo que pude escribir un día puede que hoy aprecie otras significaciones. Pero por el tono, supongo… Además, espere. Buscamos en el libro [JMA busca Museo de cera, localiza el poema]. Ah. Sí. Bueno. No es malo este poema. Lo que imagino que aquí quise decir es que en ese azar que somos y lo envuelve todo, pudo no haber existido Grecia. ¿Y qué? Hubiera existido otra cosa. Pero Grecia existió. Y ese impresionante legado es lo que somos.
a.r. Sí, porque qué milagro aquella Grecia del siglo V…
j.m.a. Sí. Y también inexplicable. Bueno, Grecia, aquella Grecia, es inexplicable. Como casi todo en la Historia, pero más. Para mí sigue siendo un misterio. Porque si lo considera usted, ¿cómo prever la gloria de Atenas ni siquiera poco antes, ni siquiera en el siglo IV? Cualquier otra ciudad-estado la superaba, en todo, en Arte, en Literatura, en Filosofía, científicamente… Pienso en la Jonia. ¿Entonces? ¿Fue una repentina “ascensión” en la que tuvo que ver el clima, la buena situación de sus puertos, sobre todo el Pireo, un afinamiento de la inteligencia de sus políticos, de sus comerciantes…? ¿Qué llevó a Atenas a ser ATENAS? He leído libros sobre la fuerza que pudo tener la liberación de energía gracias al sistema democrático; quizá fue Clístenes quien apretó el acelerador. No sé… Pero el milagro sigue siendo eso, un milagro: porque ni toda la energía desatada, ni circunstancia ninguna, puede explicar que de golpe y en el mismo tiempo nos encontramos juntos a un hombre como Pericles, sí, pero a Herodoto, a Tucídides, a Platón, a Sócrates, a Anaxágoras, a Fidias, a Esquilo, Sófocles, Eurípides, y es que también está Hipócrates, y está Aristófanes… Yo qué sé… Esto no hay nada que pueda explicarlo. A veces pienso si una de las posibles respuestas a esa vitalidad griega no estará en su “ausencia de Paraíso prometido”, como en los cristianos. Porque para ellos, aquí se acaba todo. No hay vida más allá. Lo que no les impidió ser dichosos. Y entonces todo su hacer lo consagraban a “seguir” aquí, en la memoria, por lo tanto, en sus hazañas, en lo que los convertía en “grandes”, imperecederos en el recuerdo.
a.r. Sí, porque el pueblo griego de hoy nada tiene que ver con aquel de su glorioso pasado. Y lo mismo cabe decir de los árabes… Eso también es un misterio.
j.m.a. No. Hace ya mucho que ese pueblo griego poco tiene que ver con aquel momento de la Historia. Y los árabes —bueno, según qué árabes, de dónde, porque solemos unir en esa palabra a pueblos muy diferentes, incluso no árabes—, los árabes tampoco son Safy al-Dawla. Pero la Historia es así. ¿Y nuestro siglo XV, el XVI; dónde ve usted ahora hombres con aquel temple? ¿Qué tiene que ver la Francia actual con cualquier época pasada, esa inteligencia y buen gusto que desde incluso ya antes de la victoria de Poitiers, hasta mediados del siglo pasado, no la habían abandonado? ¿E Inglaterra? O los Estados Unidos; piense usted en Jefferson, en Madison, en Emerson, en tantos… Bueno, esto es así. Pero volviendo a los árabes… Siempre sucede esto en la Historia: es imprevisible. Pienso, por ejemplo, en su invasión de Europa a principios del siglo VIII. De esto hablé muchas veces con mi maestro García Gómez. Fue un alud. ¿Quién hubiera previsto eso; no ya escaramuzas, sino “eso”? Cuando Tariq pone el pie en España, viene con cuatrocientos guerreros. Poco después, entra con unos siete mil bereberes, y Musa incorporará no llegaban a veinte mil. Eso es en el 710, 711. Veinte años más tarde no solo se ha completado la invasión de España, sino que ya los tenemos en Francia. Y de no haberlos derrotado Martel en Poitiers, ¿cuál hubiera sido el rumbo, el destino de Europa? En España es casi más fácil entenderlo, porque estaba podrida hasta la médula. Pero ese torrente invasor… García Gómez decía, y en esto aceptaba las ideas de Henri Pirenne, que la verdadera línea divisoria entre la Antigüedad y la Edad Media era esa invasión y no las germánicas. Nadie lo esperaba. Y mucho menos en aquella medida.
a.r. Y vino el Califato de Córdoba, y fue el mayor poder de Europa durante un tiempo…
j.m.a. Sí, y no solo militar, administrativamente, sino culturalmente tuvo una importancia extraordinaria. El Califato fue un milagro. Pero también podemos preguntarnos, si le parece, ¿cuál hubiera sido el rumbo de España sin ese Califato? Porque el Califato se impone sobre el caos invasor, las disensiones, la atomización árabe, y lo que trae a España es Siria. Y no solo por Abd el-Rahman I, sino por la obra de Hisham I. Sobre todo es notable, muy notable, el gobierno de Abd el-Rahman III y luego al-Hakam, que era un hombre cultísimo, muy sabio. Desgraciadamente le sucedió Hisham II, un eunuco mental y moral. Menos mal que estaba Almanzor. Piense usted en lo que fue todo aquello como centro irradiador de Cultura. Cuando nuestros Cristianos norteños estaban aún despiojándose, fíjese usted en Ramadí y tantos otros. Sí, el Califato pudo rivalizar con Carlomagno. Los Omeyas fueron muy eficaces administrativamente y su economía fue próspera. Y yo diría que bastante tolerantes, hasta lingüísticamente.
a.r. Y costó derrotarlos, me refiero al poder árabe en España…
j.m.a. Sí. Ocho siglos. También de esto hablé mucho con Don Emilio. Demasiado tiempo, ¿no? No podemos pensar en que hubo un verdadero enfrentamiento militar continuado, sino que más bien fueron guerras, escaramuzas, periodos de cohabitación, chanchullos, diríamos hoy. Porque también esa España Cristiana fue un lio de reinos, y de combates entre ellos. De todas formas, los árabes estaban “históricamente derrotados”, porque no eran Europa. Y cuando España dispuso de un poder fuerte, unificador, con los Reyes Católicos, la suerte estaba echada. Como la nuestra, ahora.
a.r. Para usted Homero es fundamental…
j.m.a. Sí. Y de las pocas cosas de que estoy seguro, es de que debería serlo para todos los poetas. Homero, y Virgilio, y Dante, y Shakespeare… en fin, muchos, o bastantes. Pero Homero, desde luego. Me ha acompañado toda mi vida, y a veces en versiones detestables, recortadas, o así las recuerdo en mi infancia. Porque empecé a leerlo, me encontré con Homero yo creo que antes de encontrarme con él; en otros libros, en la leyenda de Troya… no sé… Hubo un libro, y ese sí es excelente, fue Las más bellas leyendas de la antigüedad clásica, que me regaló mi madre siendo niño, de Schwab. Lo tengo aún, está en Villa Gracia. Aquí tengo una edición moderna. Sí, Schwab me fascinó, y ahí estaba la leyenda Homérica. Luego, ediciones de esas que llaman “juveniles”, pero aún así. Y ya luego fui leyendo, yo creo que todas las traducciones que se han hecho al español, y también francesas, y las inglesas, que son magníficas varias de ellas.
a.r. Cuando le he oído a usted a veces hablar de Homero y su poesía, lo que me ha parecido es que estaba usted hablando como de un poeta contemporáneo. ¿Nunca ha sentido usted cierta distancia, por los sentimientos, la forma de luchar, vivir, los valores de aquel momento?
j.m.a. No. Además, —y me sucede lo mismo con Safo, con la Palatina en gran parte, o con romanos como Virgilio, Cátulo; en fin, con muchos de entonces—, además es que no creo que los sentimientos y su expresión sean tan diferentes. Pienso, por no ir a otros, en el furor de Aquiles, tanto en los celos como en la venganza. Pienso en la despedida, tan comentada, de Héctor y Andrómaca. No, no hay diferencia. Y tampoco en el arrojo en la batalla. O puede que mi afición a la Épica influya en esta forma de verlo. Hasta su escritura es “muy moderna”. Homero como usted sabe escribía, supongamos que escribía, pero quiero decir que la lengua en que se expresaba seguramente nunca se ha hablado. Es un lenguaje literario. Y mezcla no solo palabras, sino formas, eolias y jónicas, y muchos arcaísmos, y no sé dónde leí que trabajaba sobre desinencias muy antiguas. Y también creó palabras nuevas.
a.r. Me parece que fue Platón quien dijo que Homero había educado a Grecia…
j.m.a. Como a nosotros. Y algo que dijo el gran Alfonso Reyes, refiriéndose al “público” de Homero, y es triste que no podamos extenderlo a hoy. Reyes escribe que todos los personajes de sus historias y hazañas —y ahí entra esa educación que dice usted— eran conocidos del oidor, pertenecían al sueño multánime de una raza. Pues bien, esa raza aún lo somos. Es tristísimo que actualmente la mayoría, incluso de poetas, no sientan carne suya, viva, esa Historia. Pero no quita para que los que sí la sentimos, tengamos algo de aquellos oidores, o cercanos a ellos. Al menos no necesitamos notas a pie de página.
a.r. Ha dicho usted hace un momento: “supongamos que Homero escribía”…
j.m.a. Quiero decir que resulta difícil aceptar que la Iliada o la Odisea pudieran componerse completas sin soporte, solo dejando a la memoria. Además Homero compone en hexámetros dactílicos, lo sabemos. O sea: escritura. Y acaso es posible que algunos cantos, porque usted sabe que eran recitados por rapsodas profesionales, es posible que alguno de estos pusiera de su cosecha, aunque sería una cosecha muy “de” Homero. Yo hay veces que siento algunos versos, incluso alguna digamos “alabanza” como un poco metida ahí forzando el canto. Puede que alguno de aquellos rapsodas interpolase por afán de agradar a su auditorio, sobre todo cuando recitaban en casas “altas”. En realidad, es a los alejandrinos a quienes debemos Homero. La primera edición “oficial” es la de Pisístrato, pero no creo que difiera mucho —es una conjetura muy en el aire— de lo que el Viejo nos dejó. Me acuerdo de que Hölderlin decía que Aquiles era la figura más lograda del mundo de los Héroes.
a.r. De todas formas veneramos en Homero tanto al “real” si existió, como a o los que se agrupen bajo ese nombre…
j.m.a. No, no. Hay suficientes datos para pensar que sí existió. Seguramente nació en Esmirna, ciudad con un entorno maravilloso. Lo que quizá ha hecho nacer dudas más profundas es, por el tono de las dos obras, si la Iliada y la Odisea son del mismo poeta. Me acuerdo haber leído en Benjamin Constant que los dioses de una y otra le resultaban diferentes, que los de la Odisea eran más “humanos”. Y hay muchas teorías, y muy sensatas, defendiendo esa doble creación. Yo, no sé por qué, siento las dos como de la misma mano, pero una mano joven en la Iliada y una mano de anciano lleno de vida, en la Odisea. De todas formas, es que me da igual…
a.r. Pero no hay seguridad en la existencia de un Homero…
j.m.a. No. Sí la hay, como de la fecha. Porque en el siglo VII hubo un eclipse de sol. Lo sabemos por Arquíloco. Y el mismo Arquíloco habla ahí de Homero, como persona real, viviendo poco antes del eclipse. Así que podemos situar a Homero sobre la primera mitad del siglo VIII a.C.
a.r. Y canta hechos acaecidos cuatro o cinco siglos antes…
j.m.a. Sí. Porque la invasión de aquellos guerreros indoeuropeos arrasó… o no arrasó, porque se produjo una fusión fruto del poder cultural de los vencidos sobre los vencedores más considerable que la que imaginamos; pero en fin, cuando aquella invasión acaba con la Civilización, la espléndida Civilización Minoica, y se sumerge en ella porque la encuentra superior, de ahí nace Micenas. Son los Aqueos. Y ahí se produce la guerra de Troya. Como la siguiente invasión, los Dorios, sabemos que se produce en el 1.200 a.C., Troya debió ser antes. Lo que es importante es ver cómo la memoria de Micenas, de sus gestas, permanece en la población no sometida a los Dorios, en los Aqueos que vivirán en Jonia. Y esas leyendas tuvo que mamarlas Homero.
a.r. A veces le he escuchado a usted un entusiasmo igual por los grandes “trágicos” griegos. Para usted es una Literatura —o así lo parece— donde empieza y acaba todo. ¿Es así?
j.m.a. Más o menos. Porque después hemos venido repitiendo las mismas preguntas y dando respuestas que digamos no se salen mucho de aquella forma de ver el mundo y la vida. Seguramente hubo algo antes, siempre hay algo antes. Pero no lo sabemos. Para nosotros todo empieza en Grecia. Porque Roma, la gran Roma, tiene a Grecia detrás, y la continúa, como hemos ido continuando a Roma siglo tras siglo. Sin duda es difícil, para mí es imposible, encontrar un momento en la Historia donde por ejemplo aparezcan juntos un Esquilo, un Sófocles y un Eurípides. Swinbune pensaba que las trilogía de la Orestíada, y estoy conforme con él, Agamemnon, Las coéforas y Las euménides, eran lo más alto que había logrado crear el hombre. Hay obras, sin duda, a esa altura. Pero lo asombroso es que se produzca tal cantidad y calidad en un tiempo corto. Y qué calidad también en aquellos hombres. Esquilo había combatido en Maratón y en Salamnina. Piense usted en su epitafio[8]. Yo siempre he sentido más amor por Sófocles, pese a todo. Me ha apasionado más. Pienso en Antígona. O en Edipo, los Edipo. Y Sófocles fue un hombre de una excelente educación y al mismo tiempo tan preparado físicamente como para merecer su coronación en competiciones atléticas, y además fue músico, y un político de fortuna. ¿Y Eurípides? Sus retratos de mujer son todos los retratos posibles —también los había en la Odisea de Homero—: esa Medea, esa venganza de una mujer como solo una mujer es capaz de consumarla. O el amor incestuoso de Fedra. O el sufrimiento de Hécuba. ¿Y Andrómaca? ¿Y Electra? ¿Y las Bacantes? Y lo que debía ser aquello, aquellas representaciones, aquel público que respiraba la misma pasión… Porque ahora para nosotros, hasta para los devorados por esas obras, cuando escuchamos, como en Homero, “Las murallas de Troya”, o “Las puertas Dardanias”, o las “Esceas”, o “el río Escamandro”, o “La encina sagrada”, o vemos ahí a Héctor, a Agamemnon, a Aquiles, a Helena, a Ulises, Menelao, Príamo, Andrómaca… aunque no necesitemos esas abominables notas pie de página que le decía, no podemos sentir lo que sentiría un griego de los que lo escuchaban entonces. Por no hablar de los Dioses. Pero aún así, lo que nos llega es suficiente. Suficiente para poder vivir, para poder entender. ¿Recuerda usted en la Odisea la conversación de Ulises, Odiseo, y la joven Nausica? ¿Podemos entender la relación de un hombre mayor y experimentado y una jovencita, sin esas páginas? ¿Comprenderíamos algo, de lo que usted quiera, sin el encuentro de Eneas con la sombra de Dido en el libro VI de la Eneida? Y sucede frecuentemente con la repetición en la propia vida de escenas que están en la memoria, de libros excepcionales. O al menos me pasa a mí. No hace mucho, en el Quai Saint-Bernard, tuve un “encuentro” —aquella apparition— como el de Frédéric Moreau con Madame Arnaux. O es mi cabeza “de escritor” la que fabrica esas semejanzas. O pienso en Les liaisons[9]. Hace unos años, en Madrid, yo viví una situación igual que lo que cuenta Laclos. Gercourt sería aquí un escritor conocido, que en su deseo por una jovencísima Cécile había cortado con su viejo amor, una Madame de Meteuil a la que yo frecuentaba desde antes incluso que el tal Gercourt. Y yo hice de Vizconde de Valmont. Y fíjese, no faltaban ni un jovencito Danceny, que también acabó en la cama de Madame de Merteuil, ni una Madame de Tourvel que me interesaba bastante y que alterné con Cécile de Volanges hasta convertir a esta, su incandescencia adolescente, en imposible para Gercourt. Venturosamente no hubo muertos, porque con Madame de Merteuil yo mantenía una extraña complicidad voluptuosa fuera ya de cualquier miserable problema de celos, y Gercourt no tardó en consolarse convenientemente. Madame de Tourvel sigue felizmente casada sin que su marido se haya enterado de aquella mórbida y estremecida pasión, y yo aún puedo acariciar el recuerdo luminoso de Cécile. Pero quitando el Tanatorio, todo fue igual.
a.r. Bien. Otro verso del que quiero que me hable: “…todo pasa menos la buena educación”. Está en su poema de 1994, Bezebekaury.
j.m.a. Yo estimo mucho la buena educación. Por eso admiro tanto el siglo XVIII. Por eso me atrae tanto la arquitectura de París; es un paisaje urbano extraordinariamente bien educado. ¿Sabe usted que Pla habló precisamente de ese urbanismo con estas mismas palabras: “bien educada”? Me llena de gozo haber pensado lo mismo.
a.r. Su poema Oro, de 1995, viene precedido de una cita importantísima de Malraux que dice así: “La Cultura es el conjunto de formas que han sido más fuertes que la Muerte”.
j.m.a. ¿No cree usted que cuando conseguimos alcanzar un Arte supremo, hemos vencido a la Muerte? Yo sí.
a.r. En ese mismo poema Oro, dice usted haber encontrado una imagen perfecta del sentido del Arte en una frase del escritor francés Maurice Barrès, que habla de una contemplación que es para él un refugio donde el recuerdo de sus perseguidores no puede seguirle.
j.m.a. Exactamente. Es lo mismo de su pregunta anterior. Ahí ya somos invulnerables. Y lo puede ser el escritor y lo puede ser el lector, que no deja de ser otro escritor.
a.r. Hábleme de La Estela de los Estuardo de Canova, el cenotafio que se halla en el Vaticano, y que según usted es algo así como la Octava Maravilla no reconocida…
j.m.a. Yo siempre que voy a Roma, lo primero que hago es dar un paseo hasta San Pietro y quedarme un rato contemplando esa Estela. Es la belleza absoluta, perfecta. Y algo más que la Belleza. Puertas —como la que custodian esos dos ángeles— que si se abrieran, acaso, como en los versos de Rilke, dieran a algo que admiramos porque, indiferente, rehúsa destruirnos. En esa Estela, Canova piso territorios inexplicables, sagrados.
a.r. ¿Qué es “el silencio de las Sirenas”? Hábleme por favor de esa imagen suya que parece perseguirle.
j.m.a. Lo más terrible.
a.r. Pero me podría concretar un poco más… ¿A qué se refiere?
j.m.a. Lo más de lo más de lo terrible. Rilke lo sabía. Y creo que también Kafka.
a.r. Hay un poema resumen de todo el mundo alvareziano, un poema de 1985 titulado Confesión de un hijo del siglo, que quiero traerlo aquí, lo necesito, para que lo comente usted:

Sí,
repetir
         una belleza, una
sabiduría
que

          ya
          somos
       casi incapaces
de comprender,

que
como la Luna, el mar, misteriosamente nos sigue
        conmoviendo, maravillándonos
           en medio del horror.

j.m.a. A ese poema no puedo añadirle una palabra. Y menos en prosa.
a.r. Sí, hombre… sobre un poema propio siempre hay algo que decir. Es que esta cuestión de nuestro tiempo, de que no es capaz ya de apreciar ni comprender la Belleza, de verdad que me interesa mucho…
j.m.a. No lo crea. Frecuentemente sobre un poema propio casi siempre hay muy poco que decir. O puede que el poeta sea quien menos sabe.
a.r. Hábleme de su gran amiga María Kodama, de todo lo que han vivido juntos.
j.m.a. Bueno, son muchos años de amistad. Hemos trabajado mucho juntos por la obra de Borges; conferencias, exposiciones; hemos, como diría Borges, “fatigado” muchos caminos de este mundo, muchos países, situaciones muy agradables y algunas inquietantes; hasta hemos compartido un piso en París. Y tenemos proyectos interesantes. Y además de todo eso, que podemos llamar “trabajo”, está la amistad.
a.r. Y ese otro poema, Los acantilados de mármol (1992), con esos versos rotundos: “Somos la única planta / que no vuelve sus hojas / hacia el Sol”, cuya intención no acabo de captar…
j.m.a. Pues no es difícil. Todas las plantas vuelven sus hojas hacia el sol, hacia lo que les beneficia, les es bueno. Sólo el ser humano se encandila de vez en cuando con proyectos, ideologías, gustos, que no solo pueden ser viles, sino que le perjudican, que hasta lo conducen a desastres.
a.r. Recuerdo una crítica del ínclito García Martín en El Cultural de El Mundo a Museo de cera, en que decía que a usted acabamos perdonándole todo. Incluso que titule un poema “The odds is gone, and there is nothing left remarkable beneath the visiting moon”, se lo dedique a la Universidad de Cambridge, y luego el poema coincida exactamente con su título: “The odds is gone, /And there is nothing left remarkable/Beneath the visiting moon”. ¿Qué tiene que decir?
j.m.a. Creo que el poema es tan bueno como la cita. Y a García Martín le agradezco que me perdone.




[1] Un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa. (Del Macbeth, de Shakespeare)
[2] Mujer caminando en un bosque exótico
[3] Los líos.
[4] Editorial Fondo de Cultura Económica.
[5] infeliz, triste
[6] congruente
[7] Tiempo sin tregua, 101 poemas.
[8] En esta tumba yace Esquilo, hijo de Euforión, / Ateniense, muerto en Gela, la rica en trigo. / De su valor que hable el afamado bosque de Maratón, / y el Medo de larga cabellera, que bien lo ha probado.
[9] Se refiere a Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos.

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